PRÓLOGO
Octubre de 2001
Desde la ventana de la fachada oeste de la última planta, el atardecer ofrecía una espectacular paleta de colores. Las hojas de los arces salpicaban la hierba de Green island de multitud de tonos cálidos que iban desde el amarillo hasta el rojo más intenso. El otoño en Ottawa era, sin duda, una de las pocas cosas que echaría en falta.
En condiciones normales, la capital canadiense resultaba realmente un lugar agradable para vivir. Tenía todo lo que una persona podía pedir, sin resultar abrumadora. Pero para él, sus ciento ochenta y siete años pesaban demasiado y ya no le permitían disfrutarla como antaño. Secretamente, estaba deseando que el azar le otorgase un destino más remoto, una opinión poco popular entre el resto de los Mayores. Para el resto, Ythomos era una asignación envidiable: el cerebro de la Alianza; la base desde la que se tejían los hilos que formarían a los nuevos Enviados.
Y si Ythomos era la cabeza, Antares era, sin duda, el corazón del Escorpión; una base tan admirada como temida. Donde los Enviados se templaban como el acero pero no al fuego, sino al hielo de los inviernos siberianos. La puerta de la Alianza a Europa.
Ninguna de las dos le resultaba tentadora. En el invierno de su vida ya no ambicionaba la sensación de poder que cualquiera de esas dos cátedras le proporcionaría. Demasiada responsabilidad. Demasiada carga.
Si el rol de Mayor no fuese vitalicio, hacía tiempo que se habría retirado a esperar su final metido en una sauna en medio de un bosque escandinavo. El calor siempre lo hacía sentir bien. Eran los pocos momentos en los que su cuerpo no dolía, además de aquel maldito chute de adrenalina que recibía con cada dosis diaria de veneno, inyectada directamente en su sangre.
Observó los reflejos del sol de poniente sobre la carrocería de un Bentley Continental negro cuando este se desviaba desde Sussex Drive hacia el aparcamiento del edificio. Al fin, el último invitado había llegado.
Se giró hacia sus dos hombres.
—Lyrea está aquí —anunció—. Comprueba que la recepción está preparada e informa al resto de Mayores que el Concilio empezará en media hora —ordenó a uno de ellos.
El Enviado bajó la cabeza en señal de que había comprendido la orden y abandonó la sala.
“Lyrea no sería una mala opción”, pensó. No le entusiasmaba demasiado el frío de Alaska, pero al menos nadie esperaría demasiado de él. Su base era pequeña, pero lo suficientemente cómoda para un hombre que ya no requería demasiado movimiento.
Estaba bastante seguro de que el actual Mayor de Lyrea estaría más que encantado de intercambiar posiciones. Era un hombre mucho más joven. Todavía le faltaban muchos años encima y mucho veneno en las venas. O tal vez, era a él a quien le sobraban, hastiado de su vida y de una misión por la que hacía años que todos habían dejado de luchar.
Alzó su bastón y observó el pomo de oro que coronaba la madera de haya negra. Un escorpión grabado se retorcía en su centro. Muchos de sus hombres le habían sugerido que utilizase un bastón más cómodo, que le permitiese apoyar la mano y descargar mejor todo su peso. Incluso había recibido algunos como regalo de otros Mayores. Pero él siempre se había negado. Aquel había sido su bastón desde hacía siglo y medio. A ambos lados del cilindro de metal había dos pequeños rubíes engarzados. Los apretó y al principio, no sucedió nada. Chasqueó la lengua, frustrado por la propia torpeza de sus ancianas manos. Forcejeó hasta que las piedras se incrustaron accionando el mecanismo que liberaba la tapa del pomo. Bajo ella, había un nombre grabado.
Entornó los ojos, pero su visión ya no era la misma y no pudo distinguir la palabra.
Se volvió hacia el Enviado que todavía lo acompañaba en silencio.
—Künnei, acércate —le pidió, haciéndole una señal—. ¿Puedes leer qué dice aquí?
—Yaroslav, Mayor —contestó el hombre.
—¿Yaroslav?
Lo repitió en voz alta, casi maravillado de su propia resonancia.
—Yaroslav…
Sonrió, emocionado. Para él, aquel bastón era más que un simple apoyo. Contenía una parte de él a la que había decidido voluntariamente renunciar el suficiente tiempo atrás como para que su memoria la borrase: su nombre. El que sus padres le habían dado a nacer. Desde hacía demasiado tiempo, el único nombre que recibía muy ocasionalmente era el que constaba en su pasaporte falso cada vez que cruzaba una frontera. Y hacía mucho que utilizaban sus propios aviones, por lo que eso había dejado de ser necesario. Al igual que sus catorce compañeros, carecía de más identidad que la que le confería la hermandad a la que eran asignados. Sus almas no les pertenecían. Sus cuerpos no eran más que una carcasa con un propósito, aunque con los años habían sabido moldear aquel hecho y darle una apariencia de grandeza y poder para enmascararlo.
—¿Cuál es mi mote entre los Enviados? —le preguntó, curioso. Su hombre le dirigió una mirada sorprendida y él sonrió sin poder evitarlo—. Sé de sobras que nos ponéis nombre a todos los Mayores. No os culpo. Al menos tenéis una forma de poder diferenciarnos. Siempre hemos tenido motes. Ya he tenido unos cuantos a lo largo de mis años. El primero del que tuve noticia fue Belyy Volk*, el Lobo Blanco. Más tarde me llamaron Gospodin*, Dedushka*... Sí, así es. He tenido unos cuántos más que ahora no recuerdo pero el último que escuché fue el abuelo. ¿Me siguen llamando así?
—No, Señor —contestó Künnei. Alzó sus espesas y canosas cejas para invitarle a continuar—. Le llamamos Brontosaurio.
Se echó a reír, agradeciendo la sinceridad de su hombre.
—Supongo que es la evolución natural del abuelo. Y al Mayor de Xylos, ¿cómo le llamáis? ¿Tiranosaurio Rex? —preguntó, desatando la risa en el Enviado.
—No, Mayor, aunque me apunto la sugerencia. No le iría nada mal. Le llamamos Mefisto.
—Debí de habérmelo imaginado —dijo asintiendo.
—Deberíamos dirigirnos a la sala de conferencias, Mayor. El resto no tardarán en llegar —sugirió el hombre.
Lo observó y le dirigió una mirada agradecida. Sin necesidad de decirle nada, el Enviado se situó a su izquierda y le ofreció su brazo, para ayudarle a caminar.
—Veamos cuál es nuestro próximo destino —dijo arrastrándose hacia el pasillo—. ¿A ti qué te apetecería, Künnei? —le preguntó con verdadera curiosidad.
—El que usted prefiera, Mayor. Sabe que yo le acompañaré a dónde vaya —contestó.
No pudo evitar sentirse halagado por su lealtad. Por algo había sido su mano derecha prácticamente desde que había terminado su formación como Enviado. Apretó su fuerte brazo en señal de emoción.
—Pero debes de tener alguna preferencia —le dijo—. Dímelo. En confianza —lo animó mientras caminaban por el pasillo.
—Si pudiese elegir, pediría ir a Acrab —confesó el hombre.
—Ah… el hogar… —suspiró, observando cómo los ojos rasgados del Enviado se contraían en una sonrisa nostálgica.
Künnei era un yakut, una de las tribus de pastores nómadas del interior de Siberia. Hacía mucho tiempo que había dejado atrás la tradicional vida de su gente para unirse a la Alianza y servirle a él, pero su carácter resiliente y leal hablaba de sus orígenes tanto como su aspecto.
—Veamos entonces si hay suerte —dijo mientras entraban en la sala de Conferencias.
Algunos de los Mayores ya estaban dentro, esperando al inicio del Concilio mientras disfrutaban de algunas de las delicias de la mesa de degustación que había ordenado preparar cerca de la entrada a modo de recepción. Se dirigió hacia ellos y les saludó con cordialidad, echando un vistazo a la mesa. Los del catering se habían esmerado. Entre las bandejas de rollitos de langosta, tourtière, bocados de poutine, ostras y todo tipo de fruta le complació encontrar uno de sus postres favoritos: la tarta de azúcar. Künnei le conocía bien y no le hizo falta ni siquiera pedírselo para que el Enviado le cortase un pedazo y se lo acercase.
Conversó de cosas tan triviales como el clima con Segrab, Hao y Athys mientras la sala se iba llenando. Como esperaba, Xylos fue el último en llegar. Lo observó entrar con interés, seguido de aquel Enviado ruso que le seguía como a una sombra. Como de costumbre, traía una expresión malhumorada. Después de él mismo, era el más anciano. Ambos habían compartido más concilios que ningún otro en aquella sala. Antaño habían sido incluso confidentes, lo más parecido a una amistad que un Mayor podría tener. Incluso conocía su nombre real: Vilmos. Curioso, que recordase el nombre de su compañero y no el suyo propio. La vejez convertía la memoria en un irónico juego de azar en el que el karma era quien reía último.
Lo observó sentarse directamente en su silla, sin molestarse en probar bocado ni saludar a sus compañeros, y le dedicó un suspiro resignado. Quedaba tan poco rastro de humanidad en aquel hombre como de la confianza que había habido algún día entre ambos. Sabía que no les perdonaba que le hubiesen quitado la custodia del muchacho. No le importaba. Una amistad jamás debería ser escudo ni justificación para la crueldad. Al menos en aquel frente, su conciencia estaba tranquila.
Hizo una señal al resto y todos se sentaron a la mesa. Como anfitrión, esperó a que los demás tomasen sus posiciones para ordenar a los Enviados abandonar la sala y ocupar su lugar.
—Bienvenidos —comenzó—. Este Concilio tiene especial importancia. Además de una nueva rotación, será el último antes del Fin de ciclo.
“Y con un poco de suerte, también el último que tenga que presenciar”, pensó, cansado.
—Antes de empezar a planificar las acciones para los próximos años, haremos un resumen de lo que se ha logrado desde el anterior concilio. Para ello, voy a dar voy a Lyrea para que tome mi relevo —informó, enormemente agradecido por poder ceder su turno.
A sus años, prefería escuchar sermones que darlos. Se malgastaba demasiada saliva inútilmente. Los mejores estrategas no eran aquellos que se levantaban y daban arengas desde un púlpito, escribiendo sus nombres en la historia, sino aquellos que movían los hilos en silencio y pasaban desapercibidos.
Era uno de los motivos por los que estaba deseando deshacerse de la cátedra de Ythomos. Por una parte, le ahorraba el ajetreo de los desplazamientos, ya que era mucho más común para el resto de Mayores asistir a Ottawa que al contrario. Sin embargo, eso significaba tener que encargarse siempre de las recepciones y las mediaciones. Afortunadamente, su avanzada edad era ya lo suficientemente obvia como para que algunos de los jóvenes estuviesen más que encantados de echarle un cable.
Se sentó y escuchó pacientemente al actual Mayor de Lyrea. El hombre de cincuenta años estaba en la cúspide de su energía y también de su ambición.
El hombre expuso con orgullo los logros de la Alianza de Escorpio, que no habían sido pocos. En las últimas décadas, aquella organización había pasado a dirigirse más como un negocio que como lo que era en origen: una colaboración entre hermandades con un fin superior. El hombre que cantaba sus elogios en aquel momento era, en gran parte, la razón de tal éxito. Su perspicacia, mezclada con la falta de escrúpulos de Xylos y Segrab, habían convertido a los Enviados en una productiva fábrica de hacer dinero. Desgraciadamente, a costa de lo que originalmente debería ser su objetivo.
—Buenas noticias, sin duda. Sin embargo, me pregunto si no estamos centrándonos demasiado en llenar nuestras arcas mientras descuidamos lo que nos ha dado la razón de nuestra existencia —dijo, dejando la Piedra Negra de Ythomos sobre la mesa.
El sonido del oro en el que se encastraba la gema al chocar contra la superficie pulida de la madera derivó en un silencio tenso.
—Faltan menos de dos años para el fin de ciclo —continuó.
—Algunos de mis hombres están nerviosos —anunció Hao, sumándose a la conversación.
—¿Por qué iban a estar nerviosos? Se les paga mejor que nunca —replicó Xylos.
—Olvidas que no son solo soldados, aunque en los últimos años los estemos entrenando como tal —insistió—. Algunos tienen muy presente de dónde vienen sus poderes, y lo que podría pasar si el Anagennesis llega a suceder.
—No ha vuelto a intentarse en dos mil quinientos años —repuso Lyrea—. ¿Por qué deberíamos temer algo que puede no ser más que un mito?
—¿Un mito? —la voz de Shaula atrajo la atención desde el otro lado del óvalo. Su tono ofendido cubrió la conversación de un aura incómoda que, a su entender, era inevitable—. ¿Acaso los casi doscientos años de Ythomos y Xylos también son mentira? ¿O los quinientos de todas las Portadoras a las que tendríamos que estar dando caza?
—¿Cómo sabemos que son reales?
La réplica de Lyrea provocó un oleaje de desconcierto, que al parecer, no hizo más que animarle.
—¿Cómo sabemos que realmente llevan vivas quinientos años? ¿Acaso habéis conocido a alguna de ellas? No son más que una leyenda urbana.
Sin poder evitarlo, sus ojos se desviaron irremediablemente al Mayor de Xylos, que le devolvió la mirada antes de apartar la vista incómodo.
—Parece que tu juventud no te deja ver más allá de lo que tienes frente a tus narices —le reprendió, sin poder contenerse.
—O tal vez tú ya estés demasiado anciano para ver las cosas con claridad.
Se volvió hacia Lyrea con el rostro descompuesto en una mueca de confusión. Poco a poco, su expresión se tiñó de ira ante semejante falta de respeto. Cogió su bastón y se apoyó en él, irguiéndose con dificultad, pero con firmeza. Apoyó sus puños sobre la mesa con fuerza, sin apartar su mirada de él. El Mayor de Lyrea le sostuvo la mirada, pero el casi imperceptible temblor de una vena en su cuello le indicó que no se sentía tan seguro como quería aparentar.
—Siéntate, Lyrea—ordenó Xylos, quien hasta ahora había sido su principal aliado en aquella silenciosa lucha de poderes.
Había cruzado la línea. Había insultado su experiencia, su sabiduría, y aquel inevitable destino hacia el que todos se dirigían, por mucho que intentasen evitarlo: la vejez. Y al hacerlo había insultado también a los demás.
Por mucho que el Anagennesis no fuese más que un demonio lejano del que hablaban los libros más antiguos de la biblioteca de la Alianza, seguía siendo el monstruo al que temer. Como a su doctor personal le gustaba decir: “Todos son ateos hasta que se ven a las puertas de la muerte. Entonces, mejor rezar a todos los dioses, no vaya a ser que alguno de ellos sea real”.
Lyrea apartó la mirada con desdén y se sentó con elegancia.
Suspiró y asintió, serio. Al parecer, tendría que dar el sermón él mismo.
1
PREGUNTAS SIN RESPUESTA
Sábado 28 de septiembre de 2002
“Son las ocho de la mañana en la Península, las siete en Canarias, y nos espera un caluroso veintiocho de septiembre aquí en Barcelona…”
Eran las palabras del locutor de una emisora local que sonaban en el despertador que había sobre la mesilla de noche, rompiendo el silencio reinante en el cuarto. Un brazo desnudo salió de entre las sábanas y buscó a tientas sobre la superficie del mueble, tropezando con los demás objetos que en ella se apilaban hasta encontrar el molesto aparato. Se oyó un “clic” y la voz dejó de escucharse para volver a dar paso al silencio. De entre las profundidades de las sábanas salió un gemido, casi un ronroneo, y algo se removió bajo ellas. El brazo que seguía fuera las apartó un poco y asomó una mata de pelo castaño claro, bajo la que se adivinaban unos ojos adormecidos. Poco a poco, los párpados se fueron levantando, revelando unos ojos castaños.
“Pero si hoy es sábado”: pensó Nicole. “Vaya, ayer olvidé desprogramar el despertador”, se lamentó, mirando los números luminosos que brillaban en la oscuridad de su cuarto, marcando las ocho en punto. Se fijó entonces en la mochila llena de libros apoyada contra la pared y en su semblante apareció una sonrisa de tranquilidad. No tendría que ir a clase, así que podía seguir durmiendo un rato más. Montse, la señora de la limpieza, solía dejarles dormir los fines de semana y esperaba a las once para limpiar sus cuartos.
El curso escolar había comenzado hacía tres semanas. Este inicio escolar era particularmente excitante por muchos motivos. Nicole estaba cursando primero de bachillerato, en la modalidad de Ciencias de la Naturaleza y la Salud y el nivel había empezado a notarse al poco de empezar las clases. A ella no le importaba demasiado. Era una alumna motivada y no le importaba que los profesores fuesen exigentes.
La mayoría de sus compañeros todavía no terminaban de entender la necesidad de la educación, y asistían más por inercia que porque realmente quisieran sacar partido de las clases. Pero para ella era diferente. Crecer sin padres ni un círculo estable que actuase como referencia para ella, le había hecho comprender desde muy niña que su futuro dependía completamente de ella misma. Si bien era cierto que Nicole recibiría la herencia que le habría pertenecido a su madre una vez cumpliese la mayoría de edad, y la mayor parte de sus gastos eran costeados como un adelanto por su único pariente vivo, un tío que vivía en Londres, tenía muy claro que quería poder depender de ella misma y conseguir su independencia económica.
Sin embargo, eso no quitaba que no siguiese siendo una adolescente a la que le gustaba vaguear de vez en cuándo.
Aquel inicio de curso se antojaba prometedor, a muchos niveles. En primer lugar, seguía yendo en la misma clase que su mejor amiga, Raquel. Ambas se conocían desde niñas y la posibilidad de que las separasen de clase las había horrorizado durante el verano. Afortunadamente, no había sido así, y podían compartir pupitre una vez más. Además, el nuevo curso había abierto para ellas un nuevo y variado abanico de chicos que ya se habían convertido en el objetivo de sus conversaciones y cuchicheos. En cuestión de amoríos, Nicole era demasiado tímida para su propio beneficio, pero eso no significaba que no tuviese ojos con los que mirar e intereses por los que suspirar. Raquel, sin embargo, era mucho más atrevida que ella, y como tal solía tener mucho más éxito con el sexo contrario. De hecho, la noche anterior había tenido una cita.
Recordándolo, se giró hacia la mesilla y tanteó. Cogió sus gafas y se las puso, antes de coger su móvil. Al pulsar la primera tecla, la pantalla del aparato se iluminó, cegándola, y sus ojos parpadearon desacostumbrados a la luz. Cuando el efecto se hubo pasado, vio que tenía un mensaje sin leer. Era de Raquel. Le había escrito a las once y cuarenta y dos minutos de la noche para contarle que acababa de regresar de su cita. Cinco minutos más tarde, le había vuelto a escribir, decepcionada por no recibir contestación suya, diciéndole que se iba a dormir y que ya le contaría al día siguiente. Dejó el teléfono otra vez sobre la mesilla y se arrebujó en la cama. No tardó en quedarse dormida de nuevo.
Dos horas después, una mujer regordeta de pelo oscuro muy corto y cara rojiza entró en el cuarto, seguida de su inseparable equipo de limpieza. Nicole seguía durmiendo. Las otras dos camas estaban vacías. Las dos chicas que compartían habitación con ella se habían ido a pasar el fin de semana a casa con sus padres. Ella, en cambio, se quedaba en la residencia.
Después de que su madre muriese cuando ella tenía cinco años dejándola huérfana, su tío había cedido su tutela a los servicios sociales, comprometiéndose a pasarle una asignación mensual para su manutención hasta que cumpliese la mayoría de edad. Además del suplemento mensual que su tío le enviaba, ganaba un poco de dinero extra ayudando en la cocina del colegio al que asistía y trabajar como niñera. No era mucho, pero gracias a él, podía ahorrar un poco y permitirse algún lujo de vez en cuando: discos de música, ir al cine, recargar el saldo en su teléfono móvil… Disfrutaba de su independencia.
Montse levantó la persiana de la ventana que había sobre la cama de Nicole y el sol le bañó la cara. Su expresión se contrajo en una mueca de enfado.
—Arriba dormilona. Hoy se te han pegado las sábanas —ordenó la mujer con cariño.
—Déjame un ratito más, Montse, anda —suplicó Nicole.
—De eso nada, que tengo que limpiar esta leonera —contestó la asistenta. Al ver que la joven se tapaba cada vez más con las sábanas, tiró de ellas, dejándola al descubierto sobre la cama. Nicole gimió encogiendo sus piernas desnudas y miró a la mujer con expresión lastimera.
—No me pongas esa cara que no va a funcionar —le advirtió la mujer—. Además, ¿hoy no tenías que llevar a Guillermo y a Laura al zoo? —Nicole la miró con resignación y se rindió.
Montse tenía razón. Le había prometido a la madre de los dos niños a los que solía cuidar que los llevaría al parque zoológico de la ciudad, ya que ella tenía un congreso muy importante en otra ciudad y no podría hacerse cargo de ellos. Debía levantarse ya.
Todavía adormilada, se incorporó sentándose sobre la cama. Se calzó sus gastadas zapatillas de andar por casa y se dirigió al pequeño lavabo que compartía con sus dos compañeras. Abrió el grifo y dejó que el agua fluyera a través de sus dedos. Estaba muy fría, pero era una sensación agradable. Se refrescó la cara para despejarse mientras Montse se afanaba en hacer su cama.
—Hoy he vuelto a tener ese sueño raro otra vez —le dijo desde el baño—. Me despierto en mi cama con los truenos de una tormenta enorme. Me quedo mirando la lluvia por la ventana y empiezo a ver sombras que se mueven en el edificio de enfrente. Luego me da la sensación de que tengo algo en mi mano, pero cuando voy a ver que es, nada. No puedo ver lo que es —explicó la joven—. Últimamente se me repite mucho esa escena. Es extraño.
—Los sueños son algo misterioso, niña —contestó Montse—. No intentes buscarle una explicación.
—Sí, tienes razón —asintió, dejando de lado el tema.
Regresó a la habitación y abrió el armario. Sacó unos vaqueros y una camiseta a rayas rojas y blancas que le gustaba mucho. Se vistió y dobló su pijama, dejándolo bajo la almohada. Su móvil sonó durante unos segundos en la mesilla. Era Raquel. Había quedado en que iba a acompañarla al zoo con los pequeños. “Ya voy”, susurró mientras metía el móvil y las llaves del portal en el bolsillo de su pantalón. Cogió algo de dinero de su sobre de los ahorros y se dispuso a salir.
—¿No vas a llevarte un jersey? —le preguntó Montse—. Ahora hace calor, pero el verano ya se acabó y puede que más tarde refresque. Vete abrigada.
—De acuerdo.
Nicole no tenía mucho frío, pero sí tenía prisa, y cuando Montse se ponía en plan de “madre” era mejor hacerle caso. Cogió una sudadera y se la ató a la cintura mientras bajaba las escaleras hasta el portal. Con un grito se despidió de la mujer y la dejó atareada fregando con brío el suelo del cuarto.
Cuando salió a la calle se topó con el ajetreo típico de un mediodía de sábado en una gran ciudad. La gente caminaba a paso ligero en todas direcciones. Grupos de chicos que quedaban para echar un partido de fútbol, amas de casa que bajaban al supermercado, chicas de compras… Y por supuesto, el irritante sonido de los pitidos de los coches amenizando las calles de la urbe.
A toda prisa, subió las tres calles que la separaban de la casa de su amiga Raquel. Cuando llegó al portal, muy lujoso y elegante para ser un simple recibidor, pulsó el botón del 5º D. A los pocos segundos una voz metálica se escuchó a través del interfono: “Ya bajo”. Dos minutos más tarde una joven de rubio pelo rizado apareció por la puerta. Llevaba unos vaqueros al igual que Nicole, pero de marca, y vestía también una camisa de manga corta de una tela muy suave. Solo había que mirar el caro reloj que lucía en su muñeca derecha para darse cuenta de que, a diferencia de ella, Raquel pertenecía a una familia bastante acomodada.
—Menos mal que llegas —la increpó su amiga, un poco molesta.
—Perdona, me quedé dormida —se disculpó—. Venga, vamos a buscar a Guille y a Laura, que ya es tarde.
Subieron hasta la plaza que había al final de la calle y la cruzaron. Los niños vivían muy cerca de allí. Cuando llegaron, la madre y los pequeños ya las estaban esperando en el portal. Los niños miraban en todas direcciones, inquietos. En cuanto las vieron aparecer se pusieron a gritar y saltar nerviosos. Llevaban toda la semana esperando ese día, ya que nunca habían ido al zoo y estaban emocionados. Se abalanzaron sobre ella, que los saludó participando de su entusiasmo. Llevaba dos años siendo su canguro y se había encariñado con ellos. Todo apuntaba a que el sentimiento era más que correspondido por los pequeños. Además, ella tampoco había ido nunca al zoo y tenía ganas de visitarlo.
Su madre le dio el dinero para pagar las entradas de los niños y de paso la suya y la de Raquel también. Lo aceptó, agradecida, y escuchó las últimas recomendaciones antes de ponerse en marcha. Una vez la mujer se hubo marchado, los cuatro se dirigieron a la parada del tranvía, que estaba solo a cuatro calles de allí. Para llegar al zoo tenían que coger el tren que los dejaba justo a la entrada del parque. Raquel había ido más veces, por lo que conocía bien la ruta.
Los pequeños estaban alborotados por la emoción. No paraban de hablar de qué animal querían ver primero, cuál era más feroz… Realmente sus ganas de llegar eran muy contagiosas. Mientras, las dos chicas intentaban controlarlos mientras se enviaban miradas e indirectas vehementes sobre el tema que a ellas le interesaba: los chicos. Raquel tenía dieciséis años y Nicole los cumpliría la próxima semana. Al llegar a su destino, se bajaron del tranvía y fueron a comprar las entradas. Cruzaron la verja y se encontraron sumergidos en una pequeña Amazonia dentro de la gran ciudad. A la izquierda, había un cartel que representaba un mapa del parque. Se acercaron a él para decidir mejor su ruta.
Nicole se acercó al mapa, incapaz de ver bien los textos de la leyenda.
—¿Soy yo o este texto está borroso? —se quejó.
—Eres tú —contestó Raquel—. Yo puedo leerlo perfectamente.
—¿En serio? No me digas que ya me ha subido la graduación otra vez… —replicó, abatida. Aquello implicaría gafas nuevas, lo que se llevaría un buen pellizco de sus ahorros.
Los niños empezaron a chillar, discutiendo a dónde querían ir primero sin ponerse de acuerdo.
Nicole miró su reloj. Era ya la una de la tarde, casi la hora de comer. Buscó en el mapa algún punto donde vendiesen bocadillos.
—¿Qué os parece si vamos por este lado, vemos a los tigres y a los leones, y nos paramos aquí a comer? —propuso.
Su idea fue bien aceptada, así que se pusieron de inmediato en marcha.
Los niños corrían de un lado a otro, fascinados por los animales, a cada cual más exótico para ellos. Nicole pasaba por momentos de compartir su entusiasmo a arrepentirse por haberse ofrecido a traerlos. Estaban tan alterados que le resultaba difícil mantener el control sobre ellos. Se sentía en tensión constante, con el miedo de que cada uno saliese disparado en una dirección distinta. Afortunadamente, a medida que avanzaron bajo el sol abrasador, los niños comenzaron a cansarse de la caminata y parecieron apaciguarse un poco.
—¡Mirad chicos! —exclamó Raquel—. ¡El terrario! ¿Quién se viene a ver a las serpientes?
Todos se unieron en un coro de “yoes” y echaron a correr escaleras arriba en dirección al terrario.
Estaba ambientado como las selvas tropicales, en un oscuro túnel, casi tétrico, donde la temperatura y la humedad aumentaban para adecuar el entorno a los animales que allí se exponían. En cuanto vieron a la primera de las gigantescas serpientes, los niños se pegaron a ella como lapas. Laura apretó su mano con fuerza, asustada. Le sonrió y empezó a leerles la información del panel sobre el reptil para tranquilizarles. Se trataba de una pitón reticulada, que se extendía enroscando sus anillos sobre una falsa rama de árbol. Parecía dormida, casi inerte. A un lado del recinto se abrió una puerta y un trabajador del zoo se adentró con un conejo en la mano. Acercó al animal a la boca de la serpiente que lo cogió, envolviéndolo con su cuerpo y estrujándolo con fuerza. La gente observaba el acontecimiento entre asombrada y horrorizada. Tras unos minutos, la pitón abrió su enorme boca, casi desencajando la mandíbula y comenzó a tragar al desgraciado animal.
Laura se apretó contra su pierna, asustada.
—Niki, ¿se va a comer al conejito? —sollozó la pequeña. Guille, en cambio, se acercó más al cristal, alucinado, sin parecer sentir pena alguna por el peludo animal cuyo destino era convertirse en la cena de la pitón.
—Creo que ya hemos visto bastante. Vayámonos de aquí que se me está poniendo la piel de gallina. ¡Guille, vamos! —ordenó, tirando del niño.
—¡Espera, solo un rato más! —pidió el pequeño, entusiasmado con la idea de ver comer a la gran pitón, mientras esta engullía al conejo.
—Nada de eso —Nicole le tapó los ojos y lo arrastró consigo pasillo adelante—. Creo que ya has visto demasiado. Además, nosotros también tenemos que ir a comer. Aunque a mí casi se me ha quitado el hambre después de esto —añadió casi en un susurro.
Al final del pasillo, entraron en un recinto de menor tamaño en el que se disponían terrarios más pequeños para los arácnidos, anfibios, las tortugas… Uno a uno, fueron viendo los seres exóticos que allí se encontraban. Todos se mantenían inmóviles ante la mirada del público.
Cuando llegaron ante el terrario de los escorpiones, Nicole se detuvo ante él, a primera vista por simple curiosidad. Se trataba de un ejemplar de escorpión emperador, de un brillante color negro y tamaño considerable. El animal estaba girado en su dirección y la enfrentaba con las pinzas en alto, inmóvil. Poco a poco, sus ojos dejaron de pestañear, atrapados en una suerte de magnetismo que el arácnido ejercía en ella desde el otro lado del cristal. Hipnotizada, su mirada estaba fija sobre el artrópodo que estaba parado frente a ella, y que parecía devolverle la misma atención.
—¿Has visto qué rana más fea? —dijo Raquel asiéndola del brazo para atraer su atención. Sin embargo, la rigidez de su brazo la hizo rebotar en su tirón, y se volvió extrañada hacia ella—. Nicole, ¿te pasa algo? —le preguntó. Pero no recibió respuesta.
Raquel miró alternativamente a Nicole y al animal que parecía absorber toda su atención. Su mirada estaba clavada en él y al parecer, su mente también. De repente, el escorpión dio un agresivo salto y se precipitó hacia el cristal, justo delante de sus narices. Nicole salió de su trance y retrocedió sobresaltada. Se quedó mirando al animal, perpleja y un poco asustada. El seguía encarándola con las pinzas en dirección al cristal, en actitud amenazante. Su nerviosismo se reflejaba en la vibración del aguijón, que se tensaba sobre su cuerpo en su extremo.
—¿Estás bien? —le preguntó Raquel, tomándola del brazo—. Por un momento no sé qué me dio más miedo, si el escorpión o tú.
Asintió, un poco aturdida todavía.
—No sé qué me ha pasado. Mejor salgamos de aquí y vayamos a comer algo.
Abandonaron el terrario y siguieron el recorrido del zoo hasta que encontraron un puesto en el que vendían refrescos y bocadillos. Compraron un par de hamburguesas para los niños, dos bocadillos para ellas y unos refrescos, y se sentaron a comer en unos bancos cercanos al recinto de los elefantes.
—No os acerquéis demasiado a ellos —advirtió Nicole observando a los niños acercarse a la barandilla de protección que los separaba de los elefantes.
Se volvió hacia Raquel.
—¿Sabes? Hoy he vuelto a tener ese sueño raro que te conté el otro día.
—Pues sí que te pasan cosas raras últimamente. Porque lo del escorpión no me ha hecho ninguna gracia. Estabas rarísima —le dijo Raquel.
—¡Oye!, que a mí tampoco me ha gustado. No sé que me pasó. Me quedé pasmada delante de él. No podía dejar de mirarlo —explicó.
Se quedó pensativa, recordando la extraña atracción que había producido en ella el animal. Sintió un escalofrío que le recorría la espalda al revivir en su memoria el momento en el escorpión había saltado hacia ella. Se había sentido desprotegida, aún sabiendo que un cristal la separaba de él. Decidió cambiar de tema y no volver a hablar del asunto. Empezaba a resultarle incómodo.
—Bueno, ¿vas a contarme de una vez cómo fue tu cita con Pablo o no? —preguntó con una risita de complicidad a su amiga.
—¡Creí que no me lo preguntarías en todo el día! —replicó Raquel entornando los ojos.
—¡No podía preguntarte delante de los niños! —contestó Nicole enviando una mirada explicativa en dirección a los pequeños—. ¿Entonces? ¿Vas a contarme o no?
—¡Pues claro! Fuimos a cenar juntos a la pizzería de la plaza enfrente de su casa —le contó antes de dar un mordisco a su bocadillo.
—¿Y qué más? No te veo demasiado ilusionada. ¿Pasó algo más o no?
—Lo típico… —dijo Raquel con una sonrisa llena de confianza en sí misma—. Ya sabes, unos cuantos besos.
—Lo típico, dice —ahora fue su turno para entornar los ojos—. Para algunas de nosotras, unos cuantos besos no es tan típico todavía…
Nicole todavía no había besado nunca a un chico. Tenía que reconocer que era un tema que la tenía un tanto nerviosa. Algunas de las chicas de su clase ya habían perdido la virginidad. Ni Raquel ni ella se contaban entre ellas, pero su amiga siempre tenía a algún ligue con el que besuquearse. Nicole no tenía necesariamente prisa por experimentar el sexo, pero sabía de sobras lo que era sentirse atraída por un chico y tenía mucha curiosidad por saber lo que se sentía al besar a un chico. A veces no podía evitar sentirse avergonzada por su inexperiencia cuando sus amigas del instituto hablaban de sus citas.
—Eso te pasa por ser tan tímida —la recriminó su amiga—. Estoy segura de que en el instituto hay algunos que no tendrían problema en solucionar eso.
—Tampoco voy a ponerme a besuquear a cualquiera —replicó—. Además, ¿no estábamos hablando de ti? ¿Por qué tengo la sensación de que ayer no fue todo lo bien que esperabas?
Raquel resopló, resignada, y dio una pausa a su bocadillo para contestarle.
—Pablo y yo llevamos quedando y besándonos un par de meses. Para serte sincera, a estas alturas esperaba que pasase algo más que unos cuantos besos —confesó con una sonrisa traviesa.
Nicole la miró con los ojos abiertos y se ruborizó.
—¿Te refieres a…?
—Pues claro, ¡Tengo dieciséis años!
Nicole le hizo una señal de alarma, cortando la conversación abruptamente al advertir el regreso de los niños, que las obligaron a interrumpir la conversación y tiraron de ellas para continuar su recorrido por el parque. Siguieron caminando, viendo los distintos animales. Nicole cerró los ojos y respiró profundamente. A pesar del poco agradable olor de los desechos de animal en algunas zonas, predominaba un aire ligeramente más puro que el del resto de la ciudad, puesto que el parque estaba lleno de árboles y se encontraban en la Ciutadella, uno de los pulmones de Barcelona.
Mientras admiraban los colores brillantes de los guacamayos, el reloj de un edificio cercano dio las cinco de la tarde. Una gota de sudor recorrió su frente. Se llevó la mano a la frente en forma de visera, para observar el sol. El calor de la tarde empezaba a ser asfixiante. Se pasó la mano por detrás del cuello oculto bajo su melena castaña, y se dio cuenta que estaba empapada.
—¡Qué calor hace! —le dijo a Raquel mientras se recogía el pelo en una cola de caballo para airear su cuello—. ¿Por qué no vamos a ver la próxima sesión de los delfines? A ver si con un poco de suerte nos salpican un poco.
Los niños se entusiasmaron ante la idea, y Raquel no pudo estar más de acuerdo. De manera que se dirigieron al acuario y se pusieron a la cola para coger los primeros lugares, los más cercanos al agua. Diez minutos más tarde, se abrieron las puertas para permitir que fueran tomando asiento. El público se acomodaba en unas gradas de piedra dispuestas alrededor del estanque, con una inclinación bastante pronunciada. Se sentaron casi en primera fila.
Los pequeños no podían mantenerse quietos durante mucho tiempo, así que pronto estuvieron saltando a su alrededor. Nicole se dio cuenta de que llevaba los cordones de sus deportivas desatadas. Se agachó para anudarlos, pero un travieso Guillermo se abalanzó sobre su espalda, estirándole la camiseta por detrás y ahogándola. Molesta, se volvió hacia el niño para reñirle.
—¡Guille, no seas bruto! ¡Casi me ahogas! Ten cuidado, anda; siéntate y estate quieto un rato.
El pequeño la miró avergonzado y obedeció sin protestar. Cuando se dio la vuelta, Raquel la miraba boquiabierta.
—¿Qué me estás mirando? ¿Tengo algo en la cara? —le preguntó Nicole, inquieta.
—¿Te has hecho un tatuaje y no me has dicho nada? —espetó Raquel, enfadada. Nicole la miró con expresión de desconcierto. Raquel se acercó a ella y la obligó a voltearse, bajándole el cuello de la camiseta—. ¡No me lo puedo creer! ¿Por qué no me lo has contado?
Nicole se giró hacia ella, confusa, con la sensación de no entender muy bien lo que su amiga le decía.
—¿Qué tatuaje? ¿De qué estás hablando? ¡Yo no me he hecho ningún tatuaje! —le gritó, alterada.
—¿A no? ¿Y entonces, qué es lo que tienes en el cuello? —replicó Raquel.
En un reflejo, Nicole se llevó la mano a la espalda y se palpó la parte baja del cuello. Como eso no iba a resolver nada, Raquel sacó su teléfono móvil y le hizo una foto, mostrándosela. Nicole vio perpleja que, efectivamente, tenía un extraño dibujo hecho en tinta negra en la parte posterior de su cuello, donde se unía con sus hombros. Aturdida, miró a su amiga que seguía con expresión enfadada, exigiendo una explicación.
—¡Te juro que yo no me he hecho un tatuaje! —le dijo con voz temblorosa.
—Pues te aseguro que no es una calcomanía —replicó Raquel pasando el dedo sobre la superficie de su cuello.
Nicole se apartó instintivamente y sintió náuseas. Estaba empezando a asustarse de verdad. Una cosa era tener sueños extraños, o que un escorpión pareciese haberla encontrado poco agradable y se pusiese agresivo, pero esto ya excedía los límites de lo admisible como casualidad.
—No sé cómo ha aparecido esto. Raquel, sabes que no me sobra el dinero como para gastármelo en caprichos así. Además, serías la primera en saberlo.
Raquel mantuvo su mirada de reproche durante un largo instante, pero finalmente relajó su expresión en algo más empático. Las dos eran inseparables desde niñas. Raquel era lo más parecido a una familia que tenía. Se lo contaban todo, así que su amiga estaba más que al tanto de su situación económica. Sabía que tenía razón, pero la marca estaba allí. Debió darse cuenta de su miedo, que empezaba a extenderse a los pequeños, así que cambió su tono, intentando restarle importancia:
—Pues tendré que decirle al duende que se esconde en tu armario que se pase por mi casa, chica, porque lo hace de maravilla —dijo mirando a los dos niños.
Nicole no tenía ganas en absoluto de bromear sobre lo que le estaba pasando, pero comprendió que Raquel no quería hablar en serio de ello para no asustar a los niños y no llamar la atención sobre ella, así que le siguió el cuento.
—¿Habéis visto niños, el tatuaje que le ha hecho a Nicole?
Los niños se colgaron de su espalda mirando el dibujo con ojos atentos, con la inocencia de una edad en la que cualquier cosa resulta sorprendente, pero nunca extraña ni imposible.
—Pero, ¿qué es?
—Es…. un…—dijo Raquel tratando de buscar alguna contestación que el niño pudiera aceptar—. Una olla de guisantes cocidos. Aún está al fuego, ¿lo ves?
Guillermo la miró con el entrecejo fruncido, no demasiado contento con la explicación, y volvió a observar el tatuaje con atención.
—Bah, pues qué tontería. Cuando yo sea grande tendré un dragón, ¡o una serpiente como la que se comió al conejo! —anunció sonriente.
—¡Bueno, basta! —exclamó Nicole, a punto de perder los nervios—. Se acabó la función.
—Venga, que enseguida saldrán los delfines.
Raquel era consciente de su nerviosismo y, tratando de desviar la atención de los niños hacia el agua, cogió a Guille, sentándolo a su lado mientras su hermana se acomodaba a su lado. Ella seguía con la mirada fija en el agua, pero su mente estaba muy lejos de allí. Un tirón en el brazo la sacó de su ensimismamiento y se giró hacia la niña.
—A mí me gusta. Cuando sea mayor tendré uno igualito.
Su expresión se iluminó en una sonrisa y sus pequeños ojos llenos de inocencia brillaron, mientras se aferraba a su brazo. Nicole le sonrió y la atrajo hacia ella, abrazándola con cariño.
Enseguida empezó el espectáculo y la atención de los niños se desvió hacia los delfines que hacían acrobacias sobre el agua de la piscina, mojando a los presentes. Pero ella ya no sentía el fresco del agua, ni el calor abochornante de la tarde. En su mente, se agolpaban un montón de imágenes que carecían de sentido alguno, que la confundían y la atemorizaban. Su amiga se dio cuenta y le apretó la mano con una sencilla mirada que substituía cualquier palabra de apoyo. Nicole se lo agradeció devolviéndole el apretón.
Eran amigas desde hacía casi diez años y ella nunca le había fallado, a pesar de pertenecer a una condición social diferente a la suya. Se habían conocido en el parque que había junto al orfanato donde había vivido Nicole durante casi toda su infancia. La conexión entre ambas había sido inmediata. Tanto así que Raquel había insistido en ir al mismo colegio que ella, renunciando así al centro privado al que había asistido hasta entonces.
Cuando terminó el espectáculo, apenas quedaba una hora para que el parque cerrara sus puertas al público. A Nicole se le habían quitado las ganas de ver nada más, así que se encaminaron hacia la salida.
Volvieron a la realidad estresante de la ciudad y esperaron a que llegase el tranvía. Cuando asomó por la bocacalle, se subieron a él y Nicole se dejó caer en uno de los asientos, agotada física y mentalmente. Había sido un día muy intenso, y probablemente le esperaba una noche igual de larga. Su amiga se sentó junto a ella y le pasó un brazo por la espalda, reconfortándola.
—Estaba pensando —le dijo— que podrías quedarte a dormir en mi casa. Podemos alquilar una película y pedir un par de pizzas. Así termino de contarte lo de Pablo —añadió en bajo guiñándole un ojo.
Nicole sabía que lo que pretendía Raquel no era cotillear, sino animarla y hacerla olvidar lo sucedido. No tuvo que pensárselo demasiado. No le apetecía estar sola esa noche.
—De acuerdo, pero antes debería pasar por la residencia a avisar y coger mi pijama.
—Puedes llamar por teléfono desde mi casa. Y sabes que puedo dejarte uno de mis pijamas.
—Está bien…
Las dos se quedaron mirando a través del cristal cómo el tranvía devoraba una tras otra las abarrotadas calles de la ciudad, hasta llegar a su parada. Los niños ya no estaban tan activos como por la mañana. Estaban cansados después de las emociones del día y se dedicaban a rememorar lo que habían visto en el zoo, hasta que los dos cayeron rendidos y se quedaron dormidos en su asiento, apoyando sus cabezas el uno en el otro. Nicole los miró con ternura y no pudo evitar esbozar una cariñosa sonrisa.
Cuando llegaron a la parada, cada una cogió a uno de los pequeños en brazos. Su casa estaba al final de la calle, así que no creyeron necesario despertarlos. Cuando llegaron, su madre ya estaba en casa esperándolos. Los acostaron y se despidieron de la señora hasta nuevo aviso.
Raquel abrió la puerta del portal de su casa y la sostuvo para que Nicole entrase. Subieron en el ascensor hasta el quinto piso. No era ni mucho menos la primera vez que su amiga se quedaba a dormir con ella. Lo había hecho muchas veces y conocía bien a su familia. Casi pudiese decirse que era parte de ella. Su madre siempre decía que Nicole era la pieza que ella necesitaba para mantener los pies en la tierra. Ella siempre había sido un poco alocada, traviesa y demasiado despreocupada para el gusto de sus padres. Nicole, sin embargo, había tenido que aprender a ser responsable a la fuerza al crecer sola. Tenía un carácter más tímido y comprometido, pero aunque ella era demasiado insegura para reconocerlo, debajo de todo aquello, Nicole siempre había demostrado una determinación y valentía que Raquel admiraba. Y en cierto modo también envidiaba la independencia de la que disfrutaba, sin tener que dar explicaciones a nadie y pudiendo decidir sus pasos cada día. Con dieciséis años, aquello era un sueño para cualquier adolescente.
Un agradable frescor las envolvió al entrar en el recibidor. Su casa disponía de aire acondicionado, un lujo que se agradecía en los calurosos veranos de Barcelona.
—¡Ya estamos en casa, mamá! —vociferó para avisar—. ¡Nicole se queda a dormir!
Su madre asomó la cabeza hacia el pasillo desde la puerta de su dormitorio.
—¡Estupendo! ¿Queréis que os deje algo de cena preparada antes de irme? —ofreció la mujer.
—¡No gracias! Vamos a pedirnos una pizza y a ver una película.
—De acuerdo.
Fue al lavabo mientras Nicole llamaba a su residencia para avisar de que se ausentaría esa noche. Tras aliviarse y lavarse las manos, entró en su habitación y vio a su amiga de pie frente al enorme espejo que tenía colgado a un lado de la pared, estudiando su tatuaje con ayuda de su pequeño espejo de tocador. Se acercó a ella, le quitó el objeto de las manos y lo colocó en alto para ayudarla.
—¿Qué demonios es? —preguntó Nicole con el ceño fruncido.
Raquel lo observó con detenimiento. Era algo extraño: una especie de círculo rodeado de llamas. En su interior se distribuían diez puntos de una forma irregular. No pudo reconocer la alineación de los puntos, por lo que no supo si se trataba de un orden aleatorio o aparecían así dibujados por alguna razón. Suavemente, pasó la yema de sus dedos sobre el dibujo. Nicole se frotó el cuello con brío, intentando rascárselo, como si quisiese arrancárselo.
—¡Es de verdad! —exclamó su amiga con una expresión desesperada en el rostro.
—Eso parece… —le confirmó.
Nicole se dio la vuelta con los ojos húmedos.
—¿Cómo es posible? Aunque alguien me hubiese gastado una broma en la residencia y me hubiesen hecho un tatuaje mientras dormía, ¡me habría despertado! ¡No tengo el sueño tan pesado como para que alguien me haga un tatuaje sin enterarme!
—¿Quién querría gastarte una broma así? —preguntó ella, sorprendida.
—No lo sé… Pero todo esto empieza a asustarme… El sueño, el escorpión, el tatuaje… ¿Qué me está pasando? —gimió, nerviosa.
Raquel se compadeció de ella y le pasó un brazo por los hombros.
—Estoy segura de que no son más que extrañas coincidencias. Y lo del tatuaje… esperemos unos días. Tal vez la explicación se revele sola —dijo intentando tranquilizarla.
Su madre entró en el dormitorio con un par de refrescos, obligándolas a cambiar de tema y Nicole se apresuró a cubrirse el cuello con el pelo.
—Bueno, niñas —les dijo la mujer mientras dejaba los vasos sobre su escritorio—, yo os dejo, que he quedado con unas amigas para cenar. Tu padre tampoco vendrá hoy. Tiene una cena de negocios y probablemente llegue tarde, y cansado. Así que procurad no hacer mucho barullo esta noche, ¿de acuerdo? —les advirtió con un brillo de complicidad en los ojos. Ambas asintieron, observando cómo su madre salía del piso, cerrando la puerta tras de sí.
Miró a Nicole, cuya expresión se había vuelto a contraer en una mueca preocupada nada más salir su madre por la puerta.
—¿Qué te parece si pedimos las pizzas ahora? Como aún tardarán un buen rato en traerlas, podemos ir al videoclub mientras tanto —propuso.
Su amiga estuvo de acuerdo. Tras llamar al restaurante y pedir la cena, Raquel cogió su tarjeta de socio y las llaves del piso y se dispusieron a bajar a la calle. En el exterior, las altas temperaturas de la tarde se habían suavizado y soplaba una brisa cálida que aliviaba el sofoco diurno. El videoclub estaba muy cerca, diez portales calle abajo. Raquel introdujo su tarjeta en la ranura y pronto estuvieron las dos con la mirada fija en la pantalla que les mostraba las películas disponibles. Las dos estuvieron de acuerdo en elegir una comedia, para no empeorar los ánimos.
Cuando volvieron a casa, se entretuvieron ojeando las páginas de una nueva revista que se había comprado ella, mientras llegaba la cena. No tuvieron que esperar mucho. Diez minutos más tarde el timbre del telefonillo sonaba con insistencia, sobresaltándolas a ambas. Se levantó y miró la pantalla del visor del portal. Sus ojos se agrandaron inevitablemente al ver al joven que esperaba a la entrada del edificio.
—¡Nicole! ¡Tienes que ver al repartidor! ¡Está como un queso! —gritó a su amiga con tono de urgencia mientras pulsaba el botón de apertura. La perspectiva de un chico atractivo era la mejor manera de distraer a una adolescente de cualquier otra preocupación, incluso para una tan comedida como Nicole. Confirmando sus teorías, su amiga saltó de la cama y se plantó a su lado como un resorte, atusándose el pelo y estirándose la camiseta. Ambas esperaron expectantes a que sonase el timbre y, cuando al fin lo hizo, las dos esbozaron su mejor sonrisa para recibir al repartidor. Abrió la puerta, encantadora. Ante ellas se encontraba un joven que parecía un poco mayor que ellas, rubio, con unos grandes y penetrantes ojos verdes y unos labios que invitaban al pecado.
“¡Madre mía! ¡Voy a tener que pedir pizza más a menudo!”, pensó comiéndose al chico con los ojos.
Él estaba concentrado en sacar las cajas correctas de su funda, por lo que todavía no había reparado en las miradas descaradas que las dos le estaban enviando.
—Una de jamón y queso, y una romana sin champiñones. Aquí tiene —dijo. Alzó la mirada y pareció un poco sorprendido al verlas a las dos, allí plantadas delante de él, sonriéndole—. Aquí tenéis —se corrigió—, son catorce con cincuenta.
Raquel se adelantó para coger las pizzas y las dejó sobre el mueble del recibidor. Metió la mano en el bolsillo para buscar el dinero. Cuando levantó la vista para pagarle al repartidor, advirtió que la mirada del joven estaba fija en Nicole, pero su expresión distaba de ser sonriente. La miraba como desconcertado, confuso, pero con firmeza. Desvió la mirada hacia su amiga, cuya expresión le confirmó que ella también lo había notado y se sentía un tanto incómoda. Los ojos verdes del joven la atravesaban, como si quisiesen llegar al último rincón de su mente. La vio bajar la cabeza, apartando la vista de él, nerviosa.
—Aquí tienes —dijo Raquel extendiendo dos billetes de diez y cinco euros hacia él para intentar romper aquella extraña conexión—. Puedes quedarte con el cambio.
Este siguió observando a Nicole unos segundos más, hasta que finalmente aceptó el dinero de su mano y entró en el ascensor, sin ni siquiera despedirse de ellas.
—Vaya —dijo volviéndose hacia su amiga—, parece que hoy atraes la atención de todos los animales, incluidos los hombres —le complació verla sonreír ante su comentario—. Creo que le has gustado.
—¿Tú crees? —contestó Nicole, con expresión escéptica—. Me miraba de una forma un poco rara, no exactamente como si le hubiera gustado.
—Quizá le sonases de algo. El caso es que se ha fijado en ti y a mí me ha ignorado por completo —le dijo, fingiendo una exagerada envidia. Las dos se echaron a reír y cerraron la puerta.
Cogieron unos refrescos de la nevera y un cuchillo para cortar la pizza y se encerraron en su cuarto. A pesar de que tenían toda la casa para ellas, se sentían más cómodas allí. Era su territorio, su palacio particular.
Cenaron en silencio mientras veían la película, que les sacó alguna carcajada de vez en cuando. Consiguió que Nicole olvidara por un buen rato las preocupaciones que la tenían tan inquieta. Pero cuando terminó la película, sus mentes quedaron nuevamente desocupadas, sin nada que concentrara su atención. Raquel se dio cuenta e intentó distraerla.
—Todavía no te conté en detalle lo de ayer —le recordó.
—¡Es cierto! —contestó Nicole, visiblemente aliviada por poder tener un tema de conversación—. Cuenta, venga.
—Pues Pablo me llevó a cenar al restaurante de su plaza. Ese que abrieron hace poco —dijo con una sonrisa dibujada en la cara.
—Eso ya me lo has dicho. ¿Qué pasó después? —la interrogó la joven ansiosa.
—Después subimos a su casa… —siguió con un brillo travieso en los ojos—. Sus padres no estaban…
Los ojos de Nicole se abrieron como platos.
—¿Y…?
—Estuvimos besándonos en su cuarto, ¡como dos horas! —le dijo.
—¡Con lo tímido que era al principio!
—Sigue siéndolo… —replicó ella con cierto tono de queja—. Pablo besa de maravilla pero…
—¿Pero?... —preguntó Nicole arqueando una ceja—. ¿Cuál es el pero entonces?
—No sé… A veces me apetecería que intentase algo más —reconoció—. Tiene diecisiete años, ¿no crees que es un poco raro que después de tres meses no haya intentado nada más? ¡Ni siquiera ha intentado tocarme un pecho! —confesó mirándola con un ápice de decepción.
—¡Raquel! —exclamó Nicole, ruborizándose—. Cualquier chica estaría encantada de que su novio quisiera ir despacio en ese tema…
—¿No tienes curiosidad? —le preguntó con una sonrisa cómplice.
—Claro que tengo curiosidad, ¡pero no tanta como tú por lo que parece! Debería ser algo especial. Solo será la primera una vez.
—Eso es porque aún no has catado nada… —le advirtió—. Ya veremos cuando por fin un chico te coja así —dijo abrazando a Nicole por la cintura—, y te de un buen morreo que te haga subir la temperatura… —suspiró dejando el comentario en el aire y riéndose.
Nicole la apartó, con las mejillas enrojecidas.
—¡Te has puesto roja! —bromeó entre carcajadas.
—Mejor para o te meteré en la ducha bajo el agua fría —pidió Nicole.
Las dos se echaron a reír juntas. De repente, Raquel se calmó y miró a su amiga con un secretismo intrigante.
—Bueno, en realidad sí me dijo algo muy interesante. Pero no tiene que ver conmigo. No sé si debería contártelo —dijo con un gesto altanero, haciéndose la interesante.
—¡Cómo que no me lo vas a contar! ¡Soy tu mejor amiga! Venga, desembucha ya —suplicó Nicole.
—Verás. ¿Recuerdas a Jorge, el amigo de Pablo? ¿El chico moreno que vino con él cuando fuimos al cine el viernes pasado?
—Sí. ¿Qué tiene que ver él? —preguntó su amiga confusa.
—Pues que últimamente le pregunta mucho a Pablo por ti —dijo. Nicole seguía un poco perdida. A veces podía ser irritantemente inocente—. ¡Que le gustas, tontita! —le espetó.
Ella se quedó muda. A pesar de ser una muchacha que algunos podrían considerar bonita, pocos chicos se habían interesado por ella, ya que, a excepción de su trato con algunas amigas más de su clase, solía ser más bien reservada con el resto de la gente. De entre las dos, Raquel era la que solía tener más éxito con los chicos. Sabía que su cara y sus rizos rubios resultaban atractivos al género opuesto, pero estaba segura de que la principal diferencia no era esa, sino su carácter abierto y atrevido. Sin embargo, el amigo de su novio tenía una personalidad parecida a la de Nicole y probablemente por eso le había llamado la atención en aquella tarde en la que ambos se habían sentado juntos en el cine.
—Me estás tomando el pelo, Raquel. Soy yo, ¿recuerdas? Y no es que ligue mucho —dijo su amiga.
—¡Lo digo en serio! Y después del repaso que te dio el repartidor de pizzas, empiezo a creer que te estás convirtiendo en toda una rompecorazones —replicó. Se acercó a ella y le cogió el pelo, peinándolo con sus dedos—. Y realmente, si te arreglaras un poco más, ninguna chica tendría nada que hacer a tu lado. Venga, déjame ponerte mona —le pidió abrazándola.
—Miedo me da ponerme en tus manos —sonrió Nicole—. Seguro que me dejas hecha un cuadro.
—Nada de eso —protestó, ofendida—. Mira, solo déjame que te peine bien y que te escoja algo de mi ropa para que te pruebes, y ya verás el resultado.
Se divirtieron probándose ropa mientras el reproductor de CDs leía una pista tras otra. Cuando estuvo satisfecha con el resultado, Raquel la puso delante del espejo y admiró su obra. Nicole estaba realmente preciosa. Le había ondulado el pelo, recogiéndoselo en un desecho moño del que caían mechones a ambos lados de su rostro. La había vestido con un corto vestido muy veraniego que marcaba sus curvas, a juego con unas sandalias blancas de tacón fino muy bonitas, que estilizaban aún más su figura. Le había puesto un poco de maquillaje en tonos rosados, lo suficiente como para no asustarla.
—Terminada.
Nicole se miró atónita ante el espejo, sin reconocerse a sí misma.
—¡Ah! ¡Me había olvidado de darte las gafas! —le dijo, alcanzándole las lentes. Recayó en algo y la miró, sorprendida—. ¿Veías algo en el espejo sin ellas?
Su amiga se quedó parada con las gafas a medio camino, y se volvió hacia el espejo.
—La verdad es que sí. Veo perfectamente —replicó, desconcertada. Se colocó las gafas y se acercó—. De hecho, veo mucho mejor que con ellas puestas. ¿Qué demonios?...
La vio quitarse y ponerse las gafas, sorprendida.
—Ha debido de bajarte la miopía. No es lo habitual, pero puede pasar. ¿Lo ves? ¡No todo son malas noticias! Puede que no tengas que comprarte otras gafas.
—Al menos algo bueno hoy —resopló Nicole.
La rodeó y le abrazó los hombros, sonriéndole al espejo.
—¡Mírate! ¿Qué chico se resistiría si te ve así? —se quedó mirándola orgullosa y caviló un momento—. Deberíamos salir a tomar algo, aprovechando que ya estás arreglada. ¡Yo me cambio en un minuto!
—¿Qué? ¿Así vestida? Ni lo sueñes. Además, sabes que tu madre se pondría hecha una furia si se entera de que hemos salido un sábado por la noche sin permiso. Y eso me incluye a mí también.
—Lo sé. Pero es que estás tan mona… Me gustaría ver las caras de los chicos cuando te vean así.
—Ni hablar, me moriría de vergüenza si alguien me viese con este vestido.
—¡Pero si estás guapísima!
—Vale, reconozco que estoy más guapa así. Pero no se trata solo de la ropa, si no de saber llevarla y yo no tengo idea —dio unos pasos hacia el armario para cambiarse de ropa y a punto estuvo de caerse al suelo tras perder el equilibrio. No estaba acostumbrada a caminar sobre esas alturas. Se echó a reír al verla—. ¿Lo ves? —le dijo Nicole, volviéndose hacia ella.
—De acuerdo, creo que tendré que enseñarte muchas cosas aún, entre ellas ¡a caminar! —le contestó entre carcajadas.
Pronto estuvieron las dos envueltas en sus frescos pijamas de verano, que resultaban mucho más cómodos que cualquier favorecedor vestido. Se quedaron charlando un buen rato sobre cómo celebrarían su cumpleaños hasta que el sueño empezó a hacer acto de presencia y sus voces empezaron a sonar más cansadas.
Recogieron las fichas y se metieron bajo las sábanas. Raquel apagó la luz de la lamparilla de noche, aunque todavía se quedaron un buen rato hablando en voz baja. Cuando el padre de Raquel llegó, ya estaban completamente dormidas y no oyeron el tintineo de las llaves contra la cerradura.
Al día siguiente, Nicole se despertó de golpe, sobresaltando a su amiga que dormía apaciblemente a su lado. Se llevó la mano a la frente, agitada, y se dio cuenta de que estaba empapada en sudor.
—¿Qué ocurre? —preguntó Raquel con voz somnolienta—. ¿Has vuelto a tener esa pesadilla?
—Sí —asintió Nicole secándose el sudor del rostro con las manos.
Se levantó y comprobó sin salir de su asombro que sus gafas seguían siendo igual de inútiles que la noche anterior, así que volvió a dejarlas sobre la mesilla. Fue al baño a refrescarse la cara en agua fría. Al pasar junto a la cocina, Cristina, la madre de Raquel, la llamó sorprendida.
—Vaya, ¿ya estáis despiertas? Creí que os habríais acostado tarde y que dormiríais hasta la hora de comer.
—Es que he tenido un mal sueño y me he desvelado. ¿Aún es muy temprano? —preguntó.
—Son las diez y media de la mañana. Puedes seguir durmiendo si quieres. Os despertaré a la hora de comer. Te quedas a comer con nosotros, ¿no?
—Bueno, lo tomo como una invitación, así que encantada. Pero yo voy a levantarme ya. Me he traído unos apuntes y voy a estudiar un poco antes de comer. Esta semana tenemos dos exámenes y no llevo muy bien el inglés… —explicó.
—Entonces despierta a Raquel. Ella también debería ponerse a estudiar.
—Ella lleva mejor que yo el inglés —apuntó Nicole.
—Pues que te eche un cable. Para una asignatura en la que puede ayudarte ella a ti y no al revés, ¡aprovéchala! Os prepararé algo para desayunar.
Nicole regresó a la habitación donde su amiga había vuelto a quedarse dormida. La movió suavemente para despertarla.
Pasó el domingo en su casa, preparando los exámenes que tenían a lo largo de esa semana. A Nicole se le daban bien las matemáticas. En realidad, se le daban bien todas las asignaturas, a excepción del inglés, donde conseguía llegar al aprobado con esfuerzo. Y eso con la ayuda de Raquel, que lo hablaba bastante bien debido a sus clases extraescolares en la escuela de idiomas. Las lenguas no eran lo suyo. Raquel siempre bromeaba sobre eso, ya que Nicole, aunque había nacido y vivido siempre en España, era hija de madre inglesa, como lo reflejaban su nombre y apellido.
Regresó a la residencia temprano, después de una abundante merienda que hizo las veces de cena para ella. Mientras caminaba de vuelta bajo el sol del atardecer, planificó mentalmente el día siguiente. Por la tarde debería ir a recoger a Laura y Guille al colegio. Sus clases terminaban antes que la suya, pero Laura asistía a clases de ballet y Guille hacía lo que podía para aprender karate. Así, ella tenía tiempo de ir a recogerlos al salir de su instituto.
Al llegar a su cuarto se encontró con una maleta entreabierta sobre la cama de Bea, una de sus compañeras. Ya había llegado, pero seguramente, había ido al cine con alguna amiga. Marina, la otra compañera de habitación, no llegaría hasta más tarde. Era cuatro años mayor que ellas y los domingos siempre salía a cenar con su novio, por lo que regresaba muy tarde.
Cansada, se metió en el baño y abrió el grifo de la ducha para que el agua se fuese templando mientras se quitaba la ropa. Se contempló desnuda ante el espejo del lavabo. Se giró, intentando observar el extraño dibujo que había aparecido sobre su piel. Se fijó en los puntos que aparecían en el interior del círculo.
Esta vez, la figura que delimitaban le resultó un poco más conocida. Le pareció que recordaba haberla visto en alguna parte, pero no conseguía relacionarla con nada en concreto. Ante la frustración y la incomodidad que suponía intentar girarse de espaldas y contemplarse en el espejo al mismo tiempo, se dio por vencida.
Tras una buena ducha, se puso su pijama para estar más cómoda. Dejó el teléfono sobre su mesilla y encendió una pequeña radio que le había regalado Raquel por su decimocuarto cumpleaños. Sonaba “Cómo hablar”, de Amaral.
Sacó los libros de su mochila y los abrió sobre el escritorio que compartía con Marina mientras tarareaba la letra de la canción. Como su compañera de habitación ya estaba trabajando, podía disponer de él prácticamente para ella sola. Se sentó ante su cuaderno y repasó nuevamente el temario que habían estudiado por la tarde hasta que ella llegó. Declinó una invitación para bajar a comer un bocadillo, ya que había merendado fuerte en casa de Raquel y no tenía hambre. Se entretuvo un rato charlando con ella hasta que ambas decidieron irse a dormir. Marina trabajaba como enfermera en el Hospital de la Vall d’Hebron y entraba temprano, por lo que no quería molestarla innecesariamente. Había estudiado lo suficiente.
Programó su radiodespertador para las siete y media de la mañana y se metió entre las sábanas. La música seguía sonando suave. Nicole se quedó embobada durante un rato, mientras su mente se perdía en la música. Cuando apagaron las luces, el cuarto quedó sumido en un silencio y una oscuridad profundos, solo rotas por la escasa luz callejera que se filtraba por las rendijas de las persianas, y por algún que otro coche que buscaba dónde aparcar en las calles circundantes.
Cuando Bea entró a hurtadillas en el cuarto, las dos estaban profundamente dormidas. Ninguna de las dos se enteró mientras su compañera se lavaba la cara, ni tampoco cuando se metió en su cama. Tampoco Nicole se despertó cuando el despertador de Marina sonó a las cinco y cuarto de la mañana, ni cuando la joven se metió en la ducha, ni cuando cerró la puerta para irse a trabajar.
Fue un poco más tarde cuando ella se despertó, de golpe y sin necesidad de ninguna alarma. Abrió los ojos de para en par, mostrando unas dilatadas pupilas, que fueron contrayéndose poco a poco mientras encendía la luz de la mesilla. Se incorporó en su cama, intentando tranquilizar su respiración agitada. Otra vez había vuelto a tener el mismo sueño.
Miró la hora: las siete en punto. Todavía le quedaba media hora hasta tener que levantarse. Se recostó nuevamente sobre la almohada con intención de volver a dormirse, pero sus ojos estaban completamente desvelados. Esa imagen repetitiva que la sobresaltaba durante las últimas noches empezaba a inquietarla. En circunstancias normales, simplemente le hubiera resultado un sueño raro, del que se olvidaría inmediatamente. Pero la constante repetición del mismo cada noche y la angustiante sensación que sentía cuando se despertaba empezaban a transformarlo en una pesadilla que se había instalado en su mente de forma permanente.
Además, estaban los extraños sucesos del día anterior. Recordándolos, se pasó una mano por el cuello, deseando que el misterioso tatuaje hubiese desaparecido, y todo volviese a la normalidad. Pero intuía que seguía ahí. Recordó al joven repartidor, a sus preciosos ojos verdes y a la extraña forma en la que la habían mirado. En circunstancias normales se sentiría exultante de haber despertado la atención de un chico tan atractivo, pero tenía la amarga sensación de que él no la había encontrado interesante de la forma que a ella le gustaría.
“¿Qué me está pasando?”, se preguntó. “¿Tendrá algo que ver todo esto con ese sueño?”
Estas eran solo algunas de las preguntas que atravesaban su mente. Pero por el momento eran solo eso: preguntas sin respuesta.
2
LA HUIDA
Miércoles 2 de Octubre de 2002
El inicio de la semana transcurrió como era habitual, a excepción de la nueva marca que adornaba la parte baja de su cuello y que, al igual que su repetitivo sueño, desafortunadamente no había desaparecido. Lo último que deseaba Nicole era someterse a una ronda de preguntas por parte de sus compañeros de instituto sobre su nuevo tatuaje, que no solo no había desaparecido sino que parecía tener un tono más intenso cada día. Así que, a pesar del calor, acudió a las clases con una camiseta de manga corta, pero con el cuello lo suficientemente alto como para cubrir la marca. Ya bastantes tuvo que contestar sobre la ausencia de sus gafas, que había aparcado de forma permanente en el cajón de su mesilla, viendo que veía mejor sin ellas que con ellas puestas.
Mientras bajaban las escaleras del instituto a la salida del miércoles, Raquel le propuso que repasaran juntas el examen que tendrían dos días más tarde y quedaron en verse en su casa a partir de las ocho, después de que la madre de los pequeños a los que cuidaba por las tardes regresase de trabajar.
Cuando llegó la hora, Nicole apareció puntual con su mochila a cuestas y pronto estuvieron las dos encerradas en el estudio. Cuando se dieron cuenta, era casi medianoche.
—¡Caray!, ¡Qué tarde es! —exclamó Nicole.
—Sí, es verdad. ¿Por qué no te quedas a dormir aquí? Es muy tarde, y no está bien que vayas sola a estas horas —ofreció Raquel, pero ella se negó. No quería volver a despertar a Raquel en mitad de la noche—. De acuerdo, si no quieres quedarte a dormir, entonces te acompaño. No voy a dejarte ir sola.
—Ni hablar —zanjó Nicole—. Si vienes a acompañarme, después tendrás que volver sola y así no solucionamos el problema. No me pasará nada. Lo he hecho muchas veces. No te preocupes. Si quieres, cuando llegue a la residencia te hago una llamada perdida para que sepas que estoy bien.
Raquel accedió de mala gana y dejó marchar a su amiga, despidiéndola en la puerta del ascensor.
Salió a la calle. A pesar de ser medianoche, el clima era bastante agradable y aún había algunas personas en el exterior. Algunas aprovechaban para pasear al perro; otras volvían a paso apresurado a sus casas; había también alguna pareja que tomaba una copa en la terraza de una cafetería… La verdad era que se estaba bien, y Nicole sintió unas ganas tremendas de dar una vuelta y disfrutar un poco de la noche.
Casi sin percatarse, se encontró caminando sin rumbo fijo por las calles de Barcelona, despejando su mente mientras sus pies iban avanzando sobre la piedra de las aceras. Desde que el curso había empezado, su día a día se había reducido al instituto, el cuidado de Laura y Guille, el trabajo en el colegio y los deberes. No tenía mucho tiempo para respirar y mirar a su alrededor sin ir con prisas a todas partes. Y el poco que tenía últimamente lo empleaba en preocuparse por los hechos extraños que le estaban ocurriendo. Quizá todo ello se debiese al estrés y al cansancio. Le vendría bien desconectar un poco.
Cuando había recorrido tres calles, cogió su teléfono y marcó el número de Raquel. Esperó a que sonara una vez y colgó, dejándole una llamada perdida como habían acordado para indicar que había llegado sana y salva a casa. Aunque no era el caso, no quería preocuparla innecesariamente.
Se guardó el teléfono en la mochila, y siguió caminando. El cielo estaba cubierto por una espesa nube oscura que impedía poder disfrutar del firmamento, aunque no amenazaba lluvia. En la ciudad rara vez se veían bien las estrellas. Había demasiada contaminación y demasiadas luces artificiales opacando la belleza natural del cielo nocturno.
Nicole había podido disfrutarlo en muy pocas ocasiones. Un par de años atrás, los padres de Raquel la habían invitado a acompañarlos un fin de semana a un pequeño pueblo en las montañas, en Segovia, donde vivían los abuelos de su amiga. Era invierno y las temperaturas rondaban los cero grados. Por la noche, asomada a un balcón, había visto el firmamento en toda su plenitud, extendido sobre ella como un enorme manto estrellado. Sin nube alguna ni luces cercanas que opacaran el brillo de las estrellas, Nicole se había quedado hechizada observando el firmamento durante casi una hora, hasta que la escarcha acumulada en su ropa la había obligado a resguardarse del frío.
Recordó ese momento mágico mientras sus pies recorrían una calle tras otra. La caminata la llevó hasta el centro de la ciudad. Bordeó el puerto, enfilando las Ramblas tras dejar atrás Colón. Sus ojos observaban los edificios que delimitaban la gran avenida con un brillo de ausencia.
Casi por instinto sus pasos la llevaron en dirección hacia la Catedral. Sus piernas avanzaron irrefrenablemente por callejones por los que no se habría adentrado en condiciones normales a esas horas. Caminaba como un autómata, sin poder detenerse, sin pensar. Su mente pareció reaccionar y darse cuenta, pero no fue capaz de recuperar el control sobre su cuerpo. Sus ojos observaban preocupados el bajo ambiente en el que se había aventurado, pero sus pies no reaccionaban a su deseo de salir de allí. Impulsada a seguir caminando por una invisible fuerza magnética, continuó en la dirección que marcaban sus pies.
Las estrechas calles por las que avanzaba despedían un nauseabundo olor a orina, al igual que las pocas personas que estaban a esas horas en ellas. Según pasaba a su altura, Nicole atraía sus miradas intimidantes, que hacían aumentar su inquietud a pasos agigantados. Sus piernas giraron a la derecha por un callejón igual de estrecho, haciéndola chocar de narices con un par de hombres que se encontraban en la esquina de la calle. Ambos aparentaban unos cuarenta años, de aspecto muy desarreglado. El desagradable olor a tabaco y alcohol predominaba sobre el provocado por la ausencia prolongada de aseo de uno de ellos. Se disculpó sin atreverse a mirarles a los ojos y se apartó para seguir su camino, pero uno de ellos la cogió por un brazo, asiéndola con fuerza.
—Espera un momento, preciosa —le dijo con un brillo de interés en los ojos que disparó su inquietud—. ¿Qué hace una jovencita como tú por aquí a estas horas, tan sola? ¿Quieres divertirte un rato con nosotros? —la invitó con mirada lasciva.
Sacudió la cabeza declinando la oferta y trató de soltarse, pero él la agarró con más fuerza. El segundo hombre sonrió y se acercó. Nicole los miró aterrada. Reaccionó propinándole una buena patada en la rodilla al que la tenía presa, y este soltó su brazo para agarrarse la extremidad dolorida. Retrocedió unos pasos y se los quedó mirando, petrificada por el miedo. Ellos le dirigieron una mirada llena de ira y avanzaron hacia ella.
—Así que la zorrita tiene garras. Ven aquí, pequeña ramera —dijo uno de ellos con una sonrisa perversa dibujada en su arrugada cara—, vamos a enseñarte a tratar a tus mayores.
Tras escuchar esto, su cerebro se desbloqueó y Nicole recuperó de golpe el control sobre su cuerpo. Echó a correr por el callejón, perseguida por los dos hombres. Corrió por las calles mirando atrás de reojo, comprobando ansiosa si conseguía deshacerse de sus perseguidores, pero no era capaz de dejarlos atrás. Al contrario, estos conocían mejor aquel barrio y parecían ganarle terreno.
Desesperada, trató de despistarlos en un cruce de calles, ocultándose dentro de un gran contenedor de obra. Temiendo que pudiesen oírla, trató de calmar su acelerado corazón, que estaba a punto de salírsele del pecho. Se quedó muy quieta, arrinconada contra la pared del contenedor, a la escucha. Los oyó detenerse muy cerca y hablar entre ellos.
Escuchó como uno le daba indicaciones al otro para ir por el callejón derecho y al poco rato sus voces se perdieron en la distancia. Esperó unos minutos más para asegurarse de que no volvían. Solo entonces se atrevió a salir de su escondite. Miró a su alrededor. No sabía dónde estaba, pero tenía muy claro que no cogería la calle de la derecha. Optó por el lado contrario y se encaminó por él sintiendo los latidos de su corazón dentro de su pecho como si se tratase de un tambor.
No había llegado al final de la calle cuando frente a ella aparecieron dos figuras que reconoció enseguida.
—¿Creías que nos habías dado esquinazo, listilla? —preguntó burlonamente uno de los dos hombres.
—¡Dejadme en paz! —gritó desesperada, con las lágrimas a punto de salírsele.
Sin pararse a pensar un segundo más, se precipitó por una calle estrecha que se unía a la principal en el momento en el que los dos hombres trataban de agarrarla. Su carrera frenética la llevó a ciegas por los suburbios barceloneses, mientras los hombres la seguían, intentando darle alcance.
Tras girar a la derecha, se topó de bruces con que el estrecho callejón en el que se había metido no tenía salida. Frente a ella, se levantaba un antiguo edificio de piedra con una balconada en su piso superior, a unos seis metros de altura.
Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, nublándole la vista. Podía oír a los hombres cada vez más cerca. En su agonía buscó algún lugar para ocultarse en las desnudas paredes de los edificios colindantes, pero fue inútil. Estaba atrapada. Algo en su interior la impulsó a correr hacia delante, mientras el llanto le entrecortaba la respiración, dejándola sin aire.
Cuando se encontraba a menos de dos metros del antiguo edificio, cerró los ojos y una fuerza invisible la empujó a gritar con fuerza, mientras sus piernas se flexionaban y su cuerpo se elevaba en un salto.
Cuando abrió los ojos y miró a su alrededor, la sensación de vértigo la hizo agarrarse. Se encontraba agazapada en cuclillas sobre la balaustrada de piedra del balcón que, tan solo unos segundos atrás, había divisado desde el suelo. Atónita, contempló la calle desde donde acababa de saltar y vio cómo los hombres se acercaban. Antes de que la viesen, reaccionó con rapidez, agazapándose contra la pared, casi tumbada por completo.
Abajo, los hombres se habían quedado boquiabiertos al encontrarse con el vacío que había dejado. No había nada tras lo que ella pudiese haberse escondido, ni puerta alguna por la que pudiese haber escapado.
—¡Es imposible! —rugió uno de ellos—. ¡Tiene que estar aquí! ¡No puede haberse esfumado!
—Pues aquí no está —observó el otro desconcertado.
—¡Eso ya lo veo, idiota! —le gritó el primero, encolerizado.
Los escuchó discutir durante un buen rato hasta que sus gritos se perdieron calle abajo. Los escuchó desde su escondite en el balcón, con el cuerpo temblando de miedo.
Cuando el callejón quedó en silencio, se asomó por entre las columnas de la balaustrada y escudriñó la oscuridad de la calle. No había nadie, pero después de lo que había sucedido, no se sentía segura. Quizá los hombres estuviesen esperándola al doblar la esquina o, lo más posible, a la entrada de la calle.
Además, estaba a unos seis metros de altura y tampoco sabía cómo bajar de allí. Aunque lo que realmente la inquietaba era cómo demonios había subido al balcón. Se quedó sentada con las rodillas encogidas, intentando calmarse a sí misma y pensar objetivamente, aunque esto le resultaba bastante difícil en aquel instante.
Estudió el edificio al que se había encaramado, tratando de ubicarse para hallar un modo de salir de allí. Debían estar muy cerca de la Catedral. Aunque no sabía a ciencia cierta dónde estaba, no creía haberse alejado demasiado de ella. Probablemente hubiese corrido en círculos tratando de escapar de los hombres. Por lo que podía ver de su fachada trasera, se trataba de un edificio de unas cuatro alturas. Al balcón no daba puerta alguna, solo una ventana, cubierta por unas contras que se cerraban a cal y canto. Observó la madera desgastada de las contras, y el aspecto descuidado del balcón. Daba la sensación de ser un edificio abandonado.
En aquel momento tampoco le apetecía llamar a nadie por teléfono para pedir ayuda, ya que no sabría cómo responder a las preguntas que inevitablemente le harían al verla allí subida. Le daba la sensación de estar entre la espada y la pared, atrapada en lo alto del edificio.
Metió la cabeza entre las rodillas y sus hombros se convulsionaron mientras desahogaba la angustia de los últimos días en forma de lágrimas que empaparon sus manos sucias.
Su desconsuelo la hizo tumbarse en el suelo y, poco a poco, la sumió en un profundo sueño que la llevó de vuelta a su cómoda cama de la residencia, en medio de una gran tormenta que la sobresaltó. La sobrecogió una sensación de impotencia y misterio, sentada sobre su cama. De nuevo los truenos y los relámpagos que salpicaban el interior de su cuarto de luces fugaces. De nuevo las siluetas que se movían entre las sombras de los edificios. Y de nuevo su mano izquierda encerrando algo que no quería ser descubierto ante sus ojos. Una voz resonó clara en su mente: “Se acerca la hora”.
Nicole se despertó sudando, y la paradójica extraña realidad la devolvió a la cima del balcón en el que se había refugiado hacía unas horas, escapando de sus perseguidores. El desánimo la sobrecogió mientras recordaba los hechos de la noche anterior. Era como estar dentro de una horrible pesadilla de la que no conseguía despertarse del todo. Estiró las piernas entumecidas y se asomó nuevamente al balcón. Todavía no era de día, aunque estaba amaneciendo.
Inspeccionó la pared del edificio. Estaba surcada por cornisas de piedra y en la planta baja había más ventanas. “Quizá podría intentar bajar si me apoyo en los salientes”, pensó. Animada por esta idea, pasó una pierna con cuidado sobre la barandilla del balcón y se aferró con fuerza a la irregular piedra del muro, apoyando sus pies en el friso. Ayudándose de las columnas de la balconada, descendió hasta que su pie rozó con la siguiente cornisa. Lentamente, deslizó las manos sobre el friso superior y fue avanzando hacia su izquierda, para colocarse sobre la ventana. Cuando ya casi había llegado a ella, el trozo de saliente que sostenía su pie derecho se desprendió y la hizo trastabillar. Con una mueca de pánico, sintió que perdía el equilibrio y caía al vacío. Al recobrar la calma se dio cuenta de que estaba perfectamente, apoyada en el asfalto sobre sus manos, inclinada sobre su pie derecho, y con la otra rodilla apenas rozando el suelo. Había frenado la caída instintivamente. Desconcertada, se incorporó mirándose las manos como si esperase que algún extraño fenómeno apareciese de ellas, explicándole una vez más su increíble hazaña. Acababa de caer desde casi seis metros de altura. Y ni siquiera le dolían las piernas. Para su cuerpo era como si simplemente hubiese saltado tres o cuatro escalones juntos.
Una pequeña sombra salió de un montón de cajas apiladas junto a una pared cercana, sobresaltándola. Pegó un respingo y miró a su alrededor. Un gato callejero protestó con un estridente maullido, asustado por su repentina aparición. La miró enfadado y desapareció calle abajo con la cola erizada.
Consultó su reloj. Eran casi las seis y media de la mañana. Pronto tendría que levantarse para ir a clase. Intentando pasar desapercibida, salió del callejón y desanduvo el camino orientándose por el furtivo recuerdo de la huida nocturna.
Cogió el metro y caminó hasta la residencia. Al llegar, la portera la miró sorprendida.
—Vaya, niña —le dijo—. ¿Cómo no me avisaste ayer de que te quedabas en casa de Raquel? —preguntó enfadada.
Nicole la miró desconcertada. De repente recordó haberle contado que iría a estudiar a casa de su amiga y entendió. Fue una suerte que lo hubiera hecho, pues le proporcionó la excusa perfecta para explicar su ausencia.
—Lo siento Montse —se disculpó—. Estábamos tan concentradas que no me acordé de avisarte. Perdóname, no volverá a ocurrir.
—¿Y qué haces a estas horas aquí? —inquirió la portera, desconfiada.
—He venido a buscar unos libros que me hacen falta para hoy. Ayer olvidé meterlos en la mochila. Además, me hace falta una buena ducha —improvisó la muchacha.
—Pues no deberías andar sola por la calle a estas horas —la reprendió Montse. “Qué razón tienes”, pensó Nicole para sus adentros—. Está bien —dijo la mujer con un gesto de resignación. Miró a Nicole con expresión preocupada—. Niña, ¿estás bien? Tienes muy mala cara —dijo observando su palidez.
—Me duele un poco la cabeza y además no he dormido muy bien. Estoy un poco cansada.
—Se te ve a la legua. No deberías ir hoy a clase —sugirió la mujer—. Sube arriba y métete en la cama. Te prepararé algo caliente para que te tomes antes de descansar. No se puede andar por la calle con esa cara. Ya aviso yo a tu colegio.
Nicole sonrió agradecida y subió a su cuarto, desplomándose sobre su cama. Realmente ir al instituto ahora era lo último que le apetecía. Lo único que quería era meterse entre las sábanas y evitar nada que pudiese provocar algún otro suceso extraño. Para una semana había sido más que suficiente y ya estaba llegando al límite de lo que podía aguantar sin perder la cordura.
Antes de meterse en la cama, se dio una buena ducha tras la que se sintió un poco mejor. Se deslizó entre las sábanas y se permitió disfrutar del peso de las mantas sobre su cuerpo. Montse entró por la puerta con un gran tazón humeante de leche con cacao que despertó instantáneamente su apetito. Se lo bebió enseguida y volvió a recostarse sobre la almohada. La mujer le pasó la mano por la frente para ver si tenía fiebre, pero por su expresión, lo descartó. Seguramente pensaría que lo que tenía solo era un gran cansancio acumulado. Y probablemente no iba desencaminada. Salió del cuarto y la dejó durmiendo profundamente.
Se despertó con el sonido de su móvil, que vibraba sobre la mesilla. Era Raquel. Cogió el teléfono media aturdida y contestó. Estaba preocupada porque no había ido a clase. Se había olvidado de advertirla.
—Siento no haberte avisado. Me encontré mal y decidí quedarme en cama —explicó—. ¿Han dicho algo sobre el examen de mañana? Por la tarde pasaré por tu casa para apuntar los deberes, ¿vale? Sí, no te preocupes, ya estoy mucho mejor. Solo necesitaba dormir un poco.
Tras despedirse de su amiga, dejó el teléfono sobre su mesilla y subió la persiana de la ventana que había sobre su cama. Se quedó tumbada bajo el edredón, con los ojos entrecerrados por los cegadores rayos de sol que entraban por su ventana.
Pensó en todo lo que le había pasado últimamente. Los recuerdos la lastimaban. Tenía la seguridad de que algo le estaba pasando. Le daba la sensación de que estaba perdiendo el control sobre su vida. Las cosas que le habían ocurrido últimamente la sumían en un mar de dudas que no la llevaban a ninguna parte. No podía tratar de obtener ninguna conclusión de lo que le ocurría porque no tenía ni idea del cómo, el porqué, el cuándo o el qué. Ante todos esos hechos, lo único que podía hacer era continuar con su vida normal, pero lo sucedido la noche anterior lo dificultaba.
Había estado en peligro. En serio peligro.
Por momentos, su cuerpo y su mente le habían parecido por completo desconocidos, actuando casi por cuenta propia, y todavía no estaba segura de si había sido para bien o para mal. Lo único que creía ver claro, era que todos esos sucesos estaban de alguna manera relacionados entre sí. Pero no sabía de qué forma. La única prueba física que tenía era el dibujo que había aparecido sobre su propia piel. Trató de recordar donde había visto esa forma que dibujaban los puntos del interior del círculo, pero le fue imposible.
En aquel momento, se sintió más sola que nunca. Era una chica fuerte y siempre había sabido valerse muy bien por sí misma. Pero ahora que se sentía asustada, totalmente vulnerable a algo que desconocía por completo, añoraba más que nunca una familia; un padre y una madre a los que acudir, entre los que refugiarse cuando se encontraba perdida, a los que pedir consejo y ayuda cuando ella no veía la respuesta, sino solo dudas y preguntas. Tenía a Raquel, pero Raquel era su amiga, y una amiga no era una madre. Ni siquiera Montse, que hacía las veces como tal, lo era.
Al día siguiente cumpliría dieciséis años. Se había imaginado aquel día como un gran momento en su vida. De alguna forma, los dieciséis sonaban a adulto. Aquel sería el año en el que terminaría la Secundaria y se embarcaría en el principio de su carrera. También estaba segura de que sería el año en el que daría su primer beso y, tal vez, tendría su primer novio. Iría a su fiesta de graduación y a la excursión que marcaba el fin de la secundaria. Era bastante posible que el beso ocurriese ahí.
Pilares fundamentales en la vida de una adolescente que desearía poder compartir con su madre. Pero su madre no estaba. Y cuando todavía formaba parte de su vida, tampoco se había comportado como una madre.
No debería ser así. Debería tener una familia que la llevase a comprarse un vestido para su fiesta, que se sintiese orgullosa cuando sacaba buenas notas y que se preocupase si no regresaba a dormir a casa. Sentía que la vida estaba siendo tremendamente injusta con ella.
Con una sensación de ardor que subió desde su estómago hasta el fondo de su garganta, sintió cómo la almohada se empapaba bajo su rostro, mientras apretaba las sábanas con fuerza, encogiéndose sobre sí misma con el solitario abrazo que había sido su único consuelo en su niñez.
Sacó fuerzas del vacío que sentía y consiguió levantarse. Todavía le quedaban muchas cosas por hacer en esa tarde y pensar que eso mantendría su mente ocupada la reconfortó un poco.
El resto del jueves transcurrió tranquilo, sin más incidentes que la repetición del sueño, ya habitual.
Y así llegó el viernes, el día de su cumpleaños.
Nicole se levantó nerviosa pero también un tanto emocionada. A primera hora tenía el examen de matemáticas, pero después, el instituto los llevaría de excursión al Planetario. Tenía muchas ganas de ir, pues sería lo más cerca que estaría de volver a ver el firmamento como lo había hecho en Segovia.
Tras la concentración del examen llegó la euforia por librarse de las últimas clases. Los alumnos subieron al autobús, completamente alborotados, los más aplicados comentando las preguntas del examen y el resto haciendo planes ya para el fin de semana. Casi una hora más tarde estaban todos acomodados en los sillones de una sala de planta circular, bajo una gran cúpula blanca. Una mujer que rondaba la treintena terminó de recibirlos y cerró las puertas de la sala.
—Buenos días. Me llamo Marta y hoy voy a ser vuestra guía en este viaje por el universo. Os mostraré las constelaciones, cometas y otros astros que lo forman y os enseñaré a grandes rasgos cómo distinguirlos. Os ruego que permanezcáis en silencio mientras la proyección está en marcha y, si tenéis alguna duda, reservadla para el final. Después haremos un debate en el que podréis preguntarme lo que queráis o comentar cualquier observación que se os ocurra. ¿Entendido?
La multitud asintió al unísono.
Las luces se apagaron y la estancia quedó unos segundos en completa oscuridad, hasta que unos puntitos brillantes comenzaron a aparecer sobre la cúpula que techaba la habitación. La mujer comenzó por explicarles algo que todos sabían ya de sobra: los componentes de la vía láctea.
Posteriormente, las estrellas comenzaron a desaparecer a medida que iba destacando constelaciones una tras otra, mientras la experta explicaba sus características: su nombre, la distancia que la separaba de la vía láctea, las estrellas que la formaban, etc. Una tras otra, las distintas constelaciones fueron resaltando sobre las cabezas de los alumnos, que las miraban pasmados.
Nicole estaba embrujada por la belleza de aquellos puntitos, aunque sabía, claro, que solo era una proyección. Admirada, contemplaba las distintas constelaciones que aparecían ante sus ojos abiertos de par en par sin perderse detalle.
De repente, el corazón le dio un vuelco. Sus pupilas se dilataron y sus manos comenzaron a sudar mientras se agarraban con fuerza a los brazos del sillón. Ante sus ojos, la constelación que acababa de aparecer iluminada en el techo representaba exactamente la disposición de los puntos de su tatuaje, aunque con algunas estrellas más en la esquina superior y en la parte derecha.
—Raquel, ¿qué constelación ha dicho que es esa? —preguntó con voz temblorosa.
—La constelación de Orión, ¿por qué? —contestó Raquel extrañada. Miró a Nicole, y se dio cuenta de que estaba pálida.
—El tatuaje —balbuceó Nicole.
Raquel la miró sin entender, hasta que volvió a fijarse en las estrellas. Tras unos instantes, su expresión le dio a entender que la había comprendido. Con una exclamación, se volvió hacia ella y las dos se apretaron la mano, nerviosas.
La astrónoma seguía recitando su información mecánicamente y pronto las estrellas de Orión desaparecieron del falso firmamento, dando paso a la constelación de Andrómeda. Las chicas observaron el resto del espectáculo en silencio, mientras cientos de preguntas se acumulaban en su cabeza. ¿Se suponía que el tatuaje de su cuello representaba la constelación de Orión? ¿Acaso eso debería aclararle algo? Desde luego, ella estaba cada vez más confusa.
Cuando el programa terminó, las luces del recinto se encendieron gradualmente, haciéndoles pestañear hasta que sus ojos se volvieron a acostumbrar a la luz. Marta, la guía, se sentó frente al graderío, dispuesta a resolver sus dudas. Un par de alumnos preguntaron sobre los cometas y sobre el planeta X, y todos escucharon atentos la explicación.
—Bien. ¿Alguna otra duda? ¿Nadie quiere comentar nada más? —preguntó la mujer.
Nicole vaciló. Estaba deseando preguntarle acerca de la constelación de Orión, pero tampoco sabía cómo plantear las preguntas adecuadas, dado que las que ella misma se hacía, iban mucho más allá de cualquier respuesta que la chica le pudiera proporcionar. Pero fue Raquel quién se adelantó y levantó el brazo.
—¿Sí? —preguntó la astrónoma.
—Me gustaría saber algo más de la constelación de Orión —pidió la joven.
—La constelación de Orión, como ya os expliqué antes, contiene algunas de las estrellas más brillantes del firmamento como son Rigel y Betelgeuse. Toma su nombre de un gigante, el mejor cazador de la tierra, orgulloso de que no existiera criatura alguna que él no pudiera vencer. Hay muchos mitos diferentes escritos sobre él con multitud de variantes. Quizá el más común es en el que se cita a Orión como hijo del dios griego de los mares Poseidón, y de la diosa de la tierra Gea, quién lo castigó por su vanidad y desobediencia, enviándole a un escorpión, que le clavó su aguijón en el pie, acabando con su vida. Los dioses, arrepentidos, colocaron a Orión en el firmamento y también al escorpión en el lado opuesto. La constelación de Orión aparece durante el invierno, y está situada entre Géminis y Tauro —explicó la mujer.
Nicole y Raquel absorbían sus palabras grabándolas en su mente para poder sacar algo en claro. Cuando la guía mencionó al escorpión, las dos volvieron a apretar sus manos. Estaba claro. No podía ser una casualidad.
3
"YA ES LA HORA"
Viernes 5 de Octubre de 2002
Se sentaron en una mesa cercana al cristal de la ventana de una cafetería a esperar a que les trajeran lo que habían pedido. Nicole acariciaba el mantel granate de la mesa con la mirada distraída.
—¿Crees que tu tatuaje tiene que ver algo con esas estrellas? —preguntó por fin Raquel.
Su amiga se encogió de hombros.
—Es mucha coincidencia, ¿no crees? El orden de los puntos, el escorpión… —miró cabizbaja a su amiga.
Todavía no se había atrevido a contarle lo que había ocurrido el pasado martes en el barrio gótico. Confiaba plenamente en ella, pero prefería saber a ciencia cierta lo que le estaba ocurriendo antes de implicar a alguien más.
Un camarero se acercó y les puso delante un par de platos de macarrones con salsa boloñesa, interrumpiéndolas. El olor de la comida despertó el apetito de las chicas.
—Bueno, al menos ahora sabes algo más sobre el tatuaje, ¿no? Ya sabes lo que dicen, la sabiduría es poder —la animó Raquel—. Venga, come algo. Y después de comer nos vamos de compras.
—¿De compras? Raquel, no tengo mucho ánimo para irme de compras. Por no decir que tampoco tengo mucho dinero.
—Es tu cumpleaños. Mañana hemos quedado con las demás para celebrarlo. No voy a dejar que vayas vestida con ropa vieja. Quiero comprarte un vestido bonito para que lleves. Será parte de mi regalo, ¿de acuerdo? Anda… ¡déjame consentirte un poco!
—Está bien… —accedió, resignada.
Tras el almuerzo, las dos se fueron de compras a un gran centro comercial cercano. A las cinco y media de la tarde fueron a buscar a Laura y Guille al colegio y se sentaron a charlar en el banco del parque, mientras los pequeños se divertían con sus amigos en los columpios.
Tras dejar a los niños en su casa, fueron hasta el piso de Raquel. Nicole quería buscar más información sobre la constelación de Orión, así que se conectaron a Internet. Pese a leer numerosas páginas sobre astronomía, ciencia y mitología, no consiguió adivinar nada que le indicase la relación que podía tener ella con todo aquello.
Eran casi las once de la noche cuando por fin subió las escaleras de la residencia. Se puso su pijama y se metió entre las sábanas. Empezaba a refrescar por las noches y se estaba bien bajo el edredón. Sus dos compañeras se habían ido ya a sus casas, así que estaba de nuevo sola, como cada fin de semana. Desprogramó su despertador y silenció su móvil. Se quedó mirando el cielo nublado a través de su ventana, por encima de las sábanas, hasta que sintió los párpados pesados y se quedó dormida.
Sudor frío.
Sus ojos se abrieron de par en par.
Su cuarto estaba bañado por las sombras que proyectaba la escasa luz que entraba por la ventana, ya que tenía todavía la persiana subida. Un tremendo bramido que parecía provenir de las profundidades de la tierra la sobresaltó. Unos segundos después, el cuarto se iluminó con un resplandor plateado que rasgó el cielo, cubierto por unos densos nubarrones oscuros. Se incorporó, quedando sentada sobre la cama y miró a través de la ventana. La lluvia golpeaba el cristal con fuerza. Los truenos retumbaban haciéndolo vibrar. Y los relámpagos lo alumbraban todo sin dar un respiro. Jamás había contemplado una tormenta así.
A través de la ventana, advirtió el lento movimiento de una oscura silueta sobre la azotea de un edificio, dos calles más abajo. A su mente acudió el recuerdo del sueño que tantas veces se había repetido en las últimas semanas, y una creciente angustia se apoderó de ella. Su corazón bombeó con fuerza dentro de su pecho mientras sentía los latidos batir con fuerza en sus sienes. Intentó convencerse de que se trataba de la misma pesadilla que se le había repetido en las últimas noches, pero esta vez era real. Nerviosa, se dio cuenta de que tenía algo en su mano izquierda. La miró esperando a que, como en sus sueños, la mano se resistiese a ser abierta, pero contra todo pronóstico, seguía manteniendo el control sobre la fuerza de su extremidad. Una voz resonó en su mente mientras los dedos de su mano izquierda se abrían lentamente, dejando la palma al descubierto: “Ya es la hora”.
Sobre su mano había una piedra en forma de triángulo equilátero con las esquinas ligeramente redondeadas, de unos tres o cuatro centímetros de lado. Era de un material cristalino que despedía un brillo anaranjado, iluminando su cara mientras la contemplaba, asombrada.
—Hola Nicole.
La voz femenina la sobresaltó, haciéndola escrutar la oscuridad con los nervios a flor de piel.
—¿Qu— quién anda ahí? —preguntó asustada. Esta vez, la voz no había sonado dentro de su cabeza, sino a su alrededor, dentro de su habitación.
Se quedó perpleja cuando vio emerger de las sombras que proyectaba el armario a una figura humana, que se adelantó hasta que la tenue luz de la estancia la dejó al descubierto. Se trataba de una mujer, mayor que Nicole, pero aun así joven, cuya edad rondaría los veinticinco años. Era muy alta e iba vestida de una forma muy extraña, embutida en un mono de manga larga que parecía estar hecho de cuero negro. Su rizado pelo negro le caía a los lados de su cara, resaltando sus ojos verdes. Su expresión era seria, ceñuda, intimidante. Casi parecía sacada de un cómic de superhéroes, pensó Nicole.
—¿Quién eres? —le preguntó Nicole con un hilo de voz.
La mujer no se inmutó. Se limitó a mirarla desde donde estaba, con los brazos cruzados. Entonces, Nicole se dio cuenta de que había alguien más. Un segundo rostro femenino emergió desde la penumbra. Su cara tenía el mismo aspecto joven de su acompañante, pero la expresión reflejada en sus grandes ojos castaños era menos severa. Su cuerpo esbelto también estaba cubierto por un traje idéntico al de la otra mujer, aunque era más baja de estatura. Llevaba su larga melena castaña recogida en una coleta bajo la nuca.
Nicole se quedó mirando a las dos desconocidas. Nunca había visto dos mujeres así. No tanto por sus rostros, que no tenían nada fuera de lo ordinario, sino por las figuras que sus ajustados trajes dejaban entrever. Aún cuando el cuero las cubría completamente hasta el cuello, era evidente que bajo la tela se ocultaban dos cuerpos bien entrenados.
La segunda mujer se acercó a Nicole bajo la atenta mirada de su compañera y finalmente, se dirigió a ella.
—Me llamo Gabriela, y mi compañera es Sandra —contestó, mirándola a los ojos.
Nicole estaba visiblemente asustada. Le pareció que la mirada de la mujer lo advertía y se endulzaba en una expresión compasiva.
—Tranquila, no queremos hacerte daño —le dijo sentándose sobre la cama, a su lado—. Al contrario, venimos a ayudarte.
La cogió de la mano y Nicole sintió que la calidez de su contacto le infundía una sensación de seguridad que la reconfortaba por dentro.
Seguía atemorizada, pero los ojos de Gabriela tenían algo que la serenaba. Aunque solo sabía sus nombres, estaba segura de que esas dos mujeres tenían la respuesta a todas sus preguntas.
—Tiene algo que ver con esto, ¿verdad? —preguntó señalando la piedra que aún seguía sobre la palma extendida de su mano izquierda. Gabriela asintió. La otra mujer, Sandra, seguía imperturbable.
Nicole las enfrentó con expresión ansiosa. Tenía tantas preguntas que hacerles, que no sabía por dónde empezar. Su mente se había quedado bloqueada. Gabriela sonrió, como si adivinase lo que pasaba dentro de su cabeza.
—Tranquila, tus dudas tendrán respuesta muy pronto. Pero este no es el lugar adecuado. ¿Nos acompañas? —le dijo con aire solemne.
La miró, dudosa. Sabía que irse con desconocidos, no era inteligente. Sin embargo, en aquel momento, algo en su interior le hacía sentirse muy cercana a Gabriela, y la inducía a confiar en ella. Pero, sobre todo, estaba su necesidad por desvelar de una vez todos los misterios que la consumían y aquellas desconocidas parecían ser la clave.
—Está bien. Me pondré algo de ropa. Podéis esperarme en el portal si queréis.
—Te esperamos en la azotea —espetó Sandra, dejando a Nicole desconcertada.
—¿En… la azotea? —balbuceó sorprendida. Gabriela asintió, sonriendo.
En ese momento, Nicole se dio cuenta de que las dos chicas no habían podido entrar por la puerta de su cuarto, ya que ella misma había dejado cerrada con llave desde dentro. Se percató entonces que una de las ventanas del cuarto estaba abierta de par en par. Como si adivinaran su pensamiento, Gabriela y Sandra se precipitaron por ella, desapareciendo en medio de la tormenta.
Se quedó mirando el hueco vacío por el que habían desaparecido, anonadada. Pellizcándose para ver si lograba despertarse, se puso sus vaqueros y una camiseta, cubrió sus brazos desnudos con su chaqueta impermeable y calzó sus pies con las deportivas de todos los días. Guardó la piedra en el bolsillo de sus pantalones. Olvidándose de las llaves, del móvil o de su cartera, se acercó a la ventana, sacó la cabeza fuera y miró hacia arriba. Una sensación de náuseas le revolvió el estómago. Todavía quedaban ocho pisos sobre ella. “Si piensan que voy a subir por aquí, es que están locas”, se dijo para sus adentros. Cerró la ventana y se dirigió a la puerta que daba acceso al cuarto. Despacio, giró la llave y la abrió.
El pasillo estaba a oscuras, pues no había ventanal alguno que pudiese filtrar alguna luz del exterior. Tendría que arreglárselas para subir a tientas hasta la azotea. En sigilo, subió uno a uno los peldaños que la llevaban a la cima del edificio y unos minutos después, llegaba a los últimos escalones entre resoplidos de cansancio. Ante ella había una puerta metálica no muy grande, que daba al exterior del edificio. Nicole solo había subido allí un par de veces, pero sabía que solía permanecer abierta. La abrió y salió al exterior, recibiendo la fuerza de la tempestad en la cara. Los relámpagos seguían iluminando el cielo, convirtiendo la noche en un tétrico pero espectacular escenario. La lluvia caía con fuerza y la empapó de inmediato, pegando su pelo a ambos lados de su cara.
Entre la cortina de agua, consiguió distinguir las dos figuras femeninas al final de la azotea, muy cerca de la cornisa. Se acercó temblando de frío a ellas. Las dos chicas no parecían notar ni la lluvia ni el viento. En cambio, Nicole estaba de lo más incómoda.
—¿Este es el lugar adecuado? —preguntó a Gabriela con un tono de desaprobación, alzando la voz para hacerse oír sobre el estruendo de la lluvia.
—No —respondió la chica—, pero tardaríamos mucho caminando—. Dijo con una enigmática sonrisa que dejó desconcertada.
Antes de que pudiese preguntar nada, observó como Sandra se acercaba a la cornisa, se impulsaba sobre ella y saltaba hacia adelante. Nicole dio un respingo en un impulso y ahogó un grito al ver a la mujer salvar la distancia que separaba su edificio del que había al otro lado de la calle, aterrizando sobre la superficie del tejado. Incrédula, la vio volver a impulsarse y desaparecer en la noche. Nicole se volvió boquiabierta hacia Gabriela, que seguía observándola sonriente.
—¿Có... cómo ha hecho eso? —tartamudeó. La respuesta que recibió todavía la dejó más perpleja.
—Tú también puedes hacerlo —contestó Gabriela tranquilamente—. Supongo que antes de mostrarte tus habilidades debería decirte el porqué las posees, pero es bueno que vayas acostumbrándote a que tus ojos pueden ver más allá de todo lo que hasta ahora han conocido. Eres diferente a los demás, Nicole —le dijo seriamente—. Pero no estás sola —añadió con una mirada significativa.
Aunque ya estaba empapada de pies a cabeza, su comentario cayó sobre ella como un jarro de agua fría. Gabriela le rodeó los hombros con su brazo para animarla.
—Ya es hora de que sepas quién eres en realidad. Vamos —le dijo, acercándola a la cornisa.
—Espera, espera un momento —dijo Nicole frenando en seco—. No esperarás que yo me tire por ahí, ¿verdad? Porque no tengo intenciones de suicidarme por el momento —advirtió.
—No vas a matarte. Ya te he dicho que puedes hacerlo, al igual que Sandra y que yo misma. Quizá no puedas saltar aún mucha distancia, pero yo te ayudaré.
—¡No puedo hacer eso! —gritó Nicole, imaginándose los diez pisos que la sostenían en esos momentos, pasando ante sus ojos mientras caía al vacío.
—¿Ah no? ¿Y cómo conseguiste subir al balcón la otra noche? —espetó Gabriela, dejando a Nicole estupefacta—. Confía en mí —le tendió una mano a la muchacha, que la miró desde la distancia, sintiendo que el corazón se le saldría de un momento a otro. Aquella seguridad que emanaba de los ojos de la mujer hizo que, aún temblando, alargara su mano sobre la de ella—. No te pasará nada. Estaré a tu lado.
Apretó la mano de Gabriela con fuerza, centrándose en su calidez. Cerró sus ojos, abandonó su mente dándole libertad para actuar y se dejó llevar. Ambas se impulsaron sobre la cornisa y saltaron. Sintió el aire acariciando la piel de sus manos y su rostro y levantando su pelo a toda velocidad a su alrededor. Su estómago se agitó con aquella sensación en la que su cuerpo parecía desafiar a la gravedad. Unos segundos después, se sorprendió aterrizando sobre la azotea de enfrente. Abrió los ojos mirando a su alrededor y bamboleando su cuerpo en un intento por recuperar el equilibro. Comprobó con gran alivio que tenía todos los huesos en su sitio. Miró a Gabriela y sintió la necesidad de reírse a carcajadas. Volvieron a coger impulso y se elevaron en el aire sobre las calles de la ciudad. Esta vez, mantuvo los ojos abiertos. Una extraña emoción la sacudía como una descarga eléctrica en los instantes en los que permanecía suspendida en el aire. Era como una mezcla de vértigo y una eufórica sensación de libertad. Tenía que admitir que le gustaba aquello. Otro salto. No, no solo le gustaba. Le encantaba.
A su lado, Gabriela parecía disfrutar con sus reacciones mientras se acercaban al suroeste de la ciudad.
—Veo que comienza a gustarte —le dijo con una sonrisa mientras descendían sobre otro edificio—. Me alegro de que empieces a verlo como un don y no como algo que temer —añadió más seria—. Vamos, estamos llegando.
4
VIAJE AL CENTRO DE LA TIERRA
Habían recorrido buena parte de la ciudad y se acercaban a la cima de Montjuic, donde se levantaba el castillo que vigilaba la costa desde la cima del monte. Además de una ocasión en la que había visitado la antigua fortaleza con el colegio, no era una zona que conociese demasiado.
Cuando llegaron a la base de la montaña, se detuvieron sobre el asfalto que subía hacia la cima.
—¿Allí es adónde nos dirigimos? —preguntó Nicole señalando los muros del castillo y resoplando de agotamiento—. Porque se nos han acabado los edificios, hay que subir a pie, ¿no?
—No exactamente. A partir de ahora, más que subir, toca bajar —respondió con una mirada enigmática que la dejó más confusa de lo que estaba.
Para su sorpresa, Gabriela se desvió del camino hacia la hierba boscosa que crecía alrededor. Le hizo una señal para que la siguiera y echó a caminar colina abajo. La siguió en silencio. Llegaron a la altura de una gran verja oxidada que cerraba un amplio recinto cercado. Nicole lo reconoció enseguida. Se trataba de un antiguo parque de atracciones que había sido abandonado hacía ya algunos años.
Nicole observó a Gabriela retroceder unos pasos, tomar impulso y saltar sobre la verja con el cuerpo totalmente recto, dando una vuelta en el aire. Cayó de pie al otro lado de la verja, completamente erguida y de espaldas a Nicole, que la miraba entre estupefacta y admirada. Gabriela se dio la vuelta.
—Vamos, te toca Nicole —le dijo.
Llegadas a este punto, sabía que era inútil toda réplica. Se sentía intimidada, pero una hora antes tampoco habría pensado que podría saltar de una azotea a otra. La curiosidad por descubrir todo lo que era capaz de hacer pudo más que el miedo. Caminó unos pasos hacia atrás, cogió un poco de velocidad y juntó sus pies en un salto, precipitándose hacia delante. Vio cómo la verja quedaba bajo su cuerpo, mientras giraba sobre sí misma para ir a caer al lado de Gabriela. A diferencia de esta, Nicole cayó en cuclillas, apoyada sobre sus manos y su rodilla para equilibrarse y no darse de bruces contra el suelo.
—No está mal para ser tu primera vez —le dijo Gabriela con un guiño cómplice—. Solo tenemos que perfeccionar tu aterrizaje.
Avanzaron por el parque abandonado. Todavía quedaban algunos restos pintorescos de lo que las instalaciones habían sido en sus días, aunque ya habían empezado a desmantelarlas. No era el sitio ideal para pasear de noche. Resultaba un tanto tétrico y Nicole volvió a recordar que había salido de madrugada con una completa desconocida que la estaba llevando a oscuras por un lugar como aquel.
Gabriela siguió caminando hasta que llegaron a la altura de un edificio rectangular, pintado con colores oscuros con unas goteantes letras rojas en su frontal. En sus tiempos, debía de haber sido una especie de casa del terror, o algo parecido. “Genial”, pensó Nicole con una mueca desagradable. Gabriela abrió la puerta y se adentró.
—No te sueltes, esto está muy oscuro —le advirtió la mujer, asiéndola de la mano.
La perspectiva de perderse en aquel lugar se le antojó de lo más aterradora, así que se pegó a la retaguardia de su guía. La agarró por el brazo, apretándoselo con fuerza y la dureza de sus músculos bajo su mano la sorprendió.
La estancia estaba envuelta en una negrura profunda que absorbía cualquier rastro de luz que pudiese aventurarse en ella. A pesar de ello, Gabriela caminaba con paso firme y decidido, y parecía encontrarse la mar de cómoda en medio de aquella penumbra. Tras unos instantes que a ella se le hicieron interminables, la mujer se detuvo y Nicole la sintió moverse a su lado, sin saber muy bien qué era lo que estaba haciendo. Escuchó el chirriar de unas bisagras y de repente, su mano perdió el contacto con el brazo de su guía. Tanteó en la oscuridad intentando dar con ella, pero sus dedos no rozaron más que la oscuridad más absoluta.
—¿Gabriela? —musitó, asustada.
Durante los segundos que pasó en silencio, su ansiedad se disparó. Hasta que, al fin, una luz apareció desde el suelo delante de sus pies. El rostro de la joven le sonrió desde unos metros bajo el nivel de la tierra, iluminado por la luz de una antorcha. Observó que Gabriela estaba en una especie de pozo de piedra, bien oculto por una serie de trampillas que pasarían totalmente desapercibidas ante la vista de cualquiera, sobre todo en el estado en el que se encontraba ahora el parque.
—Vamos, baja —la animó, haciéndole una señal a Nicole.
Dejándose caer por la boca del pozo, aterrizó junto a ella y Gabriela tiró de un resorte en la pared para cerrar las trampillas sobre sus cabezas. El sonido metálico que produjeron dio paso a un silencio sepulcral que, allí abajo, parecía palpable. Miró a su alrededor bajo la luz de las llamas y descubrió una serie de túneles que partían de la base del pozo, y que debían recorrer los subterráneos del parque.
Gabriela se encaminó decidida por el túnel que discurría hacia la izquierda. La idea de quedarse sola en un lugar como aquel la aterraba, así que echó a caminar tras ella de inmediato. El reflejo de las llamas arrancó un destello brillante a la espalda de la mujer, atrayendo su atención. Aceleró el paso para acercarse más a ella y, aunque quedaban parcialmente ocultas por su coleta, se sorprendió al distinguir lo que parecían ser los mangos de dos espadas, encajadas en una vaina doble a su espalda. Aquel descubrimiento le produjo más ansiedad. Su forma física, sus trajes, armas a la espalda… era obvio que aquellas mujeres estaban entrenadas para luchar. Pero, ¿luchar contra quién? ¿Y qué pintaba ella en todo esto? Precisamente ella, que evitaba activamente meterse en cualquier tipo de pelea.
Tras recorrerlo durante unos cinco minutos y cruzar unas cuantas intersecciones, las paredes del túnel se ensancharon hasta conformar una ancha sala de piedra labrada, que a juzgar por su aspecto, debía de ser muy antigua. Sus paredes de piedra estaban desnudas, a excepción de un aplique metálico del que colgaba una bandeja con unas pequeñas esferas de cristal. Nicole observó que había tres túneles que partían de aquel lugar y se perdían de vuelta en la montaña, uno de ellos siendo aquel por el que ellas habían llegado hasta allí. Gabriela se acercó a la bandeja y cogió una de las esferas. Al tocarla, la bola se iluminó y ella apagó la antorcha.
Guio a Nicole por uno de ellos, el de la derecha.
Observó sus paredes, rozando la piedra con sus dedos. A diferencia del pasadizo anterior, que parecía excavado toscamente en la tierra, este había sido hábilmente construido, no solo con la finalidad de crear un pasadizo por el que moverse, sino con cierto esmero porque resultase agradable a la vista. Sus paredes se cubrían con piedra de sillería, con pilastras adosadas a modo de contrafuertes a ambos lados. Sobre sus cabezas se cerraba una bóveda de cañón, no muy alta, pero suficiente para permitirles caminar erguidas completamente. Más adelante, las paredes aparecían cubiertas de yeso. Unas escaleras de subida le dieron acceso al pasillo superior.
Vislumbró una suave luz al final del pasillo, que parecía producida por alguna bombilla fluorescente muy pequeña. Según avanzaban hacia ella, comenzó a intuir las formas geométricas que se recortaban a contraluz en una gran sala en la que desembocaba el pasadizo. Cuando estuvieron a tan solo un par de metros de ellas, advirtió la gruesa cuerda de color granate que les impedía el paso a la altura de las piernas en la desembocadura del túnel. Observó cómo Gabriela pasaba sobre ella y la imitó. Comprobó que las formas cuadrangulares que había visto eran vitrinas que contenían diversos artilugios de metal, madera y otros materiales, que le costaba distinguir en la oscuridad. Entonces se dio cuenta de dónde habían ido a parar. ¡Estaban en una de las salas de exposición de armas del castillo! Recordaba bien lo que había visto en el interior de la fortaleza durante su visita, incluyendo aquellos pasillos a los que los visitantes tenían el acceso prohibido. Jamás se habría imaginado a dónde conducían. Gabriela la guio por otro de esos pasillos, que descendía de nuevo hacia las profundidades de la tierra.
—No había escuchado hablar de la existencia de túneles en Montjuic —comentó dejando que su curiosidad venciera el miedo.
—Porque nadie los conoce. Solo conocen los búnkeres y las galerías que se utilizaron durante la Guerra Civil. La conexión con estos túneles está sellada —explicó—. Algunos de los estudiosos del castillo conocen alguno de ellos, sobre todo los que comunicaban la fortaleza con el Palacio de Alfonso XIII, pero la mayoría permanecen aún ocultos, para nuestra tranquilidad. El pasadizo del parque es uno de ellos.
—Imposible —observó Nicole—, cualquiera que siga el pasillo desde el castillo podría llegar allí fácilmente.
—No exactamente —replicó Gabriela—. ¿Recuerdas la sala de piedra que daba acceso a los pasadizos del castillo? —Nicole asintió—. Exceptuándonos a nosotras, para la mayoría de los mortales esa sala solo tiene dos aberturas. Tenemos un mecanismo que sella algunos de los túneles a nuestro antojo, convirtiéndolo en inexistente a los ojos de los demás. Así conseguimos mantener ocultos muchos otros caminos.
Nicole continuó en silencio, caminando tras Gabriela pasadizo tras pasadizo, que avanzaba con paso firme, sin dudar ni un momento qué camino tomar, internándose en las entrañas de la montaña. Se sentía como si fueran dos de los personajes de las novelas de Julio Verne, viajando al centro de la tierra.
Llevaban ya un buen rato caminando y empezaba a inquietarse.
—¿Falta mucho? —preguntó impaciente.
—Ya estamos llegando. En realidad, te estoy dando un buen rodeo. Podríamos haber llegado antes desde el parque, pero quería que vieses ambas entradas. Es cuestión de tiempo que terminen de desmantelar el antiguo parque de atracciones y probablemente tendremos que dejar de utilizar aquel acceso.
En ocasiones, se escuchaba un sonido sordo que hacía temblar la tierra. Nicole no sabría decir si venía de arriba o de debajo del túnel. El retumbar se hacía más fuerte en ocasiones y cuando las paredes del túnel se movieron, Nicole se puso nerviosa.
—Es el metro —explicó Gabriela percibiendo su inquietud—. Estamos cerca del casco antiguo de la ciudad, por aquí pasan varias líneas. No te preocupes, estos túneles son seguros.
Tras varias bifurcaciones llegaron a una sala de planta cuadrada, construida en piedra pulida en cuyas paredes se incrustaban varias bandejas de hierro forzado sobre las que había más lámparas esféricas. En la pared frontal se apreciaba el dibujo de un hombre de potentes músculos que tenía el brazo derecho levantado sobre su cabeza y su brazo izquierdo extendido hacia delante, con la palma de la mano abierta, tallado directamente sobre la piedra. Sobre la mano extendida había una pequeña cavidad triangular de aproximadamente un centímetro de profundidad.
—Déjame tu piedra —ordenó Gabriela.
Nicole se apresuró a sacar la gema de su bolsillo y se la entregó. La chica lo cogió entre sus dedos y se la mostró en alto.
—Ahora presta atención: esta es una de las Piedras Ámbar de nuestra Orden. La Piedra ha sido quien te ha elegido y quien te ha dado las habilidades que has ido descubriendo, y algunas que todavía te faltan por descubrir. Actúa como catalizador para algunos de ellos y, si te separas de ella por mucho tiempo, se desligará de ti y dejarás de tenerlos. Es muy importante que no la pierdas nunca, porque además, también es tu llave.
—¿Mi llave? —preguntó Nicole sin comprender.
—Colócala en la cerradura —ordenó señalando la cavidad excavada en la superficie de la piedra.
Nicole entendió, reconociendo el contorno de la figura, e introdujo la piedra en el hueco, comprobando que encajaban a la perfección. La gema brilló como si una llama se hubiese encendido en su interior y su luz pareció extenderse por los surcos de la pared, hasta que la figura del gigante resaltó sobre la roca gris. Cuando el hilo de luz llegó al extremo superior de la mano del hombre, una línea empezó a formarse a su alrededor, enmarcándolo en un rectángulo que llegaba hasta el suelo. Se escuchó un profundo sonido y el gran trozo de roca en la que se enmarcaba el dibujo se desplazó hacia delante, dejando al descubierto un nuevo pasillo, sumido en la oscuridad.
—Más tarde te daré una cadena para que puedas llevar tu piedra al cuello si lo deseas, como lo hacemos casi todas —le dijo sacando la suya, que estaba oculta en su pecho bajo la cremallera del traje.
Gabriela le hizo un gesto para que se adentrara, devolviéndole la gema. Una vez dentro, la estancia se iluminó automáticamente. Nicole pudo ver entonces que se encontraba en una sala de planta cuadrada bastante grande, a la que se abrían algunas puertas de madera robusta. Las paredes eran de piedra sencilla, aunque bien cuidada, similares a la estancia que acababan de abandonar al otro lado de la entrada. Avanzaron por ella sin demasiada ceremonia, aunque ella se moría de curiosidad por saber qué se escondía tras las puertas. Una abertura de gran tamaño en la pared dio paso a la siguiente estancia y Nicole no pudo acallar la exclamación de admiración que escapó de sus labios. Habían llegado sala de mayor tamaño, rodeada por altas columnas romanas entre las que se alzaban decenas de estatuas con forma femenina. Las paredes estaban revestidas y decoradas en tonos blancos, rojos y dorados. Sobre las columnas descansaba una estructura de vigas de madera que separaba dos niveles del techo: el panelado en madera oscura que cubría los pasillos que rodeaban la sala, y el interior, más alto y rodeado por una iluminación que le daba aspecto de luz natural al mismo panelado que el resto de la cubierta. Era obvio que estaban bajo tierra y, sin embargo, aquella sala parecía un patio iluminado por el sol. Para complementar la iluminación, de las columnas pendían apliques de hierro similares a los que había visto en los túneles, con pequeñas bandejas sosteniendo las lámparas esféricas que iluminaban la sala al completo.
—¿Te gusta? —preguntó Gabriela, sonriendo.
—¡Es impresionante!
—Esta sala es uno de nuestros tesoros. ¿Has escuchado hablar de Barcino?
—¿Te refieres a la ciudad romana sobre la que se construyó Barcelona?
—Así es. Este lugar es tan antiguo como ella, aunque la mayor parte de sus estancias se construyeron más tarde por lo que tienen un aire más medieval, pero algunas se hicieron siguiendo el modelo de las estancias originales que hubo al principio dentro del recinto amurallado de Barcino. Por eso esta sala está construida como un palacete romano.
Nicole caminó entre las columnas, fascinada. Su atención se fijó en las esculturas. Eran distintas unas de otras. Algunas parecían piezas de arte sacadas de la antigua Grecia por las vestimentas y posturas, mientras otras recordaban a otras épocas más modernas. Algunas tenían la mano extendida y en ella portaban una piedra similar a la de Nicole, aunque parecía de un tamaño ligeramente más grande. Otras llevaban espadas o arcos, y solían llevar un colgante con la piedra triangular tallado en su pecho. En sus peanas, cada una tenía una placa dorada con una leyenda, presumiblemente su nombre. Le habría encantado poder pararse a leerlos todos, pero Gabriela no amainó el paso. Sus ojos captaron un par de nombres aleatorios: Freydis, Tamar, Xanthe, Jeanne, Oria…
Avanzó en silencio, conmovida por la belleza de aquel lugar. Se sentía como una desconocida caminando por la Avenida de las Esfinges, llevada por un soldado ante el Faraón. Le parecía increíble que un lugar como aquel existiese oculto, secreto bajo la ciudad.
Tras las columnas advirtió otras puertas que daban a otras estancias, de la misma madera robusta que las anteriores.
Apoyada en una de las columnas, esperaba Sandra, la otra mujer que había visto en su cuarto al despertar.
—Por fin llegáis —les dijo con expresión seria.
—¿Está todo preparado? —preguntó Gabriela, ignorando el tono de queja.
—Reúnete con las demás en la Sala Blanca y esperadnos allí —ordenó Gabriela a su compañera, tomando el ala izquierda. Miró a Nicole—. Nosotras iremos en un rato.
Subieron las escaleras de piedra hasta llegar a un pequeño descansillo en el que solo había una puerta enfrente y desde el que las escaleras se bifurcaban en dos alas contrarias.
—¿Con quién va a reunirse Sandra? —preguntó la joven.
—Con las demás miembros de la Orden. Después te las presentaré para que las conozcas —contestó mientras subía los escasos escalones que llevaban al ala izquierda. La siguió por un corredor de piedra abovedado e iluminado por lámparas colgantes, similares a las que había visto por todo el lugar. Pasaron de largo varias puertas enmarcadas en la misma piedra de las paredes, rematadas en arcos de cinco lóbulos. Las hojas parecían muy robustas, de madera oscura. Sin embargo, Nicole se fijó en que las manillas, aunque de estilo antiguo, parecían bastante nuevas y pulidas. Llegaron al final hasta una puerta más grande y ancha que las demás. Nicole retorció las manos de impaciencia, deseando poder saber lo que había al otro lado.
—Pasa —la invitó Gabriela—. Es hora de responder tus preguntas.
En aquel momento no habría sabido decir si su estómago se encogió debido a los nervios por acercarse por fin a las respuestas que tanto había ansiado, o a la abrumadora visión de la estancia en la que acababan de entrar. Parecía una especie de archivo o biblioteca muy antigua. Sus altas y majestuosas paredes de piedra estaban forradas de estanterías llenas de libros, divididas en dos niveles de altura bien diferenciados. La habitación estaba iluminada por las mismas lámparas esféricas que había visto anteriormente, pero a diferencia de las anteriores, no descansaban en bandejas de hierro forjado, sino que pendían del techo a diferentes alturas sin seguir un orden lógico. En el centro de la habitación había una mesa de madera oscura, no demasiado ancha, pero alargada y de aspecto muy sólido. Alrededor de ella se disponían varias sillas de respaldo muy alto y tapizadas con terciopelo en azul oscuro de estampado damasquino en hilo plateado.
Paseó su mirada por los libros de las estanterías del primer nivel. Había obras en varios idiomas, incluso en alguno que ella no acertaba a identificar. Algunos parecían muy antiguos, por el aspecto descolorido y desgastado de sus tapas. Unos cuantos le resultaron familiares: un par de novelas de Julio Verne, alguna tragedia de Shakespeare, un libro de poemas de Goethe… Había también tratados sobre el arte, estudios sobre la astronomía, manuales de astrología, atlas mundiales, enciclopedias sobre las culturas clásicas, libros del mundo egipcio, incluso vio una sección completa compuesta por papiros y manuscritos antiguos.
Al final de la estancia había un gran mapa del mundo tallado en relieve en tonos dorados sobre un gran panel de madera. Nicole observó que algunos puntos estaban señalados con una cruz negra de bronce.
Gabriela le hizo un gesto para que se sentara en una de las sillas y se acomodó junto a ella. La miró fijamente y Nicole tragó saliva.
—Bien —empezó la chica—. Antes de nada, quiero que me cuentes todo lo que te ha pasado últimamente y que tú consideras… fuera de lo normal. Algunas cosas las he visto con mis propios ojos, pero para estar más segura prefiero que me lo expliques tú. Así sabré mejor cómo contestar a tus preguntas —pidió Gabriela.
Nicole respiró hondo y, tras un breve silencio, empezó a relatarle lenta y detalladamente todo lo que le había sucedido en los últimos días. Narró el incidente con el escorpión durante su visita al zoo, la aparición del tatuaje en su piel ese mismo día, lo ocurrido mientras huía de los dos hombres en los suburbios de la ciudad, su reveladora visita al planetario y, sobre todo, contó las repetitivas imágenes que habían acaparado sus sueños nocturnos una noche tras otra y que ahora estaba segura de que, más que un sueño, se trataba de una premonición.
Gabriela la escuchó atentamente, en silencio. Cuando por fin terminó, la mujer se reclinó contra el respaldo de la silla con la mirada pensativa. Tras una pequeña pausa que a Nicole se le hizo interminable, comenzó:
—Tus sospechas sobre nuestra relación con la constelación de Orión son acertadas. De hecho, no solo estamos relacionadas con ella, sino que nuestra existencia depende directamente de esas estrellas. Nuestra historia es muy antigua. Se remonta al año 493 antes de Cristo, en plena cultura clásica. Entonces la humanidad ya llevaba siglos observando el universo, basando prácticamente todos los fenómenos naturales que ocurrían en la tierra en sus estudios sobre las estrellas. Una noche de invierno, una muchacha griega, sacerdotisa consagrada al servicio de la diosa Artemisa, se encontraba paseando por un bosque cercano al templo en el que servía, en Éfeso. Iríade, que era su nombre, se detuvo a observar las estrellas. Asombrada, vio como los astros que formaban la constelación de Orión se iluminaban, duplicando su tamaño. En esa época, todo lo que sucedía en la naturaleza sin explicación era muy temido, ya que solían achacar las catástrofes naturales a la ira de los dioses y las consecuencias de las mismas podían ser desastrosas para una sociedad. Así que, naturalmente, se asustó. Quiso correr hacia el templo para dar señal de alerta, pero algo cayó del cielo, golpeándola en la cabeza. Se desplomó en el suelo, inconsciente. El impacto la sumió en un profundo trance que le mostró una serie de visiones. Entre ellas, su presente y su futuro. Le mostró a otras nueve mujeres, todas ellas sacerdotisas de Artemisa en otros templos del imperio, que habían sufrido su misma suerte. Vio la cima de una colina en la que un grupo de hombres vestidos con largas túnicas negras que los cubrían completamente, se reunían en un círculo. En el interior de la formación, sobre la hierba, se disponían nueve piedras de forma triangular que emitían un intenso brillo blanquecino, dibujando la constelación de Orión. A su lado, un escorpión negro se agitaba dentro de un cesto. Vieron cómo uno de los encapuchados colocaba la décima piedra y un hilo de fuego brotaba de ella, recorriendo una a una las demás gemas, hasta cerrar un cerco incandescente. Uno de los encapuchados soltó al escorpión sobre una de las piedras y, al contacto con él, sus mentes vieron aterradas cómo de la piedra empezaba a brotar sangre, que se derramaba sobre el fuego, extendiéndose a las demás gemas. Después de eso, las diez elegidas recibieron un aluvión de imágenes que pasaron ante sus ojos cerrados: volcanes que escupían lava, ciudades sumidas en el hielo, cadáveres en el suelo, cauces de ríos completamente secos, bosques incendiados… Cada imagen era más aterradora que la anterior. Creemos que sus visiones fueron una premonición de lo que podría llegar a ser el apocalipsis de la humanidad como la conocemos.
>>En las imágenes, una voz femenina les habló de su propósito. Era Artemisa. Les confesó que ella había sido la creadora de las diez Piedras Blancas que habían visto en las visiones. En ellas, había guardado parte de la esencia y el poder de Orión, el gigante del que se había enamorado y al que había transformado en constelación tras su muerte. Les explicó que el poder de las Piedras podría resultar tremendamente destructivo en las manos equivocadas, y que las había elegido para proteger a las Piedras, que se encargarían de otorgarles los poderes necesarios para ayudarlas en su cometido. Cuando Iríade recuperó la razón, estaba tumbada en el suelo, envuelta en un círculo de llamas que ardía sin ni siquiera atreverse a rozarla. A su lado encontró la Piedra Blanca de la que sus visiones habían hablado. A través de ella, pudo comunicarse con el resto de Elegidas.
Gabriela hizo una pausa para tomar aire y reorganizar sus ideas, y se reclinó hacia atrás en la silla con un suspiro antes de proseguir.
—Desgraciadamente, no tardaron en cruzarse con aquellos de quienes debían proteger las piedras. Un grupo de servidores del templo de Apolo se enteró de la existencia de las Piedras. Atacaron y mataron a Xanthe, la elegida para guardar la Piedra de Alnilam. Afortunadamente, Iríade consiguió evitar que se llevasen la gema y ocultarla, pero entendió que el cometido para el que habían sido elegidas era demasiado grande para ellas solas. Pidió a Artemisa que formase a un grupo de servidoras para ayudarlas y protegerlas. Junto con Hefesto, crearon las Piedras Ámbar, que repartieron en una comunidad de mujeres jóvenes, elegidas para que formasen parte de las Órdenes que hoy en día forman la Unión. Así nació la figura de la Guardiana, mujeres al servicio de su Portadora, elegidas por sus propias gemas.
>>Al igual que las Piedras Blancas, Las Piedras Ámbar conceden a las Guardianas ciertos dones: una agilidad y fuerza sobrenaturales, y la capacidad de comunicarnos de forma telepática. Las Portadoras, además, reciben los dones de la longevidad y la habilidad de transfigurar sus apariencias. Iríade y las primeras elegidas, al igual que todas sus sucesoras, vivieron durante más de quinientos años. Esta cifra no es una mera casualidad: cada ciclo de quinientos años, Orión vuelve a duplicar el tamaño de sus estrellas, la señal de que el ciclo se ha acabado para una Portadora y una nueva sucesora será elegida para tomar el relevo. Como ya te he dicho, las primeras Portadoras eran todas sacerdotisas de Artemisa, y vivían en Éfeso, la actual Turquía. Sin embargo, a medida que la civilización fue evolucionando y las dos organizaciones crecieron en poder, ambas organizaciones se expandieron por el mundo y las Piedras han ido eligiendo a mujeres de otras zonas hasta componer el mapa que formamos hoy en día.
Gabriela se levantó, caminando hasta el gran mapa que había sobre la pared frontal de la biblioteca. Presionó con su dedo índice en el aplique de bronce que había sobre la ciudad de Barcelona. La zona que rodeaba la ciudad se levantó como movida por un resorte, dejando al descubierto otra cerradura en forma triangular. La observó introducir su piedra en ella y, al momento, un montón de puntos brillaron en el mapa, conformando el dibujo de la misma constelación dibujada en su tatuaje.
—El actual ciclo está a punto de terminarse. Sus Portadoras son ya muy antiguas. Los puntos que ves aquí no fueron las localizaciones originales ni su lugar de nacimiento, pero en quinientos años el mundo ha evolucionado rápidamente y ellas se han movido con él. Siguen haciéndolo, en realidad. Sin embargo, no era fácil mover a toda una Orden por lo que en los últimos siglos se ha hecho evidente la necesidad de estabilizar las Órdenes para poder administrar y controlar mejor a toda la organización, por lo que las bases se han asentado y la distribución que ves aquí es la actual y probablemente la definitiva —explicó Gabriela.
Nicole se fijó en los puntos iluminados del mapa. Una diagonal atravesaba Barcelona, uniéndola con dos ciudades más: Frankfurt y Tánger; Había dos luces más en América del Sur; una tercera cercana a la península de Florida; otra en la parte meridional de Canadá, otra brillaba en algún lugar de África; una luz sobre Rusia y, por último, el talón de Orión estaba situado en el Sur de Asia, en Sri Lanka.
Reflexionó en silencio sobre todo lo que Gabriela acababa de contarle, intentando que su expresión no mostrase su escepticismo.
—Entonces, ¿tú perteneces a alguna de las Órdenes?
Gabriela asintió.
—Así es. Nosotras —dijo remarcando el pronombre— pertenecemos a la Orden de Alnilam, la estrella situada sobre Barcelona.
Nerviosa, enredó los dedos en un hilo suelto de su camiseta y le dio vueltas en un tic incontrolable. Todo aquello le parecía surrealista y, a pesar de que en el semblante de Gabriela no se apreciaba rastro alguno de burla o mentira, todo lo que acababa de contarle le resultaba difícil de creer. Mucho más sentirse parte de ello.
—¿Eso significa que hay una Portadora ahora mismo en este lugar?—Gabriela sacudió la cabeza en señal de negación.
—Ocasionalmente. Por seguridad, las Portadoras rara vez permanecen en ese lugar ni en cualquier otro demasiado tiempo. Especialmente en Barcelona. Nuestra Orden es una de las más importantes y nuestra base es la más antigua de toda la Unión. Así es cómo llamamos a nuestra organización —añadió advirtiendo su expresión confusa—. La Unión de Orión. Eso también significa que estamos bajo más vigilancia y presión por parte del enemigo. Las Portadoras poseen el don de la transfiguración y cambian de apariencia continuamente, lo que les facilita enormemente mantenerse ocultas ante nuestros enemigos. Para nosotras es más difícil, especialmente por esto.
Gabriela se dio la vuelta y bajó el cuello de su traje. Nicole dejó escapar una exclamación al ver en la parte alta de su espalda un dibujo idéntico al suyo.
—¡Es el tatuaje! ¡El mismo que yo tengo!
—El mismo que tenemos todas. Ahora mismo hay ciento sesenta y siete mujeres en todo el mundo con esa marca, incluida tú misma. Serían más contando a las que llamamos Guardianas Veteranas, pero son mujeres que ya han entregado su Piedra Ámbar para que pase a otra persona y, cuando lo hacen, el tatuaje desaparece gradualmente. Creemos que está pensado para facilitar el que cada Orden pueda encontrar a sus elegidas. Es una de las formas por las que nosotras pudimos reconocerte después de que nos llamaras. Sin embargo, también supone una ayuda para que nuestros enemigos nos identifiquen, lo cual no resulta muy ventajoso.
Nicole la miró extrañada.
—¿De que yo os llamara? —preguntó desconcertada.
—Gabriela sonrió.
—La noche que te persiguieron aquellos dos hombres, tu subconsciente te trajo hasta aquí por instinto en cuánto dejaste a tu mente actuar sola. Te trajo hasta nosotras.
—¿Hasta aquí? No lo entiendo. Gabriela, yo nunca he estado aquí antes —replicó, confusa por las respuestas que estaba obteniendo.
—¿Recuerdas el edificio antiguo al que saltaste para esconderte de los dos vagabundos? Estamos bajo él.
Aquella revelación la dejó boquiabierta. De alguna forma, empezaba a completar el puzzle, por muy inverosímil que fuese la realidad que daba como resultado.
Apartó la mirada de los ojos de Gabriela, desviándola hacia otra parte que no le recordase la situación tan irreal en la que se encontraba. Sus ojos se posaron sobre las bolas de luz suspendidas sobre su cabeza. Entonces se dio cuenta de que sí seguían un orden lógico, el de la constelación. Se quedó un momento mirándolas y su mente recordó el momento en el que los puntos de luz que imitaban ese mismo dibujo se habían iluminado en el techo del planetario. Superpuso mentalmente las dos imágenes y se dio cuenta de que algo no encajaba.
—Gabriela —empezó, llamando la atención de la chica—, recuerdo que en el planetario la constelación de Orión se constituía de algunas estrellas más que las que hay aquí representadas. ¡Sí, ahora me acuerdo! Por eso no estaba segura de su relación con la marca de mi piel.
—Buena observación. Los griegos creían que Orión estaba representado en el cielo con su mazo y su arco de caza. Pero Artemisa solamente utilizó las estrellas que conformaban el cuerpo del gigante, que es el que guardaba su esencia y sus poderes.
—¿Y qué hay del escorpión? ¿Por qué me atacó?—preguntó Nicole.
El rostro de Gabriela se tornó serio.
—El que las primeras Portadoras fuesen sacerdotisas de Artemisa no es una casualidad. Hay muchos mitos en torno a Orión, por lo que, incluso para nosotras, a veces es difícil definir lo que fue real y lo que no. Nos fiamos de los escritos que dejaron nuestras predecesoras. Desafortunadamente muchos se perdieron en terremotos, inundaciones, incendios… Y también en traducciones. Sabemos que Artemisa y Orión se enamoraron. Cuando él murió, los dioses se apiadaron y lo colocaron en el firmamento, otorgándole poderes para controlar las fuerzas de la naturaleza. Los poderes que nosotras adquirimos provienen directamente de los dioses. El escorpión reconoció tu naturaleza y reaccionó contra ti por instinto, como lo haría un gato frente a un perro.
—¿Por qué fue quien mató a Orión? —dijo Nicole confusa. Gabriela asintió—. ¿De quién defendéis a las Piedras? ¿Los encapuchados? —preguntó.
—Así es. Al igual que nuestra organización creció, también lo hizo aquel grupo de sacerdotes de Apolo. Desde entonces, han estado obsesionados con hacerse con las Piedras y con el poder que guardan. Con el tiempo, se convirtieron en la llamada La Alianza de Escorpio, nuestra némesis.
—¿La Alianza de Escorpio? ¿Qué tienen que ver ellos con el escorpión? —rebatió Nicole, que seguía sin comprender.
—Como supongo que ya habrás averiguado por tu cuenta, Orión era un cazador famoso. Como ya te he dicho, hay muchos mitos distintos en torno a su vida y también a su muerte. Por desgracia, nosotras no tenemos referencias entre nuestros escritos de lo que sucedió realmente. Hay intérpretes que creen que fue Apolo, el hermano de Artemisa, quien provocó su muerte, motivado por los celos. Otra teoría bastante extendida dice que cuando Enopión traicionó a Orión al no cumplir su palabra y darle a su hija en matrimonio, se enfureció y se dedicó a matar a toda criatura que se cruzaba en su camino. Si de algo pecaba Orión, como muchos héroes de su época, era de orgullo, así que no fue precisamente silencioso con sus hazañas. Esto enfureció a Gea, la diosa de la tierra y madre de todas las criaturas. Ella le pidió que se detuviese, pero él hizo caso omiso y siguió cazando a placer, volviéndose cada vez más arrogante y presumido. Su madre, enfadada, envió a un escorpión que le picó en el tobillo, acabando con su vida. Orión pidió clemencia a los dioses, que se apiadaron de él colocándolo en el firmamento y otorgándole el control de las fuerzas de la naturaleza para vengarse de su madre. Incluso para nosotras, no es posible saber a ciencia cierta qué es lo que pasó realmente. Lo que podemos adivinar es que tanto Apolo como la figura del escorpión estuvieron relacionados de alguna forma con su muerte y con la decisión de Artemisa. Así que, respondiendo a tu pregunta, el escorpión fue quien acabó con el gigante, su mortal enemigo. También él fue colocado en el cielo, en el lado opuesto. Es evidente que la Alianza ha tomado al escorpión que terminó con la vida de Orión como símbolo, al igual que nosotras lo hicimos con el gigante. En términos prácticos, hoy en día tanto Orión como el Escorpión no son más que eso, una simbología. Lo que de verdad importa es quién tiene el control sobre las Piedras Blancas.
Nicole caviló un momento en silencio, tratando de hacerse una imagen mental de los hombres que se ocultaban bajo aquellas enormes capuchas negras, bajo el emblema del escorpión. En su mente construyó una imagen terrible de ellos, pero ella misma era consciente de que probablemente se alejaba bastante de la realidad.
—¿Te has encontrado alguna vez con ellos?
—¿Con los encapuchados de la visión de Iríade? No, pero sí con sus Enviados. Guerreros, buscadores, rastreadores… Son lo más parecido a nuestra versión masculina. Por lo que sabemos de ellos, su organización sigue una estructura similar a la nuestra. Los que las Portadoras ven en sus visiones son los Mayores, quienes hoy en día normalmente no se dejan ver. Actúan siempre por medio de los Enviados.
—Esos Enviados… ¿Están aquí en Barcelona?
—No de forma permanente. Aparecen en ocasiones tras nuestra pista, pero no tienen ninguna base aquí.
—No lo entiendo —dijo—. Si las Portadoras pueden ocultarse tan bien y pasan tanto tiempo fuera de la base, ¿para qué estáis vosotras?
—Es una pregunta lógica. Tanto que muchas veces las Guardianas también tenemos desavenencias con nuestras propias Portadoras sobre el tema. Pero nuestro papel es mucho más extenso. Como podrás hacerte una idea, la Unión de Orión es una comunidad muy antigua y, quiero pensar, bien organizada. Sin embargo, la Alianza no se queda atrás. En los últimos años, parece haber crecido en tamaño y en recursos. Eso nos ha obligado a ponernos las pilas para estar a la altura. Nuestra labor es intentar mantener el control y estar preparadas para la lucha si es necesario. Como nuestro nombre indica, somos Guardianas. Mantenemos las ciudades por las que las Portadoras suelen viajar bajo vigilancia para reportar la presencia de Enviados, las ayudamos a moverse de forma segura cuando es necesario, administramos el tesoro de la Unión y llevamos años intentando aprender más sobre el funcionamiento de la Alianza y la localización de sus bases. Con ellos mantenemos una especie de tira y afloja por ver quién va un paso por delante. La clave para eso está en cuál de las dos organizaciones sabe más sobre la otra. El conocimiento es poder. Cuánto más sepamos sobre ellos, más armas tendremos para defendernos y mantener el control. Desgraciadamente, ellos también lo saben. Por eso es fundamental para nosotras saber ocultarnos bien. Nuestros hogares están escondidos y los suyos también. En los siglos de nuestra historia ha habido momentos en los que la Alianza ha supuesto una verdadera amenaza, lo que nos ha obligado a ponernos las pilas. Y lo hicimos. Hubo épocas doradas para la Unión. Actualmente, las tornas parecen estar cambiando. Paradójicamente, es casi como un juego: intentas atacar sin bajar tus defensas. Aunque, para serte sincera, a nosotras no se nos da muy bien el ataque, pero somos bastante buenas defendiendo —sonrió con expresión orgullosa.
—¿También tienen poderes como nosotras?
—Sí, desgraciadamente —contestó Gabriela con un suspiro—. En muchos aspectos, todavía son un misterio para nosotras, pero sabemos que ellos también tienen Piedras similares a la nuestra, aunque en tono azul, y parece que les concede poderes similares a los nuestros. Con el paso de los años se han entrenado en la lucha y casi siempre que nos hemos topado con ellos, hemos tenido que plantarles cara en batalla. Antes permanecían más en la distancia, en la sombra. Pero en los últimos años se han vuelto mucho más agresivos. Eso nos ha obligado a nosotras también a aprender a defendernos contra ellos, al igual que tú tendrás que hacerlo.
—¿Tendría que aprender a utilizar armas? —preguntó mirando a Gabriela con un nudo en el estómago.
—Somos Guardianas. A veces eso implica comportarnos como guerreras. Antiguamente fuimos sacerdotisas. Aunque hace cientos de años que no lo somos, nunca hemos sido partidarias de la violencia. Así que no usamos armas de fuego.
—¿Ellos no las usan? ¿No sería una forma fácil para ellos de acabar con las Órdenes? —apuntó Nicole.
—Un comentario lógico. Cuando las armas de fuego empezaron a extenderse, nos temimos que también lo hiciesen entre la Alianza y terminasen por obligarnos a utilizarlas. Pero nunca ocurrió. Una Guardiana muerta no les reporta ningún beneficio. Sin embargo, si consiguen capturarnos a alguna de nosotras y entrar en nuestra mente, podrían tener acceso a la forma de acceder a nuestras bases e identificar a las Portadoras. Para ellos, nosotras somos una potencial fuente de información para llegar a las Piedras. Por eso, tanto sus ataques como nuestras defensas se basan en el desarme. Gracias a eso hemos evitado que esta lucha se convirtiese en una carnicería sin sentido.
Nicole bajó la vista y caviló en silencio todo lo que acababa de escuchar. Gabriela la consintió, dándole su espacio.
—Sé que lo que te acabo de contar es… mucho… y no es fácil de digerir —le dijo en tono compasivo—. Yo también he estado en tu lugar. Sé lo confusa y asustada que te sientes en este momento.
Nicole se sentía como la protagonista de una película de ciencia ficción. Tenía ganas de gritarse a sí misma: “abre los ojos, esto no es real”, pero sabía que sus párpados estaban bien levantados y que debía enfrentarse a la realidad, por muy fantástica que pudiese resultarle. De todos modos, la encomienda que, según Gabriela, debía desempeñar le parecía demasiado grande para ella, una adolescente corriente que vivía tranquila sin meterse en líos. En su vida no disfrutaba de demasiados lujos y comodidades como otras chicas de su edad, pero de ahí a lo que ahora se le planteaba… No estaba segura de querer ese cambio.
—¿Se supone que yo debo convertirme en una Guardiana? —preguntó.
—Con el tiempo y la preparación adecuada, sí —respondió Gabriela.
—Gabriela… yo no creo que sea la persona idónea para esto… No soy una persona valiente, no sé si me veo capaz… —gimió.
—¿Que no eres valiente? —exclamó Gabriela—. ¿Estamos hablando de la misma chica que le dio una patada al hombre que la atacó el otro día? ¿La misma que saltó de una azotea con una completa desconocida hace menos de dos horas? —preguntó sonriendo—. No todas las elegidas se atreven a hacerlo.
—No sé si eso me convierte en valiente o en descuidada —contestó ruborizándose ligeramente.
—Es normal que todo esto te parezca abrumador, y que no te veas preparada. Sandra y yo probablemente intimidemos un poco con el traje —rio—. Pero debajo del cuero, de las piedras, y de todos los poderes que nos dan, somos dos mujeres que empezaron exactamente igual que tú. Igual de asustadas, igual de perdidas e igual de torpes.
—¿Y si me niego a aceptar esa responsabilidad?
—Eres libre de tomar tus propias decisiones, y aquí nadie te va a obligar a nada. Pero tu destino está escrito por algo que va mucho más allá de nuestra comprensión, y es posible que no puedas huir mucho tiempo de él. Para bien o para mal, el tatuaje te hace reconocible, por lo que aunque decidas no formar parte de la Unión, serás un objetivo para la Alianza. Deberás tener cuidado el resto de tu vida —contestó.
En sus ojos se dibujaron el abatimiento y la impotencia. Tenía un nudo en el estómago. Gabriela se acercó a ella, arrodillándose a su lado. Tiernamente, le cogió su mano temblorosa y la miró con dulzura, mientras secaba la primera lágrima que por fin se atrevía a recorrer su mejilla, contenida durante un largo rato.
—Nicole —dijo suavemente—, te entiendo más de lo que te imaginas. Has estado sola durante mucho tiempo, aunque esa soledad no haya sido física. Sé que hay personas muy importantes en tu vida, y no pretendemos hacerte renunciar a ellas. Algunas de nosotras, incluida yo, tenemos padres y demás familia a los que no hemos dado la espalda. Lo que aquí te ofrecemos no es solo la obligación para la que has sido elegida, sino el apoyo y la comprensión que nadie más que nosotras podrá darte. Te he hablado sobre las funciones de las Guardianas, pero hay mucho más. Además de todo lo que ya te he contado, también cuidamos unas de otras. Todas hemos sido elegidas como parte de algo especial, Nicole. Aquí hemos formado más que una fortaleza. Somos una familia. No veas este lugar como tu prisión, sino como tu refugio. Y no me veas a mí como tu carcelera, sino como tu hermana… y amiga.
Al escuchar sus palabras, Nicole no pudo evitar sentirse conmocionada y esbozar una sonrisa que iluminó su rostro humedecido y contagió el de Gabriela. Le agradeció sus palabras abrazándola en un impulso. Al momento se temió haber cruzado alguna línea, pero la mujer le devolvió el abrazo con fuerza. Nicole dio rienda suelta al llanto y lloró, liberándose de toda la tensión que había acumulado en la última semana. Gabriela la consintió sin soltarse de su abrazo. Tras un rato, su llanto se calmó y se sintió fortalecida por dentro, como hacía tiempo que no se sentía.
—Estoy segura de que te surgirán muchas más preguntas —le dijo la Guardiana, levantándose y acercándose a una de las estanterías del fondo. La observó coger un pequeño libro y acercárselo—. Estamos aquí para resolverlas, pero no tenemos que hacerlo todo de golpe en una noche. Sería demasiado. Este libro fue escrito por Albana, nuestra Portadora. En él se explica todo lo referente a nuestro origen y nuestro rol como Guardianas. Llévatelo, pero cuídate de que nadie ajeno a la Unión lo vea. Cuando termines de leerlo, deberás devolverlo a su lugar para que la siguiente Iniciada pueda utilizarlo. Ahora bajemos. Quiero presentarte al resto de la que será tu nueva familia, si decides aceptarnos y unirte a nosotras.
—Solo una última pregunta —dijo, secándose las lágrimas—, ¿tendría que dejar el instituto y la residencia?
—Claro que no —respondió Gabriela—. Yo también tengo mis estudios en la Universidad y un trabajo a tiempo parcial. La mayoría de nosotras llevamos una doble vida, al menos mientras el anonimato ante la Alianza nos lo permita. Puedes seguir tu vida normal si lo deseas, pero deberás empezar tu preparación. Puedes venir en tus ratos libres, o cuando lo desees. Se te asignará un dormitorio, así que este lugar estará disponible para ti las veinticuatro horas del día. Algunas de las Guardianas llevan una vida bastante recluida y apenas salen del Refugio, que es como llamamos a nuestra base, así que aquí siempre hay alguien. Después de presentarte al resto de la Orden, te acompañaré de nuevo a tu residencia y tendrás tiempo para pensar en todo lo que te he dicho. Cuando estés preparada, sabrás cómo llamarnos de nuevo.
Las dos se pusieron en pie y abandonaron juntas la biblioteca escalera abajo. Gabriela la guio por los diferentes pasillos de aquella especie de fortaleza subterránea, hasta que llegaron a una sala de grandes proporciones cuyas paredes de piedra se habían recubierto de estuco, adornadas por una serie de tapices antiguos.
La gran protagonista de aquella sala era una gran mesa redonda central de madera blanqueada, adornada por un mosaico de teselas en tonos dorados que representaban al gigante que daba nombre a la organización. Alrededor de la mesa se disponían una serie de sillas de alto respaldo, similares a las de la biblioteca, pero en el mismo tono blanquecino de la mesa, con sus asientos acolchados en tela dorada. Del techo pendía una gran lámpara alargada de cristal que se alzaba a un metro sobre la mesa. Contra las tres paredes restantes de la sala, había una serie de sillas en fila, similares a las que rodeaban la mesa, pero con el respaldo más bajo. Nicole no tuvo mucha oportunidad de apreciarlas porque la mayoría estaban ocupadas. En ellas las esperaban un grupo de mujeres que se pusieron en pie en cuanto Gabriela hizo su entrada. Nicole se sintió sobrecogida por la atención que recayó sobre ella, y sus mejillas se enrojecieron.
Gabriela se colocó detrás de ella y la presentó a las demás:
—Esta es Nicole. De ahora en adelante, y si ella lo decide así, será una de las nuestras. Estoy segura que se convertirá en una magnífica Guardiana, en cuanto esté preparada.
Sintió que el rubor se extendía a toda su cara. Con la mirada baja, dirigió un tímido “hola” a sus anfitrionas, que le contestaron con una solemne reverencia. Tras el saludo inicial se produjo un incómodo silencio que se le hizo interminable, hasta que una de las chicas sentadas junto a la pared izquierda, que aparentaba ser una de las más jóvenes, se adelantó y le apoyó la mano en el hombro con una amplia sonrisa, rompiendo el hielo.
—Yo me llamo Clara. Así que vas a ser mi nueva compañera de entrenamientos. Tendrás que aplicarte mucho para que no te deje atrás —le dijo bromeando.
Nicole le sonrió agradecida por haber dado el paso y, sin saber muy bien cómo, pronto se encontró charlando con las demás chicas. Algunas se limitaban a hacer un simple comentario de bienvenida, pero otras enseguida establecieron confianza, ayudándola poco a poco a deshacerse de su timidez inicial. Algunas mantenáin la distancia, especialmente Sandra, cuyo rostro seguía serio e impasible, a quien apenas vio cruzar más que un par de frases con Gabriela.
Nicole perdió la noción del tiempo, hasta que empezó a sentirse muy cansada.
—Bueno, señoritas, es hora de que Nicole vuelva a su residencia o empezarán a echarla en falta. Pronto amanecerá y cuando lo haga debes estar de vuelta en tu cama —interrumpió Gabriela.
Nicole asintió con la cabeza, agradeciendo que el día siguiente fuese sábado y no tuviese que madrugar. Tras despedirse de las demás, siguió a la Guardiana pasillo adelante. Para su sorpresa, Gabriela no la llevó por el camino por donde habían entrado, sino que se internó por el pasadizo que salía de la antesala de las estatuas, llevándola por un oscuro túnel y ascendiendo por escaleras que se sucedían unas tras otras. Casi sin darse cuenta, Nicole se encontró en lo que algún día parecía haber sido el amplio recibidor de un edificio de viviendas, y que estaba prácticamente a oscuras.
—Este es el edificio en el que te escondiste hace unas noches. Actualmente, está abandonado —explicó Gabriela, mientras la guiaba a oscuras por el interior de la edificación—. Si vienes de noche, te será fácil acceder por cualquiera de las dos entradas que te he enseñado, pero de día tendrás que tener más cuidado de no ser vista. Nunca uses tus habilidades a la vista de la gente, ni las reveles a nadie, aunque creas que es de confianza —se paró mirándola fijamente mientras pronunciaba esas últimas palabras—. Hablo en serio. Si desvelas tu verdadera naturaleza a alguien, le estarás poniendo en peligro. Ocultándoselo le estarás protegiendo. Nuestros enemigos no tienen piedad a la hora de obtener lo que desean.
Nicole asintió tragando saliva.
—Gabriela, ¿cómo voy a volver? Es imposible que recuerde todos los túneles que recorrimos hoy.
—Tranquila —le dijo Gabriela—. Tenemos todos los accesos al Refugio completamente monitorizados. Siempre hay alguna de nosotras vigilando las cámaras. Si te ven llegar, irán a buscarte.
Llegaron a un gran ventanal cerrado por unas desgastadas pero aún resistentes contras de madera. Gabriela descorrió los cerrojos y abrió las hojas de la ventana. Nicole se encontró en la balconada donde se había ocultado la otra noche y los recuerdos volvieron a su mente durante unos momentos. Gabriela la ayudó a salir al balcón y luego la siguió, cerrando el ventanal tras su cuerpo. Aún era de noche, pero el cielo comenzaba a clarear.
—Vamos, debemos darnos prisa —dijo Gabriela. Se impulsó sobre la balaustrada, saltando a la cornisa del edificio contiguo, y de ahí a la azotea de enfrente.
Nicole la miró asombrada.
“Bueno, esta vez tendré que hacerlo sola”, pensó con un suspiro de resignación. Tomó aliento y flexionó sus rodillas preparando el salto. De un brinco subió a la balaustrada y se precipitó hacia el frente. Estuvo a punto de caer al suelo, pero sus manos se aferraron a la pared y sus pies encontraron el apoyo de la cornisa. Gabriela la observaba expectante desde la cima del edificio de enfrente. Ahora venía lo más difícil, pues no tenía espacio para tomar impulso. Con determinación, saltó hacia atrás, volteándose ágilmente en el aire, pero no pudo tomar suficiente altura, quedando pendida del voladizo de la azotea. Gabriela la ayudó a incorporarse.
—No te preocupes, esto se aprende con la práctica.
Unos minutos después, aterrizaban sobre la cima del edificio que se alzaba frente a la residencia de Nicole, y que era tenía bastante menos altura que la misma. Su ventana seguía abierta de par en par, abajo en el segundo piso.
—Hemos llegado —dijo Gabriela—. Ahora ya sabes llegar hasta nosotras.
Nicole le clavó una mirada suplicante.
—Está bien —accedió la joven, entornando los ojos—. Hasta que te aprendas el camino de memoria y no corras peligro de caerte por alguna pared, vendré a buscarte —propuso con una sonrisa. Sacó su Piedra Ámbar, que colgaba de una cadena de plata alrededor de su cuello—. Cuando quieras que venga, solo tienes que llamarme. Usa tu mente y ella te llevará hasta mí —le dijo sosteniendo fuertemente la gema. La miró fijamente a los ojos y Nicole dio un respingo al escuchar su voz, pero no de su boca, que no se había movido, sino dentro de su cabeza.
—“Así” —dijo Gabriela—“Acabo de abrir un hilo mental entre las dos. Una vez está establecido te será mucho más fácil volver a él cuando quieras hablarme. Acudiré en cuanto pueda. Durante el día lo tengo más difícil, pero por la noche puedo esperarte aquí. Si quieres por la mañana o por la tarde solo tienes que acercarte hasta el edificio y alguien subirá a por ti.”
Nicole asintió, tan fascinada como aliviada.
—Por cierto —añadió la Guardiana captando de nuevo su atención—, feliz cumpleaños.
Extendió su mano hacia ella y se dio cuenta de que quería darle algo. Nicole lo cogió y vio que era una cadena dorada con un pequeño encastre de bronce en el que encajar su Piedra Ámbar.
—Me gustaría tener un regalo mejor para ti hoy. Espero que con el tiempo podamos demostrarte que hoy has recibido una nueva familia.
Nicole la miró con una sonrisa sintiéndose cada vez más cercana a ella y apretó su mano con cariño.
Tras despedirse de Gabriela, se precipitó al vacío, cayendo en cuclillas sobre la piedra de su ventana. Se introdujo torpemente en el cuarto. Contempló la silueta de Gabriela al otro lado de la calle, que permaneció en la azotea hasta verla cerrar la ventana tras ella. La observó darse la vuelta y alejarse sigilosamente saltando con elegancia de un edificio a otro. Nicole se recostó en su cama, cubriéndose con el edredón. Aunque las emociones vividas durante la noche no dejaban paso al sueño, se sentía agotada, y tras un rato, se quedó profundamente dormida.
5
DISCUSIONES INEVITABLES
Gabriela se apresuró por las azoteas de regreso al Refugio. Aunque el sol todavía no había asomado en el este, el cielo comenzaba a clarear, llevándose consigo la oscuridad y las sombras de las que se ayudaban para ocultarse durante las horas nocturnas. Estaba agotada y no veía el momento de tirarse en una cama y dormir. En aquel momento no importaba si era en su cuarto del Refugio, en su antigua cama, en casa de sus padres o en el piso en el que vivía con dos amigas de la Universidad. Afortunadamente, el cumpleaños de Nicole había caído en viernes y no tendría que ir a trabajar ni tampoco a la facultad. Sus compañeras de apartamento probablemente pensarían que había salido de fiesta, por lo que no la echarían en falta si no iba a dormir. Solía pasar las noches alrededor del fin de semana en la base, por lo que ya estaban acostumbradas. Debían de pensar que era la persona más fiestera en la ciudad, a pesar de que en los últimos dos años apenas había salido a divertirse.
Era el problema de llevar una doble vida. Fingir e inventar toda clase de engaños elaborados se había convertido no solo en algo habitual, sino también en una necesidad.
Al principio, tener que mentir a su familia y amigos le había resultado insoportable. A diferencia de muchas de las Guardianas en la Unión de Orión, Gabriela provenía de un hogar estructurado en el que, además, era hija única. Había sido una chica responsable y brillante en sus estudios, por lo que siempre había tenido una relación muy estrecha con sus padres y también con sus tíos y primos, con los que se había criado como si fuese su hermana mayor. Hasta que la Orden de Alnilam se había cruzado en su vida, jamás había tenido que mentirles. Ocultarles algo tan grande y engañarles había sido muy difícil. Tanto, que había tenido la tentación de renunciar a su rol pocas semanas después de ser elegida. Pero, como si hubiese sido cosa del destino, la noche que había acudido al Refugio para comunicarles su decisión a las demás Guardianas hubo un ataque de los Enviados en la ciudad. Ella solo tenía dieciséis años por entonces. Apenas había empezado su Iniciación y todavía estaba muy lejos de saber defenderse.
Hasta aquel momento, la palabra “Enviado” no había sido más que un título que había escuchado como parte de una historia fantástica que todavía le costaba un poco terminar de creerse. Eran el villano en una película de superhéroes en la que ellas eran las heroínas. Pero nunca se los había encontrado. Y subestimó sus capacidades. Cuando quiso darse cuenta se había metido de cabeza en un enfrentamiento directo con ellos, del que salió airosa gracias a la intervención de Gloria, quien por entonces era la líder de la Orden. Sin embargo, la Guardiana no había salido tan bien parada y había regresado al Refugio con una herida que le provocó una cojera y, con el tiempo, la retirada del servicio en activo para la Unión.
Aquella noche no solo había conocido el verdadero peligro que representaban los Enviados, sino también a Albana, la Portadora de Alnilam, que acababa de llegar a la ciudad, arrastrándoles a ellos tras su pista. Recordaba perfectamente la conversación que habían tenido tras conseguir escapar y llegar a la base.
Albana tenía algo que hacía que le resultase muy fácil sincerarse con ella. Probablemente porque le recordaba a su abuela, aunque con la sabiduría y los buenos consejos de su tío Julio. Gabriela se había quedado desolada por lo ocurrido, sintiéndose terriblemente culpable por la forma en la que todo había terminado para su líder por acudir en su ayuda.
—No tienes que sentirte mal por lo que le sucedió a Gloria —le había dicho Albana.
—¡Casi la matan por mi culpa! —se había lamentado ella entre lágrimas—. Se supone que tenía que estar aquí, protegiéndote a ti, y tuvo que salir para ayudarme a mí.
—El deber de una Guardiana no solo es protegerme a mí, sino también a sus compañeras. Tu Orden es una familia, Gabriela, y como tal se ayudan y se cubren las espaldas unas a otras. Eso es el mayor regalo que recibes. No la Piedra, ni los dones, sino el lazo que tienes con tus compañeras —le había dicho.
Después de lo ocurrido, todo había cambiado para ella. Quizás fuese la culpa, quizás las palabras de Albana o todo junto, pero Gabriela había encontrado otro propósito más allá de sus planes de convertirse en una científica de futuro brillante. No solo había decidido continuar su Iniciación, sino que lo había hecho con más motivación que ninguna. Y las mentiras y engaños a su familia habían pasado de ser un problema a sus ojos a convertirse en un aliado para protegerles.
Una parte de ella todavía seguía arrastrando aquella culpa. Gloria jamás se lo había echado en cara. Al contrario. Tras recuperarse de su herida, se había volcado con ella y la había entrenado más duro que a ninguna otra. Cuando, hacía casi dos años, Gloria había anunciado que renunciaba al liderazgo de la Orden y la había propuesto a ella como sucesora, se había sentido apabullada. Era la primera vez que se proponía a una Guardiana tan joven como líder, pero la candidatura presentada por su maestra fue tan contundente que terminó por salir elegida, y ratificada por Albana. En aquel momento, se había sentido honrada, pero más tarde, en los momentos en los que el peso de la responsabilidad recaía sobre sus hombros como una losa, se había preguntado si aquel nombramiento no habría sido una pequeña venganza de Gloria.
Afortunadamente, durante aquel primer encuentro con los Enviados, su líder había llegado a tiempo para interponerse y evitar que la identificasen. Había sido suficiente aviso para ella como para obsesionarse con mantener su anonimato y proteger la vida que llevaba en la superficie. Siempre se cuidaba de llevar su tatuaje cubierto, fuese por un cuello alto en invierno o por algún apósito bajo su cabello suelto en verano.
Mientras se precipitaba de azotea en azotea, pensó en Nicole. Su caso era diferente al suyo. No tenía una familia a la que regresar, o que dejar atrás. Muchas de las Guardianas elegidas eran huérfanas. Ella no creía que fuese una casualidad. Facilitaba que aceptasen su rol y que pudiesen prestar más atención al servicio de la Unión. Su caso y el de Sandra, que también tenía familia, eran más raros y, por tanto, no dejaban de ser más sorprendentes. Quizá por eso Sandra y ella se habían entendido bien desde el principio. Ambas comprendían lo que ellas estaban sacrificando, en comparación con las compañeras que no tenían padres ni hermanos a los que ocultar su verdadera identidad.
Pero que la joven no tuviese un padre y una madre preocupándose por ella en casa, no quería decir que no tuviese una vida. En los últimos días, habían estado siguiendo sus pasos e investigándola y tenía que reconocer que, aún sin prácticamente conocerla, Nicole despertaba su interés. Se había pasado sola la mayor parte de su infancia y juventud, y aun así demostraba una estabilidad emocional y responsabilidad admirables. Lo que le había dicho hacía solo unas horas era cierto: era una joven muy valiente, aunque era evidente que todavía no lo sabía. Esperaba tener la oportunidad de ayudarla a descubrirlo. Estaba segura de que podía convertirse en una gran Guardiana para la Orden. Seguro que haría buenas migas con Clara y Eva, las otras dos Iniciadas en aquel momento.
Estaba a punto de saltar el Carrer del Montsió cuando algo la hizo detenerse. Por el rabillo del ojo había captado un movimiento en la distancia. Una sombra, moviéndose fugazmente sobre un tejado, varias calles más adelante.
Cauta, se ocultó en la sombra del muro que daba entrada al edificio en el que se encontraba y buscó a Safiya con la mente, la Guardiana que estaba de turno en la sala de vigilancia cuando habían abandonado el Refugio para devolver a Nicole a su residencia.
—“Safiya, ¿está alguna Guardiana fuera del Refugio?”
—“Ahora mismo, no. Eva y Clara se han quedado a dormir hoy aquí” —contestó la mujer.
—“¿Estás controlando las cámaras que hay al norte de la Catedral? Me ha parecido ver algo en los tejados” —preguntó.
Su compañera permaneció en silencio durante unos instantes, intuyó que comprobando las cámaras.
—“No veo nada, Gabriela” —dijo.
Pero ella no se confió. Cabía la posibilidad de que no hubiese visto más que un reflejo, especialmente ahora que el sol estaba ya rozando el horizonte, pero estaba demasiado cerca del Refugio como para arriesgarse. Algo le decía que no había sido imaginación suya, y si algo había aprendido de Gloria era a confiar en su intuición. Hasta ahora no le había fallado.
—“No me fío, Safiya. No perdáis de vista las cámaras y que nadie salga del Refugio en las próximas horas a menos que sea estrictamente necesario. Si lo hacéis, que sea por Montjuic. Yo regresaré a mi casa y volveré cuando nos aseguremos de que no hay peligro.”
—“Está bien. Te avisaremos si vemos algo” —contestó la Guardiana.
Deslizándose entre las sombras, Gabriela abrió la puerta y se introdujo en el interior del edificio. Había demasiada luz a esas horas como para arriesgarse por las azoteas, y su piso estaba bastante lejos, cerca de la estación de Sans. Mientras descendía, se quitó la coleta y dejó su pelo suelto para ocultar las dagas que llevaba a la espalda. Desanduvo el camino hacia Plaza Catalunya y cogió un taxi. Eran las primeras horas de la mañana del sábado y Barcelona era una ciudad lo suficientemente variopinta como para que una mujer vestida con un traje de cuero a aquellas horas no resultase del todo extraño, pero no quería arriesgarse a encontrarse a alguien conocido o peor, ser avistada por un Enviado, si sus sospechas resultaban ser ciertas.
Afortunadamente, sus compañeras de piso dormían profundamente cuando ella se metió en su cuarto. Se quitó el cinturón con las dagas y lo guardó en la cima de su armario de forma que no quedase a la vista. Dejó el traje sobre la butaca y se metió al baño para darse una ducha rápida. A esas horas, la temperatura ya había subido un poco y había llegado a casa sudando dentro del cuero. Tras ponerse su pijama, al fin pudo meterse en la cama. Deslizó la mano bajo su almohada hasta dar con la vaina metálica de su pequeño cuchillo, que siempre tenía a mano por si acaso. Si algo le habían enseñado sus encuentros con los Enviados, era a estar siempre alerta.
Aquella noche, Nicole durmió tan profundamente que ni siquiera se enteró cuando Montse entró en su cuarto para hacer la limpieza. Cuando se despertó, los dígitos de su despertador marcaban las seis de la tarde. “¡Vaya, sí que he dormido hoy!”, pensó. Al momento, se dio cuenta de que se sentía diferente, de que ese despertar había sido distinto a los últimos. Por fin, no había tenido ese repetitivo sueño que la sobresaltaba cada mañana. Eso le hizo recordar todo lo sucedido por la noche. Por momentos se preguntó si acaso las últimas semanas no habrían formado parte de un extraño sueño. Pero la Piedra Ámbar que colgaba de su cuello le indicó lo contrario.
La velada anterior, las revelaciones de ese destino para el que parecía haber sido elegida la habían sobrecogido y llenado de temores. Sin embargo, el miedo había dado paso a una agradable sensación de tranquilidad. Se sorprendió sonriendo sin saber por qué. Se sentía muy animada, sobre todo después de haber dormido tan bien, algo que le hacía mucha falta.
Cogió su móvil y vio que tenía una cantidad alarmante de llamadas perdidas de su amiga Raquel, además de varios mensajes. De pronto, recordó de golpe que había quedado con ella y con varias de sus amigas para celebrar su propio cumpleaños. Hacía exactamente media hora. Saltó de la cama como un resorte y se vistió a la velocidad del rayo mientras llamaba a su amiga para disculparse.
Aquella tarde tuvo la celebración de cumpleaños más extraña de toda su vida. En apariencia, no hizo nada fuera de lo normal. Fue al cine con sus amigas y luego cenaron en una pizzería del centro comercial, antes de recibir unos cuantos regalos que recibió con el entusiasmo esperado de una chica de su edad. Sin embargo, si alguien le hubiese preguntado de qué iba la película, probablemente no habría sabido contestar. Su mente estaba muy lejos de allí, entre los muros de un lugar secreto bajo las calles de la ciudad. No podía dejar de pensar en la noche anterior. En la Piedra que llevaba colgada al cuello, en la espectacular biblioteca en la que había recibido la noticia más importante de su vida, en la sensación de euforia que había sentido saltando sobre las azoteas de la ciudad, y en Gabriela y las demás Guardianas. Lo cierto era que se moría de ganas por volver a repetirlo y saber más de todo aquel mundo al que parecía pertenecer por algún tipo de derecho divino, pero al mismo tiempo le costaba horrores no poder compartirlo con Raquel.
Al mismo tiempo, tenía miedo de precipitarse y regresar a aquel lugar sin pensar en las consecuencias que aquello tendría. Gabriela había sido bastante clara, tanto con lo bueno como con lo malo. Así que, aunque estaba tentada de regresar, decidió darse unos días para esperar.
Aquella sensación de bienestar fue poco a poco disolviéndose a lo largo de la semana. Ahora que las pesadillas se habían detenido, las cosas se veían con otra perspectiva. Desde la cotidianidad de su habitación y la normalidad de su vida, de su instituto y de su día a día, lo vivido aquella noche bajo el suelo de la ciudad empezó a parecer un extraño sueño que quedaba cada vez más lejano, distorsionando su veracidad entre los recuerdos. A la luz del día, el sol ocultaba el brillo de las estrellas de Orión y con él nublaba todo rastro de la fantasía que ella había sentido en una extraña noche de tormenta.
No obstante, sabía que había sido real. Su Piedra Ámbar y su tatuaje eran un recordatorio constante. Seguía siendo una elegida.
Durante toda la semana dejó que los días pasaran en su habitual rutina entre el instituto y Raquel y los pequeños, disfrutando de aquellos momentos de normalidad sin pensar demasiado en si la ayudaban o no a tomar una decisión. Pensó que le sería imposible renunciar a aquella vida normal que tanto trabajo le había costado conseguir. Todos aquellos años sola había deseado tener un día a día como el de las demás muchachas y poder sentirse integrada sin que la miraran con lástima o desprecio. Sin embargo, cuantos más días pasaban más se daba cuenta que el vacío existente en su interior había salido a la luz. No significaba que no existiese, sino que el velo que ella le había puesto encima para ocultar su soledad se había destapado, mostrando la realidad.
La noche de su decimosexto cumpleaños, Gabriela le había explicado cosas que a sus ojos pudieran haber parecido desde absurdas a alocadas, pero también le había hablado de algo que ella añoraba con todas sus fuerzas: de una familia. Las mujeres que había conocido en el Refugio aquella noche distaban de formar la estampa de una familia tradicional, pero tenían algo que las unía. Un vínculo que les daba algo en común. Puede que no fuese el habitual, pero a veces los secretos podían ser tan poderosos como la sangre.
Pese a su turbación, día a día ese vacío crecía y la necesidad de llenarlo llegó a hacerse insoportable. Las largas horas que pasaba en su cama contemplando la piedra de color ámbar que le recordaba a cada instante que algo más estaba esperándola se escurrían entre sus dedos como el agua fresca corriendo entre las piedras.
Una semana después de aquella noche, el otoño volvió a sorprenderles con una tormenta con gran aparato eléctrico. El cielo de Barcelona se convirtió en un espectáculo de energía pura, iluminada por un halo espectral fantasmagórico que aparecía y desaparecía con los relámpagos. Su visión avivó en ella los recuerdos de la noche en la que la piedra había llegado por primera vez a sus manos. De pie en la azotea de la residencia, contempló la llanura de edificios que se extendía en la ciudad, salpicada de los angulosos valles que formaban las calles. Recordó la vez anterior, donde entre la lluvia había visto a Sandra precipitarse al abismo en un acto de locura que ella misma había repetido de la mano de Gabriela. Que había repetido, y que había disfrutado.
Sin darse cuenta, se encontró sonriendo al recordar aquella sensación, y se percató de lo mucho que le apetecía repetirlo. Con un brillo aventurero en los ojos, subió al parapeto y contempló la distancia que la separaba del edificio contiguo. Serían unos ocho o diez metros como mínimo.
“Ya lo salté una vez. Puedo hacerlo”, pensó.
Pero ahora estaba sola. Gabriela no estaba para cogerla de la mano y ayudarla si trastabillaba. Y los ocho pisos de altura de la residencia hacían que la veracidad de su don se tambaleara en la lejanía de los recuerdos.
Pero lo quería. Lo necesitaba. Acarició la Piedra Ámbar que colgaba de su cuello, haciéndola brillar entre sus dedos. Cerró los ojos sintiendo su calidez, aproximándola a sus labios. “Estoy preparada”, dijo intentando darse ánimos. Abrió los ojos fijando la mirada en el otro lado de la calle y, sintiendo que una oleada de adrenalina le arrasaba el cuerpo, echó a correr hacia adelante, se impulsó sobre la cornisa, y se precipitó hacia el abismo con un grito de euforia que resonó en las alturas.
Sus pies tocaron suelo y dieron cuatro o cinco pasos rápidos de frenada hasta que consiguió recuperar el equilibro totalmente sobre el hormigón de la azotea. Se quedó en aquella posición de suspense, sintiendo todavía el latido acelerado de su corazón contra sus sienes y el estómago ardiendo de excitación. Se giró y miró la residencia desde el otro lado, donde unos segundos antes se había encontrado de pie. Sin resistirlo más, se dejó caer en el suelo y rio. Rio con ganas.
—“¿Te diviertes, pequeña?” —la voz de Gabriela resonó en su mente, tan clara como la última vez que la había escuchado.
—“¡Mucho!”—gritó Nicole todavía entre risas.
—“Me alegro” —contestó la Guardiana, visiblemente divertida—. “Enseguida estaré ahí.”
6
EL REFUGIO
Las semanas siguientes significaron la transición de Nicole hacia una nueva vida, partida en dos. Por la mañana, se levantaba como cada día para reunirse con Raquel en la plaza enfrente de su casa y caminaban juntas hasta el instituto.
Al principio continuó cuidando a los pequeños por las tardes, o quedando con Raquel, y reservaba las noches para ir al Refugio. Mientras todo el mundo dormía, ella se levantaba sigilosamente y dejaba un fardo bajo el edredón para simular su cuerpo dormido. Sacaba su piedra de Orión y la acariciaba con sus manos, apretándola con firmeza, mientras su mente pronunciaba el nombre de Gabriela, que empezaba a ser cada día más familiar. Después, subía a escondidas a la azotea, donde la Guardiana la esperaba pacientemente y se unía a ella, pasando de un edificio a otro, aprendiendo a ocultarse entre la oscuridad y mejorando su agilidad. Noche tras noche, las dos bajaban hacia las profundidades subterráneas que recorrían el subsuelo de Barcelona para alejarse de sus vidas cotidianas diurnas y resguardarse en su Refugio. Así era como llamaba la Orden a su fortaleza subterránea: el Refugio.
Poco a poco se familiarizó lo suficiente con las entradas como para no necesitar a Gabriela como guía.
Sin embargo, eso redujo su tiempo de descanso considerablemente y, tras el primer mes así, se hizo evidente que no podría mantener el ritmo demasiado tiempo.
Raquel fue la primera en hacer comentarios sobre sus pronunciadas ojeras y sus profesores se sumaron a ella quejándose de su falta de atención y del bajón en su rendimiento. Decidió que era hora de hacer pequeños ajustes a su nuevo horario cuando una de sus compañeras de habitación descubrió el engaño una noche y a la mañana siguiente tuvo que dar muchas explicaciones. Afortunadamente, había tenido la consideración de no dar la voz de alarma a la conserje de la residencia, pero Nicole tuvo que afinar mucho su inventiva para salir airosa de aquel aprieto.
Tras aquel susto, habló con Gabriela y ambas estuvieron de acuerdo en que, muy a su pesar, era el momento de dejar tanto el trabajo de canguro como el de la cafetería.
—Si necesitas dinero, solo tienes que pedirlo —le había dicho Gabriela—. Habla con Gloria, que es la que lleva los presupuestos y la tesorería de la Orden, para que te apruebe una asignación con la misma cantidad que ganabas en ambos trabajos. Yo autorizaré la orden de pago. Además de eso, sabes que puedes venir a comer y cenar aquí todos los días. Así te ahorrarás el dinero que gastas en la comida y de paso podremos controlar mejor tu dieta —le propuso.
Así que Nicole había cambiado sus habituales tardes de niñera por el aprendizaje como futura Guardiana en el Refugio, lo que normalizó sus horas de sueño.
Poco a poco, se familiarizó con su nuevo hogar alternativo, en el que cada vez se sentía más cómoda.
El Refugio estaba construido de una forma un tanto singular, constituyendo una mezcla de distintas culturas. Su disposición subterránea era una especie de patchwork arquitectónico que se había ido expandiendo en los primeros siglos según las necesidades de la Orden. Como Gabriela le había explicado ya el primer día, era la fortaleza secreta más antigua en toda la Unión de Orión. Casi tanto como la propia Unión, aunque del Refugio original, solo quedaba una pared: el muro de la biblioteca en la que se alzaba el mapa y que había formado parte del recinto amurallado de la antigua ciudad de Barcino. Con el tiempo, la base se había construido en los extramuros de la ciudad y su conexión se había sellado. Algunas de sus estancias, sin embargo, se habían replicado de las originales. Entre ellas, las más claras eran la antesala de las columnas, en la planta baja, y otra de las favoritas de todas las Guardianas: los baños romanos. Nicole no había podido creérselo cuando Clara y Eva le habían enseñado el estanque termal que había a media altura entre ambas plantas, en el descansillo de las escaleras.
Además de esas dos estancias, la biblioteca y la Sala Blanca que había visto el primer día, había muchas otras que servían distintos propósitos y que fue conociendo a medida que avanzaban los días. En la planta baja estaban las salas de vigilancia, almacenes, cocina, comedor, salones de relax y también la armería. Tanto el comedor como los salones estaban adornadas con tapices y murales, a través de los cuáles había podido conocer a las anteriores Portadoras de Alnilam: Xanthe, Flavia, Freydis y Sancha, la predecesora de la actual Portadora.
La planta superior, hecha en piedra y con un aire más medieval, se dividía en dos alas: el ala derecha estaba dedicada a los dormitorios, que se disponían a ambos lados de un pasillo abovedado que discurría en forma de u; en el ala izquierda, similar a la contraria, se distribuían distintas estancias de apoyo a otras labores y funciones, además de la biblioteca: una gran lavandería, una sala de costura, una enfermería, salas de estudio, un pequeño laboratorio y varios vestidores en los que guardaban básicamente ropa blanca. Para terminar, el Refugio contaba también con el sótano en el que había varios almacenes, un gimnasio y un par de salas de entrenamiento.
Como había acordado con Gabriela, la alimentación de Nicole provenía casi en exclusiva del Refugio, a excepción del desayuno que le daban en la residencia. Cenaba junto a las Guardianas todas las noches y, los días que no podía comer allí, se llevaba la comida preparada la noche anterior. Pasaba mucho tiempo sentada a la enorme mesa de madera del comedor, que discurría a lo largo de toda la pared, charlando con las demás mientras comían. Con las que mejor había encajado, además de Gabriela, era con Clara y Eva, como era de esperar debido a que eran las más afines en edad. Pero además de eso, le encantaba estar con Carmen, Pola y Ona, las tres abuelitas veteranas del Refugio.
Gabriela le había explicado que el Refugio se había construido por orden de Cornelia, la segunda portadora de Betelgeuse, a principios del siglo II. Por aquel entonces, las Órdenes se movían con su Portadora y no solían permanecer mucho en el mismo lugar así que, cuando llegó el fin de ciclo, Flavia ya había reclamado sus instalaciones para Alnilam. Desde entonces, la Orden permaneció en Barcelona, convirtiéndose en la más temprana en establecer su asentamiento de forma permanente. Durante su ciclo, Freydis y sus Guardianas lo expandieron hacia el extrarradio de las murallas a medida que la ciudad crecía sobre ellas y también a su alrededor. Barcelona ya se había convertido en un importante centro comercial y económico con buenas fortificaciones. Su sucesora, Sancha, fue una gran viajera y exploradora aún a pesar del riesgo que suponía, por lo que continuó su proyecto como una suma de las experiencias vividas en sus viajes por todo el mundo mientras trataba de mantenerse oculta a los ojos de los Enviados. La actual Portadora, Albana, era una gran amante de la literatura. Ella había sido quien había promovido la ampliación de la biblioteca, que era además el principal archivo y base de datos de toda la Unión. Ese era otro de los motivos por los que la base de la Orden de Alnilam era tan importante.
Había también una sala informatizada, que disponía de ordenadores conectados a Internet, y todo tipo de dispositivos electrónicos de última generación. Desde allí controlaban no solo los accesos al Refugio mediante cámaras ocultas instaladas por las Guardianas, sino también otras calles de la ciudad. También tenían acceso a la red de vigilancia que unía las cámaras instaladas por la Orden Rigel en Anuradhapura, Sri Lanka; por la Orden Mintaka, en Frankfurt; por la Orden Alnitak, en Tánger; por la Orden Gónatos, situada en Chad; por la Orden Saiph, en Dudinka, por la Orden Bellatrix en Caracas, por la Orden Meissa en Nueva Orleáns; por la Orden Betelgeuse en Isla Baffin ; y por la Orden Kheirós, situada en Buenos Aires.
Algunos de los monitores instalados mostraban también otros lugares del planeta que las Órdenes mantenían bajo vigilancia por diversas razones. La mayoría, relacionadas con sus enemigos. Solían ser puntos en los que había habido enfrentamientos con ellos, o sabían de su presencia a través de las Portadoras. Ellas rara vez se mantenían en la base y, en ocasiones, daban la voz de alerta. Las Guardianas mantenían aquellas zonas bajo vigilancia, esperando encontrar pistas que las acercasen un poco más a descubrir sus bases.
Afortunadamente, Nicole todavía no tenía que participar en la aburrida tarea de vigilar los monitores, por lo que apenas entraba en aquellas salas. Aquellas tareas correspondían no solo a las Guardianas en activo, sino a las llamadas Arcontes.
Gracias al pequeño libro de Albana que Gabriela le había prestado el primer día, Nicole había aprendido mucho sobre la forma en la que se organizaban las Órdenes. Tenían una estructura bastante horizontal, pero con cierta jerarquía. Fundamentalmente, cada Orden se dividía en cuatro roles o estadíos.
En el eslabón más bajo estaban las Iniciadas, como ella misma, cuya única tarea consistía en formarse para convertirse en Guardiana. Dicha formación solía durar entre dos y tres años, y terminaba con una prueba final que debían superar para ser nombradas oficialmente como Guardianas. Si no superaban la prueba se les otorgaba el título de Centinelas, que pasaban a ayudar en labores logísticas y no tenían derecho a votar ni participar en cuestiones de importancia. No solía haber muchas Centinelas en las Órdenes porque tenían la oportunidad de continuar su formación y volver a examinarse, por lo que la mayoría terminaban por convertirse en Guardianas tarde o temprano. En Alnilam, sin embargo, tenían a una Centinela: Beth. Clara y Eva le habían contado en confidencia que Beth había repetido la prueba hasta cuatro veces, y siempre había fallado. A Nicole le daba un poco de pena. Se veía a leguas que era una joven de buen corazón pero extremadamente torpe. Muchas de sus compañeras se preguntaban por qué demonios la Piedra la había elegido, aunque todas le tenían cariño. Así que, al final, se había dado por vencida y se la veía más que contenta con las pocas responsabilidades que tenía.
Cuando una Iniciada pasaba la prueba, se convertía en Guardiana en activo. Los primeros dos años, se las consideraba Auroras, o lo que era lo mismo, una Guardiana novata. Durante ese período, prácticamente continuaban con su formación, por lo que no tenían más derechos que una Iniciada, pero sí más obligaciones. Como Guardianas, pasaban a participar activamente en misiones y tareas de vigilancia.
Tras esos dos primeros años, se las consideraba Alabardas. Durante ese periodo, las Guardianas adquirían ciertos derechos, con sus limitaciones. Aunque no podían solicitar un cambio de líder, sí tenían derecho a voto en las elecciones, a proponer candidaturas e incluso a ser propuestas como candidatas. Normalmente, no participaban en Consejos, ni en la toma de decisiones ni en la planificación de estrategias. Sin embargo, Nicole había escuchado que Gabriela había flexibilizado mucho esta norma. Ella misma era una Alabarda, la Guardiana más joven en ser elegida como líder. A su entender, si ella era lo suficientemente experimentada como para liderar consejos y opinar en decisiones importantes, también lo era el resto. Por lo que Gabriela no solo permitía al resto de Alabardas participar en aquellas reuniones, sino que había instaurado consejos trimestrales entre todas las miembros de la Orden en los que todas podían exponer sus quejas, preocupaciones o propuestas.
Por encima de las Alabardas, estaban las Fénices: Guardianas que llevaban más de diez años en activo. Eran las únicas con el poder de solicitar una votación para elegir a una nueva líder, algo que no se había hecho en Alnilam desde hacía mucho. Normalmente, eran las líderes las que se retiraban voluntariamente cuando decidían dejar su vida activa.
En ese momento, tanto ellas como cualquier Guadiana experimentada que quisiese retirarse de la acción, se convertían en Arcontes. Pese a lo que pudo parecerle a Nicole en un principio, las Arcontes seguían siendo piezas fundamentales de la Orden, y tenían el máximo respeto de sus compañeras. Su gran experiencia y destreza eran de gran valor, por lo que participaban activamente como consejeras, entrenadoras y administradoras de la base. Además de eso, muchas de ellas habían desarrollado otras profesiones de las que la Unión también se beneficiaba. De esa forma, en la Unión había médicas, enfermeras, carpinteras, arquitectas, sastres, informáticas y técnicas de redes, etc.
Las Arcontes podían solicitar, si lo deseaban, devolver su Piedra Ámbar y dejar la Orden para reintegrarse completamente en la vida exterior. Esa solicitud debía ser aprobada por unanimidad en Consejo extraordinario formado exclusivamente por Arcontes y Fénices de su Orden tras evaluar el posible riesgo para la organización. Dependiendo de la situación, Gabriela le había contado que en ocasiones se concedían con la condición de ser trasladadas a otra ciudad.
Con los años, las Arcontes se convertían en Veteranas. Dependiendo de su salud y habilidades, estas mujeres todavía participaban en mayor medida de tareas como el abastecimiento, la preparación de alimentos y la limpieza de la base. En algunos casos, eran ellas quienes requerían los cuidados de sus compañeras, que lo hacían encantadas.
Cuando una Arconte o una Veterana solicitaban devolver su Piedra y reintegrarse en la vida exterior, tenían prohibido regresar a la base como medía de seguridad, aunque seguían bajo supervisión de la Orden.
En el Refugio tenían a varias Arcontes y Veteranas.
Como Gabriela le había dicho la primera noche, aunque la idea les gustase más o menos la realidad les obligaba a convertirse en guerreras, y eso suponía una gran preparación física, de la cual se ocupaban las mejores guerreras de la Orden: Gabriela, Gloria y Sandra.
Nicole ya había empezado a ejercitarse bajo el mando de Sandra y había comprobado en primera persona por qué tenía tan pésima reputación entre sus compañeras Iniciadas. Era increíblemente estricta y malhumorada. Las mantenía a una estricta dieta baja en grasas y alta en proteínas, que complementaba las duras sesiones de ejercicio físico a las que las sometían cada día. Por ahora, su entrenamiento se limitaba a ejercicios de fuerza y algo de movimiento aeróbico para mejorar su resistencia de fondo, pero Eva y Clara llevaban ya mucho tiempo aprendiendo el manejo de armas como la espada o el arco.
Durante las primeras sesiones se había sentido rígida como una tabla. Después de unas cuantas flexiones había caído con la lengua fuera mientras sus compañeras eran capaz de hacerlas apoyadas en un único brazo y sin esfuerzo alguno. Pero a medida que las semanas iban pasando fue viendo su rápido progreso y eso le dio ánimos.
Además del entrenamiento físico, se las entrenaba en varias disciplinas de artes marciales orientales y para mejorar sus técnicas para comunicarse utilizando su mente.
Y luego estaba lo aburrido. Las clases en las que había que hincar el codo: las lecciones de historia y cultura clásica, las de geografía y, para su desgracia, los idiomas. Gabriela insistía desde el principio en que aprendiesen varios idiomas, especialmente el inglés y el ruso. El primero era el idioma global y también el común entre la Unión, además del español. El ruso, sin embargo, venía motivado por las sospechas que tenían sobre algunas de las bases de la Alianza. Según su líder, muchos de los Enviados con los que se habían topado eran de origen ruso, por lo que sospechaban que se reclutaban y formaban en algún lugar de aquel país.
—Es fundamental que aprendas a defenderte en esos idiomas. Todas nosotras hemos tenido que hacerlo, al igual que tú —le decía ante sus protestas.
—¡Pero se me dan fatal los idiomas! Llevo años estudiando el inglés y apenas puedo aprobar los exámenes. ¿Cómo quieres que aprenda ahora otros tantos, tan diferentes entre sí? ¡Será imposible!
—Eso es porque los métodos de enseñanza no eran los correctos —contestó Gabriela tranquilamente, sonriendo—. Yo misma me haré cargo y te aseguro que no voy a parar hasta que aprendas a utilizar con naturalidad al menos otros cinco idiomas, además del español y el catalán. Cuando aprendas a dominar todo el potencial de tu mente y te habitúes a utilizar un buen método de aprendizaje, te sorprenderás a ti misma de la facilidad de hacer eso y mucho más.
A pesar de la aprehensión que le había provocado aquella obligación al principio, tenía que reconocer que Gabriela había tenido razón. Desde que ella era su maestra, su inglés estaba mejorando a pasos agigantados.
Sin embargo, aquel cambio en los horarios que le permitía más horas de sueño por la noche también había tenido una consecuencia no tan atractiva: coincidía menos horas con Gabriela.
La Guardiana estaba estudiando un máster en Bioquímica y tenía clases en la facultad todas las mañanas, además de los jueves por la tarde hasta las siete. El resto de las tardes trabajaba como becaria en un importante laboratorio, por lo que solía estar fuera casi hasta la noche. Aquello no le dejaba mucho tiempo para dedicarle.
Nicole no había tardado mucho en darse cuenta de que Gabriela no solo era una Guardiana en el Refugio, sino el centro de toda la Orden. Ella organizaba las guardias, aprobaba las cuentas y partidas de gastos, supervisaba el estado de los almacenes… nadie tomaba ninguna decisión sin consultarlo antes con ella, por mucho que intentase delegar tareas en Gloria, quien había sido su predecesora en el liderazgo de Alnilam. Y con el poco tiempo que disponía a diario, solía regresar a su casa bastante tarde. Aún con todas sus obligaciones, Gabriela se había responsabilizado de gran parte de su formación desde el primer día. Sandra no había perdido ocasión de reprochárselo dejando clara su disconformidad, ya que añadía más obligaciones sobre ella y Nicole no había sido la única en mostrar signos visibles de cansancio durante las primeras semanas después de su llegada. Así que ella se había sentido un poco culpable, pero en el fondo le encantaba su atención, pues se sentía cada vez más unida a ella.
Sandra y Gloria, sin embargo, residían a tiempo completo en el Refugio por lo que, en ausencia de Gabriela, ellas tomaban el relevo en su formación.
Habitualmente Gloria, quien había sido también mentora de Gabriela, le enseñaba los temas más teóricos mientras la preparación física recaía por el momento a cargo de Sandra.
Tener a Sandra de entrenadora no era ni mucho menos divertido. Decir que era exigente, era quedarse cortos.
Una noche de principios de diciembre, Nicole se dejó caer completamente rendida de cansancio sobre la cama de Gabriela, mientras esta se quitaba la chaqueta tras acabar de llegar de la calle. En el Refugio no necesitaban calefacción, pues la temperatura se mantenía constantemente alrededor de los veintidós grados.
—¿Cómo la aguantas? —le preguntó, frustrada.
Gabriela se echó a reír y se sentó junto a ella.
—¿Qué te ha hecho hoy?
—Te juro que si sigue así va a terminar por matarme de agotamiento. ¡No puedo ni caminar de lo que me duelen las piernas! —se quejó.
—Sé que Sandra puede ser un poco dura, pero…
—¡¿Un poco?! Si se endurece un poco más nos haremos ricas porque se habrá convertido en un diamante de metro ochenta —replicó, ofuscada, haciendo reír a la Guardiana con el comentario.
—Es una buena Guardiana, Nicole —insistió—. Aprenderás mucho de ella.
—Prefería aprender de ti… —le dijo con expresión de súplica.
—Y a mí me gustaría mucho enseñarte —confesó ella, apartándole el pelo de la cara con dulzura—, pero por el momento no tengo mucho tiempo libre de dónde rascar. Si quieres, puedo reservarte los sábados por la mañana. El viernes suelo quedarme a dormir siempre en el Refugio.
—¡Sí! ¡Yo también puedo quedarme contigo! —le dijo entusiasmada.
—¡Hecho! Pero hagamos un trato. Solo entrenaremos el sábado. El viernes por la noche nos lo tomaremos de descanso, ¿de acuerdo? Podemos ver una película, charlar, lo que tú quieras. Pero nada de trabajar. Necesito un respiro —propuso Gabriela.
—Me parece genial. Creo que yo también lo necesito.
—De hecho, este viernes es festivo y lo tengo libre, ¿quieres que aprovechemos y hagamos algo juntas? —preguntó. Nicole la miró con expresión lastimera.
—He quedado con Raquel para estudiar después de comer… El lunes tenemos un examen —le dijo—. Pero puedo venir por la mañana e intentaré volver temprano. Le diré que me ha llamado la madre de Laura y Guille para un apuro y estaré de vuelta a las ocho, ¿de acuerdo?
La verdad es que en las últimas semanas le había cogido mucho cariño y poco a poco se estaba formando un fuerte vínculo entre las dos. Raquel seguía siendo su mejor amiga, pero Gabriela empezaba a tener un lugar especial en su vida. No de la misma forma que la primera. En ella había encontrado a una figura con la que se sentía cómoda para hablar de cualquier cosa, al igual que haría con una amiga, pero además de ello actuaba como su mentora y en más de una ocasión había sido muy protectora con ella frente a otras Guardianas, especialmente frente a Sandra. Se estaba convirtiendo para ella en la hermana mayor que nunca había tenido.
—Está bien. Así aprovecho para ir a comer a casa de mis padres. Pero por la mañana podemos ponernos con tu inglés. ¡No me mires así! Venga, quítate ropa y ponte el albornoz —le ordenó Gabriela mientras se desnudaba—. Vamos un rato al spa y luego te traeré un gel que tenemos en la enfermería para tus piernas. Te ayudará.
Raquel se despertó, sacando el brazo de debajo del edredón y lo alargó hasta su mesilla de noche. Cuando su desnuda extremidad rozó el frío ambiente de la habitación, sus vellos se erizaron y se apresuró a arrebujarse de nuevo bajo el edredón con un escalofrío. Era una mañana gélida. Las temperaturas habían descendido en la última semana de forma vertiginosa, sin previo aviso. Un tiempo extraño para el habitual clima barcelonés que anunciaba que el otoño estaba llegando a su final. Asomó ligeramente la cabeza y miró el calendario que estaba justo detrás de su teléfono, apoyado sobre la lisa superficie de la mesilla.
Viernes.
En situaciones normales, hoy tendría que ir a clase, pero era día festivo y el instituto estaba cerrado. Bien. Podría quedarse toda la mañana en la cama si quería. Y con el aire frío que inundaba el exterior de su guarida bajo el edredón, era la mejor opción posible. Con un rápido movimiento, cogió el mando que estaba sobre su escritorio y encendió la televisión. Se acurrucó en las mantas y se entretuvo viendo el programa mañanero que emitían en ese momento. Poco después su madre entró en la habitación llevándole un tazón que despedía un apetecible olor.
—Buenos días, dormilona —le dijo cariñosamente.
—Buenos días. ¿Cómo es que hace tanto frío en casa, mamá?—preguntó Raquel desperezándose.
—Se nos ha estropeado el climatizador y el técnico no vendrá hasta mañana. Así que tendremos que aguantar y arreglárnoslas como podamos —le dijo con un suspiro de resignación.
Su madre salió del cuarto y regresó al poco rato con un pequeño calefactor eléctrico. Lo enchufó y lo situó cerca de la cama. Se quedó unos minutos charlando con ella mientras desayunaba. Después le recogió el tazón vacío y salió del cuarto cerrando la puerta tras ella. Raquel se quedó a solas, acostada en la cama, con los ojos fijos en la tele, sin prestarle demasiada atención a la programación. A esas horas, nunca echaban nada que le interesase demasiado. Apagó la tele y encendió la cadena de música. Mientras escuchaba el nuevo disco El canto del loco, cogió un libro de la mesilla y se puso a leer un rato.
Después de comer, llegó Nicole. Traía su mochila a la espalda, como siempre, cargada de libros. Se había prestado a explicarle la última lección de Física y Química que habían dado esa semana.
—Llegas temprano —observó extrañada a su amiga. No esperaba a Nicole hasta una hora más tarde.
—Sí. Tendré que irme un poco antes de lo planeado. La madre de Laura y Guille me ha llamado a última hora para un apuro, así que solo tengo hasta las siete. Por eso he venido un poco antes, espero que no te importe —contestó la muchacha.
—Vaya, esperaba que pudiésemos salir después… ¡Mi madre ya me había dado permiso! —respondió, ofuscada.
—Lo siento, pero realmente necesito el dinero y no puedo dejarles colgados —se excusó Nicole—. Si te parece y tu madre nos deja, salimos el próximo fin de semana.
—¿En mitad de los exámenes? Ni que no la conocieses —protestó Raquel.
—Entonces cuando terminemos el último examen. Así no se podrá negar. Sobre todo si sacas una buena nota en Química… —replicó enseñándole el libro con expresión de súplica.
Raquel entornó los ojos e hizo pasar a su amiga al estudio.
—¡Qué remedio! Pero me debes una.
Allí estuvieron horas metidas, garabateando cifras y letras en folios en blanco que se iban rellenando poco a poco, hasta que dieron las siete de la tarde. Nicole consultó su reloj y se echó hacia atrás en su silla.
—Bueno, creo que por hoy ya es suficiente. No quiero cansarte demasiado esas neuronas. Tengo que irme ya —le dijo con una sonrisa burlona a Raquel.
—Está bien. Voy a ir planeando la fiesta a la que vamos a ir al final de los exámenes porque va a ser sonada.
Nicole recogió sus cosas y se despidió de ella en la puerta, bajando con su madre en el ascensor, que también salía. Raquel se quedó sola en casa. Volvió a su habitación y encendió de nuevo la televisión.
No había pasado ni media hora desde que Nicole y su madre se habían ido cuando sonó el timbre. No era el timbre del telefonillo, sino el del piso. Se acercó a la robusta puerta de la entrada y se asomó a la mirilla. Delante de la puerta había un chico joven, un poco mayor que ella. Descorrió el cerrojo de la puerta y la abrió.
Lo observó con el interés de cualquier chica de su edad a un joven como aquel.
Tenía el pelo rubio, bastante corto y unos seductores ojos verdes. Vestía bien, con unos vaqueros desgastados muy a la moda y un jersey de punto blanco con cuello subido que marcaba una espalda perfecta. Raquel tuvo que reprimir un salto al verlo. Era increíblemente atractivo, pensó. Su cara le resultaba conocida, aunque no recordaba de dónde. Desde luego, no era un chico de su instituto. Chicos así no pasan desapercibidos y menos en un lugar lleno de chicas adolescentes. Él pareció sorprenderse un poco al verla. Se quedó mirándola con los ojos abiertos. Tras unos segundos, Raquel se aventuró:
—¿Hola? —dijo en un tono inquisitivo—, ¿querías algo?
El joven pareció reaccionar y se rascó la cabeza tímidamente mientras se ruborizaba.
—Hola —dijo entrecortadamente—, supongo que no me habrás reconocido, lo entiendo. Verás, trabajo como repartidor de pizzas a domicilio. Hace unas semanas os traje un pedido a ti y a otra chica que estaba contigo, no sé si lo recuerdas.
Raquel se quedó atónita, pensando. Al momento le reconoció. ¡Claro! Era el joven repartidor tan guapo que se había fijado en Nicole el día que habían ido al Zoo. No podía creérselo.
—¡Sí! ¡Te recuerdo! —exclamó impulsivamente—. Creo que fue ya hace casi un par de meses.
El chico esbozó una enorme sonrisa que embobaría a cualquier chica. Y Raquel no fue menos.
—Sí, probablemente. Eh… —empezó el joven, buscando las palabras adecuadas—, supongo que esto te parecerá un poco extraño, ya que no nos conocemos de nada —bajó la vista mientras se explicaba—. Lo cierto es que cuando os vi aquel día, me llamasteis la atención y me quedé pensando mucho en vosotras dos, sobre todo en tu hermana —Ahora fue el turno de Raquel en ruborizarse. Su corazón latía a cien por hora. Cuando se enterase Nicole… ¡Ya se moría por contárselo!—. Y, no sé, me apetecía conoceros. Y como no habéis pedido más pizzas, no tenía ninguna excusa para venir, así que… ¡Me ha tocado pasar la situación incómoda! —terminó el joven, dedicándole una arrebatadora sonrisa.
Raquel se quedó muda por unos instantes, sin poder hacer otra cosa que sonreír tímidamente, aunque estaba segura de que, si se hubiese visto en un espejo, sin duda se hubiese dado un par de bofetadas.
—¡Vaya! —exclamó, bajando la vista—. No me lo esperaba. Pero bueno, he de decir que me alegro —dijo sonriendo coquetamente, mientras su tez se volvía cada vez más roja. El joven le devolvió la sonrisa.
—Me llamo Joan —se presentó el joven, tendiéndole una mano a Raquel para romper el hielo.
—Yo soy Raquel —contestó la chica aceptando el gesto. Luego se quedó parada frente a él sonriéndole. El chico miró hacia el interior de la estancia y le preguntó:
—¿Tu hermana no está? —la pregunta la bajó de las nubes a las que la habían subido aquellos ojos verdes.
—¡Oh! ¡Te refieres a Nicole! No es mi hermana —explicó—, es mi mejor amiga. Ya me di cuenta la otra vez de que te había gustado —se atrevió a decirle.
Joan volvió a pasarse la mano por el pelo, en un gesto tímido que a ella la resultó de lo más irresistible. Tanto que estuvo a punto de ofrecerle pasar a su casa, pero se lo pensó dos veces. Al fin y al cabo era un desconocido y ella estaba sola. Y el joven aparentaba un par de años más que ellas. Algo que, bajo su punto de vista, lo hacía más interesante todavía.
—Estaba pensando… que si quieres cojo mi chaqueta y salimos a dar un paseo.
—Me encantaría —respondió él sonriendo.
—Dame un segundo —le dijo.
Raquel se apresuró a coger su abrigo mientras el nerviosismo la invadía. Pensó brevemente en lo que diría su madre si ella salía sin permiso, pero aquella espalda de nadador bien valía una buena bronca. Además, mientras regresase antes que su madre, estaría a salvo.
Metió sus llaves en el bolsillo y salió cerrando la puerta. Joan la esperaba en el rellano.
—La verdad —dijo Raquel—, es que si hubieses llegado un poco antes, hubieses visto a Nicole. Estuvo aquí hasta hace un rato. Vino a explicarme un tema de química. Ella es un as en esto de las ciencias, pero a mí se me dan fatal —la joven hablaba sin parar. Era una forma de librarse de esos nervios que la descontrolaban.
Recorrieron las calles de Barcelona hablando de todo un poco, y también de Nicole. El chico parecía estar muy interesado en ella.
“Desde luego sí que le dio fuerte, qué suerte tiene Nicole”, pensaba Raquel mientras escaneaba con su visión de rayos X el atlético cuerpo de Joan. Pronto se hizo tarde y decidió regresar antes de que lo hiciesen sus padres. Joan la acompañó hasta su portal y ambos quedaron para tomar un café la tarde del día siguiente.
—¡Intentaré llevar a Nicole! —le gritó Raquel, mientras el chico se alejaba calle arriba.
—¡Por favor! ¡Adeu! —contestó Joan antes de desaparecer tras el recodo de un edificio.
Raquel subió a su casa con una sonrisa imborrable en la cara y fue directa a por su móvil. Con dedos temblorosos, escribió agitadamente un mensaje a su amiga contándole los importantísimos sucesos del día. Esperó su contestación durante toda la noche. Últimamente, Nicole estaba bastante desconectada de su teléfono. Con una mueca de fastidio se metió en la cama. Con lo importante que era esto… Estaba impaciente por saber la reacción de su amiga. Bueno, todo indicaba que tendría que esperar al día siguiente. Apagó la lamparilla y se durmió.
7
ENTRE ESPADAS
Sábado 7 de diciembre de 2002
Cruzaron la antesala y descendieron al sótano por las escaleras, donde estaba situado el gimnasio del Refugio. Al entrar vieron a varias de las Guardianas entrenando allí. Gabriela hizo una señal a Nicole para que la siguiese y se dirigió a una de las salas contiguas a través de una puerta lateral.
Encendió la luz y la guio al interior. La sala era una habitación sencilla de buen tamaño con espejo en una de sus paredes más largas. En el lado opuesto había una mesa rectangular bastante alargada.
Llamaron a la puerta y Sandra se asomó.
—Traigo lo que me pediste —dijo dándole dos maletines de lona de gran tamaño.
—Gracias, Sandra —contestó, cogiéndolo.
Su compañera salió sin despedirse y Gabriela cerró la puerta tras ella. Se acercó a la mesa y abrió uno de los maletines, extendiendo la tela sobre la mesa y mostrándole su contenido a Nicole, que se acercó interesada.
—El mundo de la espada es muy extenso —empezó a explicarle—. Con el tiempo, aprenderás a distinguir los distintos tipos de armas de hoja, desde los cuchillos y las dagas hasta las espadas a dos manos, aunque esas nunca las vas a utilizar ni enfrentarte a ellas.
—¿Voy a enfrentarme a espadas? —preguntó Nicole, alarmada.
—Algún día, sí —confirmó—. Es el arma favorita de la mayoría de los Enviados. Nosotras también utilizamos bastante el arco, sin embargo.
—Supongo que eso nos da más ventaja.
—No necesariamente. El arco te permite disparar a un objetivo a mucha distancia, pero también tiene sus inconvenientes. No se puede ocultar con facilidad ni se puede transportar con comodidad. Y no permite una recarga rápida. Cuando te enfrentas con un Enviado es fundamental calcular bien las distancias. Ellos tienen la misma agilidad que nosotras y se mueven con mucha rapidez. A veces, aunque lleves el arco, la espada es la mejor opción en un ataque en el que no tienes suficiente tiempo de reacción. Y aunque consigas estar a la suficiente distancia con un Enviado como para que merezca la pena utilizarlo, la puntería tiene que ser excelente, precisamente por lo que he dicho. No son blancos fáciles.
—Pero tú también lo usas. O al menos eso es lo que he escuchado —observó la muchacha.
—Tengo buena puntería —repitió, permitiéndose mostrarle una sonrisa orgullosa.
—¿También me enseñarás a tirar con el arco?
—Claro. Pero para eso debemos salir del Refugio. Aquí no tenemos ningún lugar donde podamos practicarlo adecuadamente. Lo haremos en otra ocasión. Por ahora, centrémonos en esto —le dijo apuntando a las espadas que se exhibían en la funda—. Hay muchos tipos de espadas de muchos tamaños diferentes. Sandra y yo te enseñaremos distintas técnicas y vas a practicar con distintos tipos de arma, pero al final tú misma irás viendo con cuál te sientes más cómoda y desarrollarás tu propio estilo. No todas tenemos el mismo cuerpo ni las mismas habilidades. Lo importante es potenciar lo que nos ofrece una ventaja para contrarrestar lo que no tenemos. Los Enviados suelen aventajarnos en fuerza, pero nosotras somos más pequeñas y podemos movernos con mayor agilidad y rapidez que la suya —le dijo seriamente.
—¿Te has enfrentado alguna vez con ellos? —preguntó Nicole. Gabriela asintió.
—Unas cuantas —confesó.
—¿Cómo son?
La curiosidad de Nicole era comprensible. No le sorprendía que hubiese tardado en preguntar sobre ellos. La mayoría de las Guardianas se pasaban los primeros meses adaptándose al Refugio y a su nueva vida. Mientras no tuviesen contacto con ellos, los Enviados eran casi una leyenda urbana de la que las Guardianas hablaban constantemente, como si fuesen aquellas abuelas supersticiosas que intentaban asustar a los niños para que se portasen bien. Gabriela había aprendido demasiado pronto que aquellos “monstruos” eran reales, y quizá por eso había tenido la motivación suficiente como para terminar su Iniciación en el tiempo récord de catorce meses y ser nombrada pocos meses después de cumplir los diecisiete años.
Pero en el momento en el que las jóvenes comenzaban a entender que aquel entrenamiento tenía como finalidad prepararlas para un encuentro que tarde o temprano iba a darse, empezaba el interés real. Y con él las preguntas.
—Podría decirse que son nuestra versión masculina —explicó tras meditarlo un poco—. La mayoría aparentan entre veinte y cuarenta años. Tienen buena condición física… como es esperable de un guerrero.
—Te refieres a… —dijo Nicole gesticulando con sus brazos como si tratase de señalar unos enormes biceps imaginarios. Ella se rio con su ocurrencia.
—Más o menos. Están en buena forma física. Tienen buenos brazos y una buena espalda, sí, pero si te los estás imaginando en plan Arnold Schwarzenegger, no son así exactamente —rio—. Eso les haría perder rapidez y flexibilidad a la hora de enfrentarse con nosotras en la espada. Nuestro cuerpo no es así por casualidad. Lo define lo que hacemos.
—¿Son guapos? —preguntó la joven con una sonrisa traviesa.
—¡Nicole! —la reprendió, azorada.
—Solo era curiosidad… —se excusó la muchacha, un poco avergonzada ante su reacción.
Gabriela suspiró y apartó la mirada.
—Son hombres, al fin y al cabo —contestó sin mirarla—. Algunos son… atractivos, y otros no tanto. Pero son Enviados. Son nuestros enemigos —replicó con dureza mirándola a los ojos.
—Entendido —asintió Nicole con un hilo de voz.
Volvió la vista hacia las espadas que descansaban en la mesa e hizo un esfuerzo por concentrarse en ellas. Lo cierto era que las preguntas de Nicole estaban levantando viejas ampollas.
Como le había contado a la muchacha, Gabriela se había encontrado con los Enviados en varias ocasiones.
Además de aquella primera vez cuando solo era una Iniciada, había vuelto a encontrárselos cuando tenía dieciocho años, siendo una Guardiana recién nombrada. Había acudido a Madrid con Elena, una de las Guardianas más experimentadas en activo por aquel entonces, para colocar una cámara que les permitiese tener vigilada la ciudad, ya que por lo que Albana les contaba cuando visitaba la base se pasaba bastante por la capital. Se dirigían a la estación de tren para regresar a casa cuando se cruzaron con un Enviado en medio de la Gran Vía. Era un hombre alto y fuerte, de pelo castaño, vestido con ropa negra aunque sin el cuero que era habitual en ambas organizaciones. Llevaba un escorpión tatuado en la zona baja del cuello. Ambos clanes se reconocieron en seguida, pero estaban a plena luz del día y la cosa no llegó a más.
La segunda vez que se cruzó con ellos fue también la primera que tuvo que enfrentarlos a las armas. Fue un año y medio más tarde, cuando tenía veinte años. Había acudido a Frankfurt para conocer la base y a sus Guardianas y, mientras estaba allí, su Portadora Hanna les contactó para pedirles ayuda. Estaba en Berlín y tenía la sensación de que la habían seguido. Gabriela acudió a la capital alemana para dar apoyo a sus compañeras de Alnitak y habían comprobado que las sospechas de Hanna no eran infundadas. Se habían encontrado no solo con uno sino con una partida de cinco Enviados. Sus compañeras alemanas conocían la ciudad mejor que ella y, mientras tres de ellas ayudaban a la Portadora a escaparse, ella se había sumado a las otras tres para plantarles cara y entretenerles. Recordaba perfectamente la sensación de adrenalina que la había recorrido al luchar contra ellos. Siempre había temido que, llegado el momento, el miedo la paralizaría. No solo no había sucedido, sino que en cierto modo se había sentido exultante.
Sin embargo, su siguiente encuentro con uno de ellos le quitaría muchas horas de sueño durante los años posteriores. Sucedió en Perpiñán, al sur de Francia, no demasiado lejos de la frontera con España, tres semanas antes de su veintidós cumpleaños. Habían recibido una señal de alerta de las Guardianas de la Orden de Mintaka. Souad, su Portadora, había estado ocultándose allí durante los últimos meses y creía haber visto una pareja de Enviados que parecían seguirle la pista. Al ser la Orden más cercana, ella misma se presentó allí con dos alnilamitas más.
Pasó la noche rastreando la ciudad en busca de alguna pista sobre sus enemigos, mientras Sandra y Patricia ayudaban a la Portadora a salir de la ciudad.
Cansada y decepcionada por una búsqueda sin resultados y sabiendo que Souad estaba ya a salvo lejos de la ciudad, se permitió subir a la torre del Palacio de los Reyes de Mallorca, que se alzaba orgulloso en el centro de la ciudad ofreciendo una vista espectacular de las montañas en todas direcciones. Todavía vestida con su traje de Guardiana, se colocó sus auriculares y se puso a escuchar música esperando la salida del sol sentada sobre el borde del muro. Sonaban los primeros segundos de “Fascination Street”, de la banda The Cure cuando el viento cambió de repente, trayéndole un fuerte perfume masculino que le erizó toda la piel del cuerpo en alerta. Sus sentidos se agudizaron y su pecho se comprimió bajo la sensación de alarma disparada por su instinto, haciéndola girarse.
Frente a ella, sobre el repecho de la cornisa del otro lado de la torre, a tan solo unos pocos metros de distancia, un joven la observaba con el cuerpo en tensión, acuclillado en una posición defensiva. Los mechones de su largo pelo negro se mecían alrededor de su cara, movidos por el mismo viento que sacudía su propia melena castaña. Ni sus pantalones ni su larga gabardina de cuero negro ocultaban su cuerpo atlético. Su indudable marca, el tatuaje de un escorpión negro bocabajo en su cuello, apenas oculto por el cabello que le rozaba los hombros, le delataba, al igual que el mango de la espada que asomaba sobre su hombro derecho. Gabriela advirtió el cable de los auriculares que se perdía bajo el cuello de su chaqueta entre los mechones de su cabello negro. Sus ojos, de un azul tan intenso que producirían una irresistible atracción en cualquier mujer, estaban clavados en ella en la misma expresión indescifrable con la que ella le había recibido.
Ambos se irguieron lentamente sin atreverse a romper aquel contacto visual. Se miraron intensamente, con el cuerpo en tensión, durante unos instantes que parecieron interminables. Fue una mirada que partiría en dos el más sólido iceberg, cargada de toda clase de emociones. Era como si entre ellos se hubiese abierto la caja de Pandora y los pecados capitales se hubiesen apoderado de ellos. El más temido de todos ellos, la ira, se dibujaba con fuego en las pupilas de ambos, aderezada con una buena dosis de confusión. Sus puños se apretaban en una mueca de rabia. El corazón de Gabriela latía con fuerza mientras lo observaba. Su desprecio por él aumentaba por segundos, mientras en su interior se estaba librando una batalla que la aturdía tanto como la presencia que se erguía a unos metros frente a ella. Como Guardiana odiaba a aquel hombre, un Enviado, y su mente la instaba a desenvainar la espada. Pero como mujer, se sentía inexplicable y desesperadamente atraída por él, y por más que luchaba contra aquel pensamiento, no conseguía reprimir su deseo.
Gabriela siempre había destacado por su determinación y una voluntad de hierro. Y en aquel preciso instante, cuando más había necesitado de aquellas cualidades, su mente había sido totalmente incapaz de controlar a su corazón desbocado. Luchaba por parecer serena e impasible ante él, intentando vencer su esencia de mujer, que se revelaba traicionera contra el poder de su voluntad.
Él sostuvo su mirada sin pestañear hasta que unos minutos después una voz masculina rompió el silencio desde la calle, dirigiéndose a él en inglés.
—Arion, debemos irnos.
El joven mantuvo aquella intensa conexión visual unos segundos más. Después serenó su rostro y se echó la capucha sobre la cabeza, ocultándose. Antes de desaparecer en la noche, se volvió y le dirigió una última mirada a Gabriela, que intentaba por todos los medios calmar el temblor de su cuerpo.
—Volveremos a vernos —le dijo con voz firme, clavando en ella sus hechizantes ojos azules.
Le dio la espalda y se precipitó al vacío, desapareciendo entre la densa niebla que se había levantado sobre la ciudad a ras del suelo.
Gabriela se quedó allí de pie, observando el lugar por el que había desaparecido, hasta que una lágrima asomó por su mejilla. Furiosa consigo misma, descargó su ira en un grito que resonó en el aire, extendiéndose por la ciudad.
Antes de saltar del edificio y volver junto a sus compañeras, se prometió que jamás volvería a permitir que sus emociones la dominasen de esa manera, y mucho menos frente a uno de sus enemigos.
Nunca le había hablado a nadie de aquel encuentro. Lo había guardado en secreto en un rincón de su corazón, esperando que el tiempo lo desvaneciera como aquel Enviado lo había hecho entre la niebla. Pero en el silencio de la noche, en la intimidad de su cuarto, la intensidad con la que sus ojos azules la habían mirado había regresado a su recuerdo en muchas ocasiones.
Hasta entonces nunca había pensado que ser mujer y ser Guardiana fuesen algo incompatible, si no que más bien iban de la mano. Sin embargo, en aquel amanecer, tres años atrás, la batalla que había librado no había sido contra el Enviado, sino contra la mujer que era debajo de su traje de cuero.
“Volveremos a vernos.”
Aquellas tres palabras la habían atormentado muchas noches, desesperada por la certeza de que la perspectiva de volver a ver a aquel Enviado le producía la misma ansiedad que anhelo.
En su cuarto, Nicole le había preguntado cuál había sido la razón de que, después de casi cinco años de relación, terminase con su novio Marc. Nicole había supuesto que el motivo, al igual que con Daniel, había sido su dedicación a la Orden. Pero la verdad era muy distinta. La verdadera razón de dejar su relación con Marc había sido aquel Enviado. El maremoto de emociones que había provocado en ella con solo una mirada le había hecho plantearse si sus sentimientos por el que había sido su pareja en los últimos años eran lo suficientemente fuertes. En los días siguientes a su viaje a Perpiñán, su mente regresaba a aquel rostro de melena azabache cada vez que veía a Marc. Eran sus ojos azules los que veía cuando cerraba los suyos para besar a su novio. El nombre que acudía a su mente cuando hacían el amor no era el de su pareja. Era el suyo.
Arion.
Así que, inexplicablemente para mucha gente, Gabriela había decidido poner fin a su relación, esperando poder concentrarse en olvidarse de ambos.
Después de aquel encuentro había vuelto a enfrentarse a ellos en varias ocasiones, pero nunca se había vuelto a topar con él. Con el paso del tiempo y el aumento de la carga de trabajo había conseguido olvidarlo.
Hasta hoy.
Las preguntas de Nicole le habían traído de vuelta a su memoria. Cuando le había preguntado si eran atractivos, su corazón había estado a punto de salírsele del pecho.
Lo que le había contestado era cierto. Bajo sus ropas de cuero, eran hombres. Distintos unos de otros. De diferentes edades y etnias, al igual que las Guardianas. Y como tal, había algunos que le parecían físicamente más guapos que otros. Al final era una cuestión de gustos personales. Pero para ella, ningún hombre le había resultado tan atractivo como él. Ni siquiera sabía por qué. La parte física era obvia, pero probablemente se debía en gran medida al aire exótico que él tenía para ella. Acostumbrada a rostros más sureños, Arion tenía un aura nórdica que le resultaba intrigante. Pero además estaba ese factor difícil de describir. Algo impalpable, pero imborrable. Y aquel coeficiente invisible era la clave del magnetismo que él había surtido en ella.
Pero como le había dicho a Nicole, era un Enviado. Y eso lo zanjaba todo.
Se sacudió su recuerdo de la mente y volvió su atención a las espadas.
—Como te iba diciendo, hay muchos tipos de armas blancas. En esta funda hay solo una pequeña muestra. En la armería tenemos una colección bastante más extensa que iré enseñándote poco a poco. Tenemos auténticos tesoros —dijo sin ocultar su entusiasmo.
Sacó el ejemplar de pequeño tamaño de la funda y se lo mostró a Nicole.
—Esto es un tanto, un cuchillo japonés. Los samuráis solían llevarlo al cinto como complemento a su espada principal, aunque terminó por utilizarse mayormente en ceremonias y rituales.
—Me recuerda un poco a las katanas, solo que mucho más pequeño.
—Tiene una forma similar, sí. No me sorprende que hayas escuchado hablar de las katanas. Sin duda son de los tipos de espadas más famosas que existen. Más parecidas todavía, son estas —dijo sacando dos espadas idénticas de la funda, similares al cuchillo que acababa de mostrar pero de mayor tamaño—. Estas son dos wakizashi gemelas. Son similares a las katanas pero de menor tamaño. Antes te dije que cada Guardiana termina por encontrar la espada con la que se siente más cómoda y desarrolla su maestría en ese tipo. Pues bien, estas son las mías —le dijo, orgullosa.
—¿Las dos a la vez? —preguntó Nicole sorprendida.
—Así es. Luchar con dos espadas requiere de más técnica, pero si se domina, ofrece la posibilidad de atacar y defenderse al mismo tiempo, lo que puede ser una gran ventaja.
Sacó otra espada, de hoja más ancha y recta que las anteriores.
—Esto es una dagesse italiana. ¿Qué diferencias ves con la wakizashi? —le preguntó, tendiéndole ambas por la hoja para ofrecerle el mango.
Nicole cogió una en cada mano y las observó con detenimiento.
—La hoja es diferente. Más fina y curvada en la japonesa —dijo—, mientras que la italiana es recta y acaba en punta.
—¿Algo más? —preguntó Gabriela.
—Las japonesas tienen una hendidura en la hoja. La italiana no —contestó.
—La acanaladura —asintió la Guardiana, complacida—. No todas las wakizashi la llevan. Pueden llevar una o incluso doble acanaladura. Es un elemento que también se puede encontrar en algunas espadas europeas. ¿Para qué crees que sirve?
Observó la hoja de las espadas, pensativa.
—¿Para que la sangre fluya por ellas…? —preguntó un tanto cohibida.
Gabriela sonrió.
—Es una teoría muy extendida —contestó—, pero en realidad es más bien una leyenda urbana. La realidad es que acanalar la hoja la hace menos pesada. En el caso de las wakizashi, son espadas bastante ligeras de por sí, pero se utilizan en artes marciales en las que prima la rapidez y la agilidad, así que la ligereza es fundamental. Si a eso le añades que la hoja no es demasiado larga y se puede transportar fácilmente a la espada, tendrás como resultado un arma perfecta para una Guardiana. Muchas de nosotras las llevamos. Algunas espadas más largas pueden resultar pesadas, y añadir acanaladuras ayuda a aligerar su peso. ¿Qué más diferencias ves?
—Esta parte de aquí —respondió Nicole señalando la sección horizontal que había al final del mango, donde empezaba la hoja de la espada.
—La guarda —asintió la Guardiana—. Así es como se llama esa parte. Como ves, las espadas japonesas tienden a tener muy poca o ninguna guarda, mientras que las europeas suelen tenerla ancha. Algunas incluso cubren la mano casi por completo.
—Eso debería ser bueno, ¿no? ¿No es peligroso que no la tenga?
—Así es. Las espadas que carecen de guarda suponen menos protección a la mano, por lo que el riesgo de cortes o heridas en combate es mucho más alto. Pero al mismo tiempo, una guarda pronunciada también puede aumentar la facilidad para el oponente para desarmarte, además de añadir peso a la espada. Las wakizashi originalmente llevan guarda. Yo he preferido quitársela por la forma en la que lucho, pero para protegerme utilizo guantes.
—¿Y son lo suficientemente resistentes?
—Depende de los guantes. Como te habrás imaginado, no compramos nuestros trajes en ningún centro comercial —dijo riendo—. Los diseñamos y fabricamos nosotras. O más bien, las Guardianas de Alnitak y Saiph. Nosotras hemos colaborado en el diseño y ellas son quienes se encargan de convertirlo en realidad. Los guantes son parte el traje. Ambas piezas están hechas en una combinación de cuero con tela sintética en áreas específicas que nos permita la suficiente flexibilidad sin renunciar a la seguridad. En los últimos años, hemos añadido algunos elementos en kevlar para aumentar la protección de las zonas más expuestas, especialmente el dorso de las manos y los dedos. Aun así, es fácil que se escape algún corte. La mayoría de nosotras tenemos unas cuantas cicatrices. Lo importante es intentar que no sean graves.
Le mostró sus manos, señalándole unas cuantas cicatrices pequeñas que las surcaban. No quería meterle miedo, pero al mismo tiempo, tampoco quería pintarle de color de rosa algo que no dejaba de ser peligroso.
—¿Y esta de aquí? —preguntó Nicole señalando una espada más corta que la italiana, con un mango cilíndrico que se ensanchaba en una curva para abrazar el ancho de la hoja recta, que parecía más basta que sus compañeras orientales.
—Esto es un gladius, la espada utilizada por los ejércitos romanos —le explicó, sacándola de la funda y dándosela a Nicole.
—Es bastante ligera —observó la muchacha, sopesándola con ambas manos—. ¿Es auténtica?
—Si te refieres a si es original de la época romana, no. Esta es una espada de manufactura moderna, pero sí tenemos en nuestra colección algunas originales que nos han ido quedando en herencia de otras Guardianas. Sin embargo, las tenemos más bien como museo —reconoció—. El acero antiguo es de menos calidad que los modernos. Y eso es algo a tener en cuenta también. Tanto este gladius como la dagesse han sido fabricadas con acero toledano, que es de mejor calidad que las espadas japonesas, aunque ellas tienen la fama.
—Aun así tú prefieres las japonesas —observó la joven.
—Cierto. Pero mis espadas han sido hechas con acero de Damasco, que es todavía mejor que el de Toledo. Además, la razón principal por la que las elegí no fue el tipo de acero. La forma y el tamaño de las wakizashi son perfectas para mi estilo y mi cuerpo.
Gabriela se acercó a la otra funda que había sobre la mesa, mucho más grande, y la abrió. Nicole dejó escapar una exclamación al ver la espada que había dentro. Era enorme. Gabriela la cogió y la extendió hacia ella por el mango.
—Cógela —le ordenó.
Nicole alargó su mano y la cogió. Cuando Gabriela la soltó, Nicole dejó escapar un gemido al tiempo que la espada se precipitaba al suelo y la obligaba a asirla con ambas manos.
—¡Pesa un montón! —exclamó.
—Sí, y es muy larga, como puedes ver. Intenta levantarla.
Nicole asió el mango con ambas manos y la alzó con mucho esfuerzo.
—¿Te imaginas haciendo giros con ella?
—¡Imposible!
—Esta espada es demasiado larga para llevar cómodamente cuando tenemos que movernos por la ciudad y demasiado pesada para poder maniobrar con rapidez en combates cuerpo a cuerpo. Es una claymore, un espadón o mandoble a dos manos. Es una espada escocesa, y es una de nuestras espadas originales, heredada de las Guardianas de Alnilam de muchas generaciones atrás. Es parte de nuestro tesoro, pero no la utilizamos, no es práctica. Sin embargo, su forma tiene ciertas ventajas que Sandra supo aprovechar. Su espada es lo que se llama una espada cadete, una réplica de la claymore en menor tamaño. Como ves, tiene un mango largo, lo que facilita un buen agarre y un manejo fácil. Es pesada, pero el peso se distribuye bien, por lo que permite golpear con mucha fuerza. Sandra es una mujer alta y puede entenderse bien. Y al mismo tiempo, la forma de la guarda proporciona una buena proporción a las manos al tiempo que, si se sabe manejar, permite utilizarla para enganchar el arma contraria.
—¿Con cuál voy a empezar a practicar yo? —preguntó Nicole entusiasmada.
Gabriela la miró arqueando una ceja y sacó un par de espadas de espuma de un cesto que había bajo la mesa. Le tendió uno a Nicole.
—Con esta —le dijo esbozando una sonrisa al ver su expresión decepcionada —. Es la primera vez que cojes una espada, ¿en serio crees que voy a dejarte entrenar con ellas? ¿Es que quieres perder una mano? Tardarás meses, quizá años, en irte a la espada real. Por el momento empezarás con esto. Más adelante pasarás a una de polipropileno o madera. Créeme que en cuánto empieces a recibir moratones y cortes vas a desear volver a la espuma otra vez.
El rostro de la joven se tornaba más desesperanzado con cada uno de sus comentarios. Gabriela sonrió y caminó hasta el centro de la sala.
—No te desanimes. Esto requiere paciencia. Y la vas a aprender a base de palos. Literalmente —le advirtió—. Venga, ven aquí. Veamos de qué tienes madera.
8
VENTAJAS DE SER GUARDIANA
Nicole dejó caer su espada de espuma y cayó rendida sobre el suelo del gimnasio.
—No puedo más —dijo, resoplando.
Gabriela miró su reloj de pulsera y se relajó.
—Son casi las dos. Ha sido un buen entrenamiento. Venga, vamos a darnos una ducha y nos metemos un rato en el estanque antes de comer —replicó la Guardiana para su inmenso alivio.
Al subir por las escaleras se dio cuenta de lo mucho que le dolían las piernas. Casi no le daba tiempo a superar unas agujetas cuando ya caían las siguientes.
Cogieron un par de albornoces de uno de los vestidores donde guardaban la ropa blanca y entraron al spa. Caminaron al fondo de la estancia y se metieron bajo las duchas, una al lado de la otra.
—Bueno, ¿qué tal tu primera lección de espada? —le preguntó Gabriela bajo el chorro de agua.
—No sé qué me dolerá más mañana, los brazos o todos los moratones que voy a tener —respondió la joven sintiendo los músculos de sus extremidades doloridos mientras se aplicaba el champú en el pelo.
—Después pasaremos por la enfermería para que te eches más crema —replicó la Guardiana.
—Quitando eso… tengo que reconocer que me ha gustado —añadió con una sonrisa.
—Eso era lo que quería escuchar —dijo Gabriela con complicidad.
—Es más entretenido que estudiar geografía e historia clásica.
—Hablando de estudiar, ¿tú no tienes un examen de química el lunes?
—Sí.
—¿Quieres que te eche una mano con eso? —le preguntó ella—. Ayer me dijiste que había varias cosas que te entraban con las que tienes dificultades.
—Me encantaría —dijo Nicole—, pero he quedado en pasarme por casa de Raquel.
—Ah, sí —replicó Gabriela con una sonrisa cómplice—. El rubio de ojos verdes… ¿Estás nerviosa?
—¡Como un flan! Pero la verdad es que cansarme me ha venido bien —reconoció.
—Si quieres, pásate más tarde por aquí y repasamos el examen —ofreció Gabriela mientras ambas se metían en el estanque y se sentaban en los escalones que lo rodeaban.
—Lo intentaré.
En ese momento se abrió la puerta del baño y entraron Sandra y Clara, sudadas tras su entrenamiento. Nicole se alarmó al ver un corte en el brazo de Clara del que brotaba sangre.
—¡Estás sangrando! —exclamó al ver a su compañera desnudarse. Gabriela salió del agua y se acercó a Clara para examinar su corte.
—Es solo superficial —dijo tras revisar la herida—. Ponte la crema antiséptica después de la ducha —le aconsejó—. Esto es lo que tiene entrenar con espadas de verdad —añadió la Guardiana girándose hacia Nicole. ¿Todavía tienes prisa por empezar con ellas?
—Creo que no —reconoció.
Miró de reojo a Sandra, que se había desnudado y caminaba hacia las duchas detrás de Clara.
Todas las Guardianas tenían buena figura, pero la de Sandra era excepcional. No solo tenía un cuerpo perfectamente definido sino que era muy alta y esbelta, con unas largas piernas que le otorgaban un andar felino.
Se acercó a Gabriela y le habló en susurros para evitar que sus compañeras las escuchasen.
—Sandra es muy alta. Con ese cuerpo podría ser…
—¿Modelo? —terminó su compañera con una sonrisa—. Lo es. Bueno, más bien lo fue, hasta que se vio obligada a recluirse en el Refugio.
Nicole la miró sorprendida.
Gabriela deslizó su cuerpo bajo el agua y dejó caer su cabeza sobre el borde, cerrando los ojos para relajarse. Cuando Sandra y Clara terminaron de ducharse, salieron hacia la enfermería, dejándolas a solas. Se relajó un rato disfrutando del calor del agua hasta que su compañera se levantó y se puso el albornoz, indicando que era hora de irse.
—Vístete y nos vemos en la enfermería —le ordenó la Guardiana, saliendo de la estancia.
Tras aplicarse un poco de crema sobre los futuros moratones que al día siguiente estarían de otra tonalidad, bajaron al comedor.
Carmen, la dulce abuelita del Refugio, había estado toda la mañana en la cocina debatiendo con Ona, otra de las veteranas de más edad, cuál era la mejor manera de preparar un buen asado de pollo. Nicole no tenía ni idea quién había ganado aquel debate. Solo sabía que aquel asado olía a comida de los dioses. Al menos aquello no le estaba prohibido.
Se sentaron a la mesa junto a un buen número de Guardianas. No estaban todas, puesto que había algunas que trabajaban los sábados por la mañana o habían aprovechado para salir a hacer compras u otros recados. A Nicole le complació ver que la mayoría de las compañeras con las que tenía más relación estaban sentadas alrededor de la mesa. Se sentó junto a Gabriela frente a Clara y Eva y empezó a charlar animadamente con ellas mientras daba buena cuenta de su plato y de su enorme cuenco de ensalada.
Judith y Patricia, dos de las Guardianas fénices de Alnilam, se pusieron a contarles historias de todas las veces que se habían enfrentado a los Enviados, y la sobremesa se volvió todavía más interesante cuando fue el turno de las Arcontes y las tres ancianas para contar las suyas. A Nicole le fascinaba escucharlas. En primer lugar, porque sus historias de juventud tenían un tinte mágico contadas de sus bocas, adornadas con aquel aire nostálgico que las hacía más especiales. Y segundo porque ella nunca había tenido nada parecido a una abuela. Apenas recordaba a su madre, y lo que recordaba tampoco era digno de ninguna melancolía. Su madre había sido una persona muy atormentada y sin un gran instinto maternal. La había criado en un piso compartido, lejos de su Inglaterra natal, por lo que Nicole nunca había tenido la oportunidad de conocer a sus abuelos, de los que había sabido por su tío que ya habían fallecido.
Las ancianas del Refugio se habían convertido en esa figura amorosa y cómplice que siempre había despertado su curiosidad. Quizá por eso se quedó encandilada en sus historias cuando hacía largo rato que habían terminado el postre, hasta que Gabriela la trajo de vuelta a la realidad.
—Nicole, ¿tú no habías quedado después de comer?
—Sí, ¿qué hora es?
—Son casi las cinco de la tarde —contestó la Guardiana.
—¡¿Las cinco de la tarde?! —exclamó alarmada, levantándose como un resorte—. ¡Raquel me va a matar!
Se despidió de las Guardianas a toda prisa, subió a por su mochila y salió del Refugio, precipitándose a coger el metro.
Cuando llegó a casa de Raquel, su amiga la estaba esperando visiblemente molesta.
—¿Pero dónde te has metido? —le gritó—. Últimamente llegas tarde a todas partes. ¡Pero dejarme plantada con un chico guapo que te está esperando ya me parece increíble!
—¡Lo siento, lo siento! —gimió—. Ayer estuve hasta muy tarde en casa de Laura y Guille y se me ocurrió tumbarme en la cama después de comer y me quedé dormida —mintió—. ¡No te imaginas lo que me fastidia haberme perdido el café con Joan!
—Parece que estáis destinados a no veros por segundos. Se acaba de ir hace unos minutos —dijo Raquel—. ¡Tenías que haber venido!
—¿Crees que no me apetecía? —replicó ella, fastidiada.
—Te apetecería más aún si vieses lo guapo que estaba hoy —replicó su amiga con una sonrisa encantada—. Más te vale que vengas a la próxima cita o te juro que me lo quedaré para mí —le advirtió.
—Ni hablar —protestó Nicole—. Tú tienes a Pablo y a todos los demás. Para uno que se fija en mí… ¡No seas acaparadora!
—¿Y cómo vas a compensarme por el plantón? —preguntó Raquel ignorando el comentario con un gesto de la mano.
—A ver… ¿Qué quieres?
—Que te quedes a dormir y mañana vengas conmigo al pueblo —dijo Raquel—. Venga, Nicole. Últimamente casi nunca te quedas. Estás tan ocupada que apenas tenemos tiempo de ponernos al día. Y si has estudiado tanto, llevarás el examen de maravilla, ¿no?
Nicole entornó los ojos. En realidad no había tocado el temario que entraba en el examen desde el día anterior, pero era cierto que en los últimos dos meses había tenido mucho menos tiempo con Raquel, ya que cada vez pasaba más en el Refugio. Se lo debía.
—Está bien, pero espero que no volvamos muy tarde mañana. Quiero repasar para el examen —accedió.
Nicole pasó la noche del sábado y casi todo el domingo con Raquel siendo simplemente la chica de dieciséis años que seguía siendo bajo todos los moratones que tenía en su piel. Por suerte hacía frío y pudo ocultar la mayoría de ellos a ojos de su amiga. El que llegó a ver fue fácil de justificar.
Regresaron a Barcelona cuando casi empezaba a anochecer.
Se apresuró hacia el Refugio y, cuando llegó, descubrió decepcionada que Gabi no estaba. Su tío Julio se había puesto enfermo y había ido a verle.
—Vaya… —dijo con fastidio, dejándose caer ante la mesa del comedor junto a Clara y Eva, sus dos compañeras de Iniciación—. Quería que me ayudase con el examen de mañana. Casi no he podido estudiar y hay un par de temas con los que voy muy perdida.
—¿A qué hora tienes el examen? —le preguntó Eva.
—A primera —se quejó Nicole.
—Entonces no hay problema —dijo Clara—. Mañana no tengo clase hasta las diez.
—Yo también estaré libre —replicó Eva, que tenía unos meses de edad menos que Clara, quien estaba a punto de cumplir los diecinueve. Clara había empezado el segundo curso de la carrera de Historia mientras que Eva había empezado en una academia para preparar oposiciones a policía.
Intrigada, vio a sus compañeras cruzar una sonrisa cómplice.
—¿Qué estáis tramando?
—¿Tienes ahí el libro? —le preguntó Clara.
Nicole cogió su mochila y sacó su libro de Física y Química. Eva se lo quitó de las manos.
—¿Qué temas te entran?
—Los tres primeros —dijo Nicole mientras sus compañeras inclinaban las cabezas juntas sobre el libro—. ¿Me queréis decir qué planeáis?
—Nicole, nos pasamos años compaginando estudios con la Iniciación. Y ya has visto la caña que mete Sandra aquí. ¿Cómo crees que podemos sacar tiempo para tener un poco de vida además de todo eso? —replicó Eva, mirándola fijamente.
—¿Qué quieres decir?
—“¿Para qué tenemos poderes si no los utilizamos?” —dijo Clara utilizando el hilo mental que habían abierto entre las tres durante sus primeras clases juntas.
Nicole dejó escapar una exclamación y bajó la voz, aunque estaban solas en el comedor.
—¿Usáis la telepatía para chivaros las respuestas de los exámenes? —exclamó en un susurro.
—¡Todo lo que podemos! —contestó Eva.
—¿Cómo si no iba a sacar la nota que saco en Historia contemporánea? Es un tostón —se quejó Clara.
—¡Pero eso es trampa! —replicó Nicole.
Sus compañeras se rieron.
—Puede… pero si tenemos que convertirnos en guerreras para proteger al resto del mundo, bien nos pueden pasar una pequeña trampilla, ¿no crees? —replicó la universitaria.
Nicole se sentía incómoda ante la idea. Nunca había copiado en un examen. De hecho, la posibilidad la ponía tan nerviosa que dudaba que pudiese hacerlo.
—No sé si seré capaz… ¡Seguro que se me nota!
—¿Qué te van a notar? ¿Quién va a enterarse de que te estamos chivando las respuestas? —replicó Eva.
Se miraron significativamente entre las tres.
—Venga. Deja el libro. Vamos a ver una película. Necesitas desestresar.
Aquella noche, Nicole llamó a la residencia para avisar de que no iría a dormir y pasó la noche en el Refugio con las dos Iniciadas.
Al día siguiente, Clara y Eva se reunieron en el comedor a la hora en la que su compañera tenía que hacer el examen, y abrieron el libro de Química que les había dejado. Tenían también ante ellas un portátil con el navegador de internet abierto.
—¿Tú tienes algo de idea de química? —preguntó Eva.
—Estudio Historia, ¿tú qué crees? Esperemos que el examen sea más bien teórico —dijo ojeando el libro de primero de bachillerato de Nicole.
—“Nicole, ¿cómo vas? ¿Ya te han dado el examen?” —preguntó Eva por el hilo que compartían las tres.
—“Sí. Estoy completando algunas preguntas de las que me sé la respuesta, pero hay unas cuantas en las que me vais a tener que echar un cable” —dijo.
—“Pues vete diciéndolas y así las vamos buscando” —pidió Clara.
—“El cloruro de titanio reacciona con el magnesio para dar cloruro de magnesio y titanio metal. Si se ponen a reaccionar 20 gramos de cloruro de titanio con 10 gramos de magnesio, calcula:” —dictó Nicole mientras ella apuntaba en un folio—. “¿Cuál es el reactivo limitante?, ¿Cuántos gramos de titanio se obtienen?”
Eva se apresuró a ojear el libro mientras Clara buscaba en internet.
—¡Hay que hacer cálculos! —se quejó Clara, resoplando—. Yo no tengo ni idea de esto.
—“¿Tienes alguna otra pregunta que buscar?” —le preguntó a Nicole intentando ganar tiempo y suplicando internamente por algo un poco más teórico.
—“Calcular la masa molecular de un gas sabiendo que 8,78 gramos del mismo medidos a 912 milímetros de mercurio y 27 grados, ocupan un volumen de tres litros.”
Eva y Clara se miraron horrorizadas.
—“¿Es que no tienes nada que no sea calcular con fórmulas imposibles?” —exclamó Eva agobiada.
—“¡Es un examen de química! ¿Qué esperabais?” —replicó Nicole, nerviosa.
—“¿Que te preguntasen cómo se llama el elemento de la tabla periódica con símbolo Na?” —contestó Clara avergonzada. Nicole dejó escapar una risa sarcástica.
—¿Qué estáis haciendo?
La voz de Gabriela sobresaltó a las dos Iniciadas, que se volvieron hacia ella alarmadas y cerraron el libro de inmediato, cubriéndolo con el brazo.
—Aquí, estudiando un rato —dijo Eva esbozando una sonrisa cortés—. ¿Tú no tenías que estar en la facultad?
—Hoy no tengo clase hasta las once. Uno de mis profesores está enfermo —dijo la Guardiana mirándolas con desconfianza—. ¿Qué estáis tramando?
Caminó hacia ellas y extendió el brazo.
—Déjame ver ese libro… —exigió arqueando una ceja.
Clara tragó saliva al ver a su compañera darle el libro a Gabriela, que lo miró con interés.
—Física y Química de primero de bachillerato —leyó en la portada—. Refrescadme un poco la memoria, ¿quién de vosotras está en ese curso?
Las dos apartaron la mirada, incómodas.
—No lo puedo creer… —dijo Gabriela, y Clara vio por el rabillo del ojo que a ella se le daba mejor sumar dos más dos que a ellas—. ¡Estáis chivándole las respuestas del examen a Nicole!
—Para ser honestas, más bien lo estamos intentando —dijo Eva.
—Y fallando estrepitosamente… —añadió Clara.
Gabriela se acercó y apartó su brazo, observando los garabatos de fórmulas que había debajo.
—No me puedo creer que Nicole haya accedido a esto —se quejó Gabriela—. Creí que tenía mejores principios…
—En realidad fuimos nosotras quien la convencimos… —reconoció, sintiéndose mal por su compañera. No solo le estaban fallando en el examen, sino que además la iban a meter en un buen lío con su líder.
—Eso no es excusa —replicó la Guardiana.
Gabriela resopló y leyó las preguntas que Nicole le había dictado a las chicas.
—No estáis usando la fórmula correcta —les dijo—. La variable de la temperatura no va aquí, sino aquí —corrigió.
Buscó el hilo con Nicole y la contactó.
—“El reactivo limitante es el tetracloruro de titanio. Con ese dato deberías poder calcular los gramos de titanio.”
—“¿Gabi...?” —musitó la joven con un hilo de voz.
—“Para la masa molecular tienes que multiplicar los gramos que tienes del gas por la constante universal de los gases ideales y la temperatura en grados Kelvin, y luego dividir el resultado entre la multiplicación de la Presión y el volumen que te dan. Recuerda que debes convertir la Presión primero a atmósferas. ¿Sabes cuál es la constante?”
—“Cero coma cero ocho dos uno” —respondió Nicole.
—“Bien. ¿Necesitas ayuda con algo más?” —le preguntó.
—“¡No! Con eso basta. ¡Gracias! ¡Eres la mejor!” —exclamó la chica, animada.
—“Y tú estás castigada” —replicó.
—“¿Castigada?” —gimió la joven, azorada.
—“¿En serio? ¿Usando la telepatía para zafarte de estudiar para los exámenes? No me sorprende de Eva, ¿pero de ti?”
—“Dijiste que te alegraba que empezase a ver mis poderes como un don…” —se justificó la muchacha, provocándole la risa floja.
—“Hablaremos esta noche” —dijo, cortando la conexión con ella.
Se volvió hacia Eva y Clara con el ceño fruncido.
—Sabéis a quién le toca pulir las espadas de la armería este mes, ¿verdad? —les dijo arqueando una ceja.
Las Iniciadas la miraron con expresión dolida.
—¿¿¿Todas??? —protestó Eva.
—Todas. Vosotras y Nicole, por supuesto —afirmó Gabriela—. Y dad gracias que no os pongo a hacer turnos nocturnos en la sala de vigilancia cada fin de semana de aquí a Año nuevo.
Salió del comedor y se permitió liberar una pequeña risa que llevaba un rato conteniendo. En realidad, las chicas no estaban haciendo nada que ella, Sandra e Ingrid no hubiesen hecho también cuando eran Iniciadas. Pero así aprenderían que, cuando se planea dar un golpe, más importante aún que el resultado del mismo es hacerlo sin ser pillado. Era una lección que les vendría bien también como Guardianas.
Entró en la sala de vigilancia, donde Sandra estaba sentada haciendo turno de mañana.
—¿Algo nuevo? —le preguntó, sentándose junto a ella.
—Todo está tranquilo —contestó su compañera.
Miró las cámaras situadas al norte de la catedral, pensativa.
—¿Qué ocurre, Gabriela? Algo te preocupa.
—No lo sé… Desde hace un par de meses tengo un mal presentimiento. Algo me dice que están aquí, Sandra —confesó—. Los Enviados saben de sobras que tenemos una base. Queda muy poco para el fin de ciclo. Y, sin embargo, llevan tiempo sin dar señales de vida aquí. No es normal. Mi intuición me dice que están en Barcelona.
—Si están y no se están mostrando, ¿crees que puedan estar preparando algo gordo?
—Eso me temo…
—Nunca encontrarán el Refugio. Aunque consiguiesen llegar hasta alguna de las entradas, necesitarían una de las Piedras Ámbar para entrar.
—A menos que lleguen hasta una de nosotras… —replicó Gabriela.
—Hasta ahora no lo hemos permitido.
—Confiemos en que siga así. De todas formas, no bajemos la guardia con la vigilancia.
—No lo haremos —repuso Sandra—. Me ha parecido escuchar que las espadas de la armería van a estar relucientes este mes.
—¿Te puedes creer que le estaban dando las respuestas del examen a Nicole?
Su compañera le dirigió una mirada de reproche.
—Cuéntame algo que no sepa —le dijo Sandra—. Personalmente, me alegra ver que tienen algo de pericia. No les vendrá nada mal ahí afuera. Aunque me sorprende de Nicole.
—¿Verdad?
—Parece que tiene sangre en las venas al fin y al cabo.
—¡Sandra! —protestó Gabriela riendo—. No te pueden ver, pero en el fondo eres igual que ellas.
—No se lo digas. No quiero que me pierdan el respeto.
—¿No estarás confundiendo el respeto con el miedo? —preguntó con una sonrisa condescendiente.
—El resultado es el mismo, así que cualquiera de los dos me vale —contestó Sandra, orgullosa—. ¿Te quedas a comer?
—No, tengo clase a partir de las once. Pero quiero desayunar un poco antes de irme. ¿Quieres un café?
—Te lo agradecería.
Desayunó un tazón de avena, leche y frutos rojos mientras preparaba café para ella y Sandra, y se tomó un poco de tiempo para ponerse al día con la que era su mano derecha en la Orden.
Sandra tenía un carácter fuerte. Tanto que casi todas sus compañeras la rehuían la mayor parte del tiempo. Pero Gabriela sabía que, aunque siempre había sido altanera, aquel malhumor habitual en ella se debía al dolor que le había causado tener que separarse de su familia.
Muchas de ellas habían tenido que renunciar a su vida en la superficie y recluirse casi de forma permanente en el Refugio, a excepción de las misiones y las noches en las que salían como Guardianas. Si los Enviados las identificaban podían poner en riesgo a sus familiares o amigos para intentar llegar a ellas, por lo que cuando ese riesgo existía, abandonaban todo y desaparecían para no ponerlos en riesgo ni a ellos ni a la Orden. Cuando esto sucedía con una Guardiana huérfana, solían hacerse a la idea más pronto, ya que la mayoría de ellas terminaba por crear mayores lazos entre su Orden de los que ya tenía con anterioridad. Pero para las que todavía tenían familia era tremendamente doloroso. Gabriela era una de ellas y podía entender a la perfección el dolor por el que Sandra había pasado.
Ella misma se temía el momento en el que tuviese que dar ese paso. Muchas veces se preguntaba si estaría preparada para asumir su responsabilidad y hacerlo o si, por el contrario, terminaría convertida en una mujer amargada y malhumorada como Sandra. De alguna forma sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a aquella encrucijada.
9
JOAN
Viernes 13 de diciembre de 2002
Aquella semana transcurrió de lo más ajetreada para Nicole. Estaban en la recta final del primer trimestre, en plenos exámenes. El de química había sido solo el primero, pero a ese le habían sucedido otros cuatro, uno por cada día de la semana. Así que, después de la pequeña bronca de Gabriela, se había pasado todas las tardes combinando horas de estudio en la biblioteca de su barrio con Raquel y el poco tiempo libre que tenía lo dedicaba a su aprendizaje en el Refugio. A regañadientes, Gloria y Sandra habían accedido a acortar sus lecciones durante las siguientes dos semanas para que pudiese concentrarse en sus exámenes.
Estaba deseando que llegase el viernes. No solo para terminar de una vez con aquella maratón de tests que mantenían a los estudiantes con los nervios a flor de piel, sino también porque el viernes por la tarde ella y Raquel habían vuelto a quedar con Joan.
Así que cuando por fin llegó el día, las horas de instituto le parecieron interminables. Después de hacer el examen de Catalán que tenían a penúltima hora, todos estaban llenos de adrenalina y con pocas ganas de prestar atención en la última lección.
—¿Ya sabes qué vas a ponerte hoy? —preguntó Raquel.
—¿Qué quieres que me ponga? —contestó Nicole señalándose la ropa que llevaba puesta—. Por si te has olvidado, habíamos quedado en que voy a comer a tu casa.
—¡Por suerte! No puedes ir a tu cita con Joan con esa ropa —contestó Raquel en tono desaprobador—. Cuando lleguemos a casa vamos a echar un vistazo en mi armario a ver qué podemos encontrarte. ¡A este no lo puedes dejar escapar!
Nicole estaba a punto de rebatirle cuando sintió un calor súbito en su pierna, proveniente del interior del bolsillo de su pantalón. Se llevó la mano y acarició la forma triangular de su Piedra Ámbar, temiéndose que alguien pudiese advertir el brillo desde el exterior del pantalón.
Como le habían enseñado las Guardianas, dejó su mente en blanco y permitió que quien estaba intentando contactar con ella lo hiciese. La voz de Gabriela la sorprendió. A esas horas, ella debería estar en la facultad.
—“Gabi, ¿qué ocurre?”
—“Siento molestarte, Niki” —le dijo cariñosamente—“Me temo que tengo que pedirte que vengas al Refugio al salir del instituto. Algo está pasando con los Enviados y estamos un poco nerviosas. Si no quieres venir aquí podrías quedarte en la residencia, pero tengo que pedirte que canceles la cita de hoy. Sería muy arriesgado. Creemos que están en Barcelona. La verdad, me quedaría más tranquila si pasases la noche aquí en la base.”
—“¿Tú también estás ahí?” —preguntó decepcionada y sorprendida al mismo tiempo.
—“Sí, llevo varias horas aquí. He dicho que tenía una urgencia en casa, así que tampoco iré al laboratorio”
—“¿Es grave?”
—“Lo suficiente”
—“Está bien. Estaré ahí en una hora, pero tengo que pedirte un favor. Necesitaré una buena excusa para Raquel. ¿Puedes llamarme a mi teléfono a la salida del instituto? Le diré que es la madre de Laura y Guille.”
“Claro. Luego hablamos. Siento mucho que tengas que perderte tu cita otra vez.”
“No importa…” —contestó resignada.
El destino parecía no querer que se encontrase con él. Regresó a su conversación con Raquel y, con el corazón en un puño, fingió entusiasmarse con su amiga pensando en la ropa que se iban a poner en la cita de aquella tarde. Poco después de que sonase la campana, Nicole recibió una llamada telefónica y se adelantó haciéndole una señal a Raquel para cogerla. Tras colgar, se volvió hacia su amiga con el rostro lleno de decepción.
—Sé que vas a matarme… —le dijo—, pero no voy a poder quedar esta tarde. De hecho, tengo que irme ahora mismo.
—¿¡Qué!? —exclamó Raquel, atónita—. ¿Cómo que no puedes quedar?
—Era la madre de Laura y Guille. Laura se ha puesto enferma y ella tiene que trabajar. Me ha pedido que vaya a recogerla del colegio y me quede con ella hasta que regrese. No tiene a nadie más a quien acudir. No puedo negarme… —se lamentó.
Raquel resopló de impaciencia, visiblemente decepcionada.
—No me puedo creer que vayas a darle plantón otra vez. ¿Cuánto tiempo crees que va a esperarte? Nicole, ¡los chicos así no caen del cielo todos los días!
—¡Ya lo sé! —gimió.
La verdad es que se sentía muy frustrada. Parecía que el destino no quería que se encontrase con aquel chico. No llevaba ni tres meses en la Orden de Alnilam y esta ya interfería activamente en lo que debería ser su vida de adolescente. ¿Sería esto una muestra de lo que le esperaba el resto de su vida? Gabriela había tenido varios novios, pero al final, había terminado dejándolos a todos porque no tenía tiempo para dedicarle a sus relaciones. Y no veía a muchas otras Guardianas con pareja. Pero a la vez, en tan poco tiempo ya se sentía muy cómoda allí. Tener que elegir constantemente entre estar con Raquel y con las Guardianas se volvía cada vez más difícil.
—Por favor, dile a Joan que lo siento. Ahora con los exámenes es un poco difícil para mí compaginarlo todo. Él también tiene un trabajo a tiempo parcial, puede que lo entienda. ¿Qué tal si quedamos para ir al cine el próximo sábado?
—Los sábados Joan trabaja por la noche.
—¿El domingo?
—Hablaré con él. ¡Pero más te vale no volver a cancelar!
—Haré todo lo posible, te lo prometo —dijo Nicole, cruzando los dedos para que lo que estaba pasando en el Refugio no fuese más que una falsa alarma y no volviese a presentarse ningún contratiempo ante aquella cita.
Se despidió de su amiga y cogió el autobús hacia el barrio gótico.
Gabriela estaba reunida con Sandra y Patricia en la sala de vigilancia cuando Nicole llegó al Refugio. Los golpes de sus nudillos en la puerta las sobresaltaron, y se interrumpieron al verla asomar la cabeza.
—¿No ves que estamos reunidas? —protestó Sandra, recibiéndola con el ceño fruncido.
—Lo siento, solo quería avisarte de que he llegado —dijo mirando a Gabriela.
—Está bien, Niki, no te preocupes. Ve a la sala Blanca con las demás. Casi todas están allí. Iremos en cuanto tomemos una decisión para comunicárosla.
La joven asintió y cerró la puerta tras ella. Se volvió hacia sus compañeras y observaron preocupadas el monitor grande, en el que se veía un mapa de Europa con algunos puntos marcados en negro.
—Empiezo a pensar que tenías razón con tus malos presentimientos —dijo Sandra, preocupada—. No hemos tenido un solo enfrentamiento ni avistamiento de Enviados desde hace casi un año y ahora esto.
—¿Por qué ahora? —preguntó Patricia.
Gabriela frunció el ceño, pensativa, concentrándose en los puntos marcados sobre los monitores. En las últimas horas, las Guardianas de Alnitak en Frankfurt habían dado aviso de un enfrentamiento que habían tenido con dos de ellos la noche anterior en el centro de la ciudad. Además de eso, tanto las cámaras alemanas instaladas en Berlín y Hamburgo como las cámaras que tenía Alnilam en Madrid, en Perpignan y en Toulouse habían captado imágenes de grupos relativamente numerosos de Enviados. Y para terminar de cerrar el problema, una de las cámaras al norte de la Catedral, en la propia Barcelona, también había captado a uno de ellos. No era habitual que se dejasen ver en tantos puntos distintos a la vez. Toda la Unión estaba inquieta.
—Algo me da mala espina con esto —dijo Gabriela—. Fijaos en las localizaciones. Berlín, Hamburgo, Toulouse, Perpignan y Madrid. Todas ellas son ciudades en las que hemos tenido algún encontronazo con ellos.
—Excepto Perpignan —apuntó Sandra.
Gabriela apartó la mirada, intentando evitar que sus compañeras advirtiesen la reacción en su rostro. Ella era la única que había tenido un encuentro en aquella ciudad, pero jamás le había hablado sobre ello a nadie. En aquel momento casi se le había escapado.
—Excepto Perpignan, pero que no los encontrásemos no quiere decir que no estuviesen allí —dijo, corrigiéndose rápidamente—. Siempre sospechamos que habían estado.
—¿Qué piensas que pretenden? —preguntó Patricia.
—Mira las imágenes —la instó—. Ni siquiera intentaron ocultarse. Se mostraron abiertamente, a propósito, allí donde creyeron que les veríamos. Intuyen que tenemos vigilancia en los lugares en los que nos hemos encontrado con ellos en algún momento, y por eso se han dejado ver en ellos.
—Pero, ¿todos a la vez? ¿Qué pretenden?
—Sacarnos de la base… —dijo Gabriela con expresión seria—. Nos están provocando. Intentan vaciar las bases de Alnilam y Alnitak de Guardianas.
—¿Por qué? —preguntó Sandra.
—Quedan menos de dos semanas para Navidad —dijo Gabriela—. Creo que intuyen que las Portadoras querrán regresar a pasar las fiestas en su base. No han atacado Rigel, ni Betelgeuse. Solo las dos bases europeas, que es donde más peso tienen estas fiestas.
—Y quieren sacar a las Guardianas en activo para dejarlas desprotegidas cuando lleguen… —completó Sandra.
—Exacto —dijo Gabriela—. Es la única explicación que se me ocurre.
—Tiene sentido —observó su compañera.
—Si tus sospechas son ciertas, esto parece un ataque a gran escala. Si sumas a todos los Enviados que están participando en las distracciones, el número empieza a ser importante —dijo Patricia—. ¿Cuántos crees entonces que están en Barcelona y Frankfurt?
—Honestamente, no lo sé. Pero no creo que sea solo uno. Si lo que quieren es sacarnos del medio para que las Portadoras no tengan apoyo cuando regresen, necesitarán de mucha fuerza para hacerlo —replicó.
—¿Y qué hacemos entonces? —preguntó Patricia.
—Por lo pronto, no caer en la trampa. Tenemos que hablar con Suna, en Frankfurt, y pedirle que bajo ningún concepto envíen a ninguna Guardiana como respuesta. No debemos responder a la provocación. No quiero arriesgar a las Guardianas de esa forma. No desconfío de nuestra capacidad, pero recelo de la suya. En los últimos años, los Enviados tienen mejores guerreros —asintió Gabriela.
—¿Vas a encerrar a todas las Guardianas en la base? —preguntó Sandra arqueando una ceja.
Gabriela se frotó las sienes, preocupada.
—Es lo último que quiero hacer —reconoció—. Si quito a un montón de chicas de las calles, despertaremos la atención sobre ellas y entonces las identificarán. Pero si hay una horda de Enviados en Barcelona de todas formas las pongo en peligro… Empecemos por el fin de semana. Creo que todas podemos encontrar la forma de permanecer en el Refugio sin levantar sospechas en la superficie. Doblaremos la vigilancia en las cámaras. Ya veremos qué pasa durante la semana —concluyó.
—De acuerdo —acordó Ingrid.
Miraron a Sandra interrogativamente, que hizo un gesto de asentimiento con la cabeza sin relajar su expresión ceñuda.
—¿Te importa comunicarlo tú a las Guardianas? —le preguntó a Patricia—. Quiero contactar a Emile para hablar con ella lo antes posible.
—Claro. Nos vemos luego.
Gabriela se echó la media hora siguiente en la sala de comunicaciones en videoconferencia con Alnitak. Su Guardiana líder era Suna, pero Gabriela guardaba una buena relación con otra de las mujeres que era más similar a ella en edad, Emile. Ambas habían coincidido en varias ocasiones y la alemana había pasado algún tiempo en la base catalana también, además de Gabriela en Frankfurt. Tenía un carácter más razonable y abierto que Suna, que en ocasiones podía pecar de impulsiva. Emile y ella bromeaban a veces conque Suna era la versión alemana de Sandra: casi igual de irascible, aunque con menos pronto. La alnilamita confiaba en que la influencia de Emile fuese de ayuda para convencer a su líder de no responder a la provocación de los Enviados.
Tras terminar, se dirigió a la sala Blanca, pero ya la encontró vacía. La reunión se había disuelto. Buscó a Sandra, que le informó de que habían distribuido los turnos de vigilancia en grupos de tres, que se turnarían cada dos horas durante todo el fin de semana. Le pareció buena idea y se sintió aliviada de saber que el suyo no llegaría hasta las once de la noche, por lo que tenía un poco de tiempo para relajarse un poco.
Fue a la armería y cogió sus espadas de la pared y el cinturón que usaba para la espalda, bajando a la sala del gimnasio en la que había entrenado a Nicole. Se alegró de encontrarla vacía. Sacó su reproductor de MP3 del bolsillo de las mallas y se colocó los auriculares, cubriéndolos con una cinta del pelo para que no se cayesen con el movimiento. Siempre la relajaba escuchar música mientras entrenaba, aunque a Nicole le fascinaba que encontrase aquel tipo de música, “relajante”.
Se colocó el cinturón y envainó las espadas en él. Llevar las armas a la espalda no era lo más práctico a la hora de envainar y desenvainar, pero sí lo era a la hora de moverse con agilidad y saltar edificios, por lo que la mayoría de las Guardianas preferían entrenar con las espadas a la espalda para aprender a subsanar aquella dificultad extra y tener mejor libertad de movimientos.
Se cubrió los ojos con una venda y desenvainó las espadas, respirando profundamente. Dejándose llevar por el ritmo de “Tight rope” de Lacuna Coil, uno de sus grupos favoritos, inició una danza con ambas espadas, alternando fintas lentas en las que jugaba con el equilibrio de su cuerpo con movimientos rápidos y ágiles, moviéndose por la sala sin llegar a tocar ninguna de las paredes.
Llevaba un buen rato entrenando cuando le pareció escuchar las bisagras de la puerta al cerrarse. Se frenó en seco y se sacó la venda.
—Niki —dijo viendo a la joven Iniciada entrar por la puerta—, ¿sucede algo?
—No, no te alarmes —respondió la muchacha—. Solo venía a buscarte para ver si te apetecía un poco de tortilla que he hecho.
—¿Tortilla? —preguntó con expresión desaprobadora.
—¡Tranquila! ¡Yo no he probado ni un bocado! —se apresuró a decir Nicole—. La he hecho para ti… bueno, y para las que quieran.
Gabriela se quitó los auriculares y se acercó a ella, envainando las espadas a la espalda.
—¿Intentas que te levante el castigo con tortilla…? —le preguntó con una sonrisa condescendiente.
—No quiero que me levantes el castigo —replicó la muchacha—. Pero sí que me perdones… siento mucho haberte decepcionado —dijo bajando la cabeza.
Gabriela no pudo evitar enternecerse.
—No estoy enfadada, Niki —le aseguró, levantándole el rostro y sonriéndole—. Venga… vamos a ver qué tal se te da cocinar.
—No soy ninguna maravilla —reconoció la joven—. No tengo muchas ocasiones de practicar. Pero la tortilla me ha enseñado a hacerla la abuela de Raquel y me sale casi tan bien como a ella.
Subieron juntas al comedor y Gabriela pudo comprobar que el plato había tenido tanto éxito que había desaparecido más de la mitad en el tiempo en el que Nicole había ido a buscarla. Se quitó el cinturón con las espadas y sentaron juntas en la mesa. Nicole cogió una pieza de fruta para acompañar a Gabriela mientras se tomaba una tapa.
—¡Madre mía, Nicole! ¡Está brutal! —exclamó tras dar el primer bocado.
La joven esbozó una sonrisa de oreja a oreja.
—Casi tengo la tentación de levantarte el castigo —dijo mirándola de reojo—. Casi —añadió sonriendo viendo la expresión esperanzada de la Iniciada—. Las espadas necesitan que le saquen brillo y yo no tengo tiempo.
—¡Ni yo tampoco! —se quejó Nicole—. Tengo exámenes todos los días. ¿No podías castigarme después de los exámenes?
—¿Prefieres que te fastidie las vacaciones? —preguntó Gabriela arqueando las cejas mientras masticaba otro bocado. Nicole resopló frustrada.
—No... O me chafarás todas las citas con Joan.
Gabriela se sintió mal. Sabía que llevaba intentando quedar con el chico ya varias veces y por un motivo o por otro, la mayoría relacionados con la Orden, siempre terminaba por perderse las citas.
—Siento mucho que no hayas podido ir hoy, Niki. En serio —le dijo, mirándola con sinceridad.
—Parece que el universo se esté confabulando para que no le conozca —se quejó la muchacha.
—¿Joan no trabaja en una pizzería? —preguntó Gabriela.
—Sí. Así fue cómo lo conocimos. Fue el repartidor que nos sirvió la última vez que pedimos una pizza con Raquel.
—¿Y por qué no te pasas por allí a saludarle? Así verá que no te estás burlando de él y que, si le has dejado plantado varias veces, ha sido solo por una serie de desafortunadas casualidades.
—¿Ir a verle a su trabajo? ¿Yo sola? —preguntó Nicole, horrorizada—. No creo que me atreva a eso…
—¿Por qué no?
—Me daría vergüenza ir sola… Además, es un repartidor, seguro que no está en la pizzería más que para recoger las pizzas.
—Perfecto para que solo tengas que pasar los nervios durante un ratito mientras está allí —dijo Gabriela—. Ahora mismo no podemos arriesgarnos, pero en cuánto se pase la alarma, podemos ir juntas a la pizzería, ¿qué te parece?
—Bueno, si vienes tú…
—Trato hecho.
El fin de semana transcurrió tranquilo, lo que no rebajó en absoluto la tensión entre las Guardianas principales de Alnilam. Como habían acordado, tanto ellas como las de Alnitak se abstuvieron de salir de la base. Los Enviados continuaron haciendo acto de presencia ante las cámaras de las mismas ciudades, a excepción de Frankfurt y Barcelona. Gabriela estaba segura de que seguían allí y su ansiedad creció a medida que llegaron a las últimas horas del domingo. Muy a su pesar, dejó que las Guardianas y las Iniciadas regresasen a sus vidas en la superficie al día siguiente, incluyéndose a sí misma, con la recomendación de mantener todos los sentidos alerta y evitar ninguna interacción que no fuese estrictamente necesaria. Estaban a mediados de diciembre y las calles rebosaban actividad debido a las compras navideñas, lo cual no hacía sino aumentar su nerviosismo.
Después del fin de semana los Enviados se esfumaron tan repentinamente como habían aparecido y cuando llegó el viernes no habían tenido ningún altercado. Tanto Gabriela como Nicole respiraron aliviadas. Especialmente Nicole, quien había prometido a su amiga que saldrían juntas de fiesta para el final de los exámenes.
Aquella mañana, salió temprano de la residencia, a la que había regresado a dormir desde el lunes.
Cuando bajaba las escaleras para irse al instituto, una voz le gritó desde la portería.
—¿Adónde vas con tanta prisa, señorita? ¿Ya no das los buenos días?—preguntó Montse.
—Lo siento, es que voy a llegar tarde al instituto.
—¿Vendrás a comer hoy aquí? —le preguntó.
—No, no me esperes al mediodía. He quedado —contestó.
—¿Ah sí? ¿Y por casualidad no será con un guapo chico rubio de ojos verdes? —inquirió la regordeta mujer con aire cotilla. Los ojos de Nicole se abrieron como platos y sus mejillas empezaron a adquirir una tez roja mientras el calorcillo le subía por el rostro.
—¿Cómo lo sabes?
—Ha estado aquí —contestó Montse, haciéndose la interesante mientras sacaba el polvo a la puerta de la portería—. Vino el domingo junto con otro chico a preguntar por ti. Eran muy guapos los dos, aunque me parecieron un poco secos, pero al menos eran educados. Eso sí, ¿no son un poco mayores para tí? —le preguntó con una mirada desaprobadora.
—Joan tiene tres años más que yo —replicó Nicole.
—Así que se llama Joan —dijo Montse sonriendo. Volvió a ponerse seria y su voz adquirió un tono de advertencia—. De todas formas no te confíes. Eres muy jovencita todavía, ¡y muy inocente! Esos chicos parecían demasiado mayores.
—No te preocupes, he quedado en ir a verlo con una amiga mía que tiene veinticuatro años. Ella no dejará que me hagan nada. Es mi guardiana personal —dijo con una sonrisa traviesa.
—Bueno, eso me deja más tranquila. Venga, vete, que llegarás tarde al colegio.
En realidad no había quedado para comer con Joan. Había quedado para comer con Clara en el Refugio, antes de pasar una tarde entrenando bajo el riguroso mando de Sandra. Pero por la noche, cuando Gabriela saliese del laboratorio, irían juntas a la pizzería en la que trabajaba Joan, como habían acordado unos días atrás.
A pesar del último examen del trimestre, de la charla animada con Clara y del duro entrenamiento de Sandra, la tarde se le hizo interminable de las ganas que tenía que llegasen las siete de la tarde.
Cuando por fin dieron las seis, corrió a darse una ducha rápida y se puso algo de ropa, incluyendo una camiseta que robó del armario de Gabriela y salió del Refugio. Cogió el metro en Plaza Catalunya hasta Gracia y llegó al laboratorio en el que trabajaba la Guardiana a tiempo para verla salir.
—¡Caray! Cuando se trata de chicos, sabes ser puntual —observó Gabriela, divertida.
—Yo siempre fui puntual hasta que os cruzasteis en mi camino —replicó Nicole.
—Gajes del oficio. Venga, dijiste que la pizzería estaba cerca de la parada del Putxet, ¿no? Cojamos el metro.
Volvieron al subterráneo y llegaron a su parada en poco más de diez minutos.
Nicole sintió que sus nervios aumentaban al ver el letrero luminoso de la pizzería a lo lejos. A medida que se acercaban, sus ojos buscaron nerviosos algún rostro familiar a través del cristal del establecimiento. Realmente solo había visto a Joan un par de minutos hacía ya tres meses y no recordaba muy bien su cara, pero no habría muchos repartidores con un perfil como el suyo y estaba segura de que lo reconocería de inmediato.
Entraron y se sentaron en una de las pequeñas mesas que había junto al ventanal. Gabriela pidió dos trozos de pizza y un par de botellas de agua y regresó a la mesa con el pedido. Nicole la miró sorprendida cuando le cedió uno de los pedazos.
—¿Me dejas comer pizza? —le preguntó, sorprendida.
—No te acostumbres —contestó la Guardiana, sonriente—. Hoy celebramos que has terminado tus exámenes y que te has armado de valor para hablarle a tu admirador misterioso.
Nicole se ruborizó, aunque se sentía orgullosa por sus palabras.
—Gracias por acompañarme, ¡o no sería capaz! —le dijo—. ¿Qué celebras tú? —preguntó mientras las dos le daban un bocado a la pizza.
—“Que no nos hemos cruzado con un Enviado en toda la semana” —dijo utilizando su hilo mental con ella.
—“¿Todavía estás inquieta?” —le preguntó.
—“Si te soy sincera, llevo inquieta meses. Pero no podemos pasarnos semanas encerradas. Para bien o para mal, esta es nuestra vida…” —dijo resignada, encogiéndose de hombros.
Nicole comió su porción de pizza lentamente, saboreando cada bocado como si fuese el mejor trozo de comida que había comido en su vida. La dieta a la que la sometía Gabriela no la tenía hambrienta. Comía más que suficiente, pero como adolescente, y más aún con la vida independiente que había llevado siempre, estaba acostumbrada a comer todo tipo de bocadillos, bollería, pasta, hamburguesas, tapas… y todo eso se había sustituido por carne y pescado, arroz hervido, una cantidad ingente de verdura de todo tipo, huevos, avena, fruta y barritas de proteína. No pasaba hambre, pero su gula estaba resentida. Y ahora mismo se estaba dando un gustazo con aquella grasienta pizza.
—Qué salada está —se quejó Gabriela bebiendo la botella de agua casi del tirón—. Tengo que ir al lavabo. Volveré enseguida.
—¡No tardes! —le pidió Nicole con los ojos suplicantes.
Se quedó observando el biombo tras el que su amiga se había perdido en dirección a los lavabos, mientras terminaba su cena. Observó la plaza distraída a través del cristal, y su corazón se aceleró cuando una moto en color rojo con la propaganda de la pizzería aparcó a unos metros de la entrada. El repartidor llevaba el casco puesto y no podía saber si era él. Un hombre vestido de negro se acercó a él y empezaron a hablar. Al cabo de un minuto, el repartidor se quitó el casco y Nicole sintió que le faltaba el aire. ¡Era él! Dios mío, se había olvidado de lo guapo que era… El chico estaba de cara a ella pero tenía sus preciosos ojos verdes fijos en el hombre con el que hablaba, por lo que afortunadamente no había reparado en ella.
Nicole miró a su alrededor, nerviosa. ¿Por qué demonios tardaba tanto Gabriela? Todavía tenían el hilo abierto, por lo que la buscó, desesperada.
—“¡Gabi! ¿Dónde estás? ¡Joan acaba de llegar! ¡Date prisa o me voy a morir de vergüenza yo sola!”
—“¿Ya está aquí?” —preguntó Gabriela.
—“Está afuera hablando con alguien, ¡entrará de un momento a otro!”
Se hizo el silencio durante unos instantes que se le hicieron eternos. Su pierna se agitaba nerviosa mientras su mirada iba desde Joan al biombo por el que deseaba ver aparecer a la Guardiana. Sin ella, no se veía capaz de hablar con el joven.
—“Nicole, dime que Joan no es el que está ahí afuera hablando con ese hombre…” —dijo la voz de Gabriela en su cabeza.
Frunció el ceño, extrañada por el comentario de su amiga y todavía más por la preocupación que destilaba su voz.
—“¿Cuántos repartidores rubios de ojos verdes y así de guapos crees que pueden haber aparcado frente a la pizzería?” —replicó—. “Claro que es ese. ¿Qué sucede?”
—“Dios mío, Niki…”
—“Gabriela, me estás alarmando, ¿qué pasa?”
—“El hombre con el que está hablando… ¡Es un Enviado!”
Nicole se quedó helada. Instintivamente, volvió su rostro hacia el ventanal y observó al otro hombre. Estaba tan encandilada en Joan que ni siquiera se había fijado en el otro. Parecía un poco mayor que Gabriela. Tenía el pelo castaño claro y, desde donde ella estaba, se adivinaba una barba de unos pocos días. Llevaba una cazadora de cuero negra que dejaba su cuello desnudo al descubierto, y también el tatuaje de un escorpión negro que aún en la distancia podía apreciar perfectamente. La piel de su cuerpo se erizó. Era la primera vez que se cruzaba con uno de ellos y en aquel momento se dio cuenta de lo poco preparada que estaba para ello.
—“¿Qué… qué hago, Gabi?” —dijo viendo que Joan se despedía y se dirigía a la entrada.
—“Mantén la calma e intenta no llamar la atención” —dijo la Guardiana—. “Con un poco de suerte, no se dará cuenta de que estás ahí. ¡Y asegúrate de ocultar tu tatuaje!”
Nicole llevaba un jersey de cuello subido, pero aun así se lo subió todavía más y puso sus brazos a ambos lados de su cara, intentando cubrirse con disimulo. Miró de reojo por el ventanal y vio que el Enviado había desaparecido. A su espalda, la puerta de la entrada se cerró y escuchó unos pasos apurados que caminaron alrededor del mostrador y se perdieron en el interior de la cocina del restaurante.
—¡Ya tardabas! —escuchó decir al cocinero.
—Había tráfico —escuchó una voz joven que le sonó ligeramente familiar—. ¿Estos son los pedidos nuevos?
—Sí, esos más la que hay sobre la barra, que es la que más prisa tiene.
—De acuerdo. ¡Me voy! —exclamó el joven reapareciendo detrás de la barra.
Nicole lo miró entre los dedos mientras metía la pizza en su bolsa. En aquel momento la sangre le bombeaba en las sienes a toda velocidad. Su cabeza era un torbellino de preguntas. ¿Qué hacía Joan hablando con un Enviado? No parecía alguien que se hubiese acercado a él a preguntarle la hora. Parecía que se conocían bien. ¿Acaso… sería él también un Enviado? En aquel momento recordó las palabras de Montse aquella mañana. “Han venido dos chicos muy guapos a buscarte”, le había dicho. Repasó la conversación con una creciente sensación de desazón. No podía ser… Pero al mismo tiempo, todo encajaba, aunque ella no describiría al hombre con el que hablaba Joan como “guapo”. ¿Habría más Enviados?
Joan pasó de largo a su lado con prisas sin percatarse de su presencia. Tan pronto escuchó la puerta cerrarse tras ella, se levantó con intención de buscar a Gabriela, pero iba tan nerviosa que tropezó con la pata de la mesa, sobresaltando a todos los presentes. Se volvió en un reflejo para disculparse y se topó cara a cara con Joan, que la miraba con la sorpresa dibujada en sus ojos verdes.
—“¡Mantén la calma, Nicole!” —exclamó Gabriela en su hilo mental.
—“¿¡Qué hago!?”
—¿Nicole? —la voz de Joan la dejó sin respiración. La había reconocido.
—H—hola… —dijo nerviosa, esbozando una sonrisa tímida.
—Vaya… no esperaba verte aquí —dijo él.
—“Niki, contéstale. Tienes que disimular o estaremos metidas en un lío enorme si mis sospechas sobre él son ciertas” —dijo Gabriela echando gasolina a las suyas propias.
—Lo imagino… —acertó a decir—. Quería disculparme por los plantones. No quiero que pienses que no quería quedar contigo. Es solo que… tengo mucho trabajo estos días…
El joven se acercó a ella y clavó sus ojos verdes en los suyos con una confianza que la aplastó, dedicándole una seductora sonrisa.
—Seguro que sí —dijo misterioso—. Empezaba a creer que me estabas evitando. Me alegro de ver que no es así. ¿Nos vemos mañana? —preguntó él.
—¿No tienes que trabajar? —rebatió, recordando que Raquel le había dicho que Joan trabajaba los sábados.
—Creo que podré escaparme —contestó él sin apartar su mirada ni tan siquiera pestañear.
—De acuerdo —dijo sin ser capaz de sostener su visión—. ¿Quedamos en casa de Raquel?
—Mejor quedamos tú y yo solos —dijo él, alzando una mano y rozándole la mejilla con ella. Nicole se estremeció bajo su tacto, pero en aquel momento no supo si era por lo atractivo que le parecía o por el miedo que le inspiraba—. Me lo debes después de tantos cafés que me he tomado con tu amiga esperando a que llegases.
—Está bien —accedió—. Nos vemos mañana. Tengo que ir al lavabo —dijo haciendo ademán de despedirse.
—Nicole —la llamó. Se volvió hacia él, nerviosa—. Tienes que darme tu dirección para saber dónde tengo que recogerte.
Sintió que las lágrimas amenazaban con asomar. Él ya sabía su dirección. Había estado en su residencia buscándola la noche anterior. Aquello solo podía significar una cosa. Joan era un Enviado. O al menos estaba con ellos.
—Mejor quedamos en la plaza que hay frente a la casa de Raquel —dijo.
—Como quieras —contestó él—. Te veo allí a las siete de la tarde. No me falles esta vez —pidió dedicándole una sonrisa traviesa.
Nicole hizo un esfuerzo para devolvérsela y se dirigió al lavabo.
Gabriela se ocultó tras la puerta del aseo y la abrió para permitir el paso de Nicole. La joven entró y cerró tras suya, hecha un manojo de nervios.
—“No tenemos tiempo” —dijo empujando a Nicole hacia el interior de uno de los compartimentos—. “Tenemos que salir de aquí cuanto antes.”
Se subió al retrete y abrió la ventana alta que había allí, incorporándose de un salto. Cayó al otro lado en un callejón y se agazapó temerosa de que alguien pudiese haberla visto. Miró alrededor y observó que apenas había ventanas con luz que diesen allí, y en las pocas que había los cristales estaban ahumados o cubiertos por una cortina. Se alegró internamente de la obsesión por la privacidad, que tan bien les venía en aquel momento. Nicole se apresuró tras ella y tan pronto la tuvo a su altura, la arrastró hacia la calle principal.
El corazón le latía a toda velocidad. Tenía la certeza de que Joan, si es que se llamaba así, era un Enviado, o al menos su pupilo. Lo más probable era que su insistencia en quedar con ella no se debiese a ningún enamoramiento de adolescencia, sino a que la había reconocido hacía tres meses y estaban intentando tenderle una trampa para llegar hasta ella. Si eso era así, en aquel momento Joan ya debía haber puesto al Enviado que habían visto hablando con él al tanto de su presencia. Gabriela llevaba una pequeña daga en el bolso y otra aún más pequeña en una funda de cuero dentro del calcetín derecho, pero su instinto de Guardiana le decía que aquellos no eran los únicos Enviados en la ciudad. Si le tendían una emboscada, no sería capaz de defenderse y proteger a Nicole con tan solo un cuchillo. Tan pronto había visto al Enviado, había contactado a Sandra y esperaba poder tener refuerzos en caso de necesitarlos, pero estaban muy lejos de la base. Hasta que llegasen, su única esperanza era utilizar la protección que les ofrecía la multitud.
Sin embargo, estaban en una zona más periférica y era hora de cenar. La presencia de la gente en la calle empezaba a ser demasiado escasa para su gusto.
Cogió a Nicole de la mano y aceleró el paso casi al trote hacia la estación de metro. Se subieron rápidamente al primer tren y se sentaron. Cuando creía que podría respirar aliviada, vio con pavor una figura vestida de negro que entraba al último vagón, al otro lado del tren. Era el mismo Enviado que había estado hablando con Joan a la salida de la pizzería.
Los dos se miraron con desprecio. Se fijó en su cara y le reconoció. No sabía su nombre, pero había luchado con él antes, cuando se habían cruzado en Toulouse. Por desgracia para ella, era un buen guerrero. Pero ella había conseguido vencerle la última vez, llegando incluso a desarmarle y obligándole a retirarse. Claro que, por entonces, contaba con sus espadas y con la protección de su traje.
Entre ambos había seis personas, esparcidas por los vagones.
Él caminó lentamente hacia ellas. Gabriela sintió la mano de Nicole apretando la suya.
—“Gabi…” —gimió la joven.
—“Lo sé, Nicole” —la interrumpió, intentando sopesar sus opciones.
Confiaba en que el Enviado no se atreviese a atacarla delante de la gente. Era un límite que normalmente ninguna de las dos organizaciones se atrevía a cruzar, pues despertaría muchas preguntas que pondrían en riesgo su anonimato. Pero a medida que él se fue acercando, su inquietud fue aumentando. Lentamente, soltó la mano de Nicole e introdujo su mano en el bolso, cerrando sus dedos alrededor del mango de la daga.
—“Sandra, ¿dónde estáis?” —preguntó con voz desesperada.
—“Al principio de Passeig de Gracia” —le llegó su contestación. Demasiado lejos.
Antes de que el Enviado pudiese llegar a su vagón, el tren llegó a la siguiente parada y las puertas se abrieron. Cuatro personas más entraron por la puerta más cercana y el hombre se detuvo, pareciendo dudar. Gabriela respiró aliviada, aunque no relajó la presión alrededor de su arma.
En la siguiente parada se bajaron dos personas, pero se subieron otras tres y los vagones parecieron irse llenando gradualmente, a medida que se acercaban al centro de la ciudad. Gabriela observó al Enviado de reojo, que parecía cada vez más frustrado.
Para su sorpresa, él echó a caminar una vez más hacia ellas. Horrorizada, le vio desenvainar la espada corta que llevaba a la espalda. Su expresión agresiva y el grito que liberó al alzar la espada para cargar contra ella provocó que el resto de viajeros huyesen tren arriba entre gritos. El pánico amenazó con paralizarla, pero se apresuró a bloquearlo a tiempo para reaccionar. Empujó a Nicole hacia atrás y se puso en pie de un salto, esquivando el filo de la espada en el último segundo con la daga en la mano. En aquel momento se olvidó de la gente que había en el metro. Él las estaba atacando. Tenía que defenderse. Tenía que proteger a Nicole. Relajó sus músculos y desterró el miedo, recuperando el control sobre sus movimientos. Decidida, se impulsó sobre una de las barras del vagón y le golpeó con el pie antes de que alzase de nuevo el arma. Él bloqueó su patada con el antebrazo y cargó deprisa, obligándola a virar en el aire para evitar que la hiriese en la pierna. Giró sobre sí misma antes de que la hoja la alcanzase. El Enviado era más rápido de lo que había esperado. La espada era pequeña y ligera y se lo permitía, lo que para ella en aquel momento era una gran desventaja. Otra, sumada a las armas de las que disponía para enfrentarse a él y al espacio reducido en el que se encontraba. Pero el espacio era el mismo para ambos. Y él lo necesitaba más para maniobrar con la espada abiertamente.
Necesitaba intentar convertir aquel pequeño inconveniente en una ventaja. El vagón frenó en la siguiente parada y todos los viajeros se bajaron en desbandada, haciendo cambiar de opinión a los que esperaban para subir al tren. Cuando el tren arrancó de nuevo, los tres se habían quedado completamente solos en el vagón.
—“Ve frente a la última puerta, Nicole” —le ordenó mientras esquivaba una finta y golpeaba al Enviado en la parte trasera de la rodilla para hacerle caer—. “Si esto se pone feo, quiero que estés lista para correr todo lo que puedas. Sandra viene de camino, pero no llegará a tiempo.”
—“¡No quiero dejarte sola!” —exclamó la Iniciada.
—“Yo sé defenderme” —contestó demostrando más seguridad de la que en el fondo tenía.
El Enviado la atacó con saña. Gabriela intentó por todos los medios no perder terreno en lo que quedaba de vagón. Utilizó las barras para impulsarse una vez más, pero él le respondió con un salto con patada alta y la golpeó, haciéndola caer al suelo. Sin darle un respiro, él se precipitó sobre ella, obligándola a rodar sobre sí misma para evitarle en el último segundo. Alzó la daga para frenar la hoja de la espada justo por encima de su cabeza. El filo resbaló sobre el cuchillo hasta detenerse contra el metal de la guarda y Gabriela se alegró internamente de haber cogido aquella arma y no el tanto japonés que le había estado enseñando a Nicole días atrás. Utilizó la inercia que llevaba la fuerza de la hoja y giró el cuchillo sobre el metal del Enviado con rapidez, intentando desarmarle, pero él la tenía asida con fuerza y solo consiguió hacerle retrasarse un poco antes de que volviese a embestir. Ni siquiera le había dado tiempo de levantarse, cuando la fuerza de la siguiente estocada la tumbó todavía más. La frenó de nuevo con la daga, sintiendo la vibración de la potencia que el fuerte brazo de aquel hombre infundía en su arma. Aprovechó que él había enfocado toda su potencia en aquella estocada y, con un rápido movimiento, atrapó sus rodillas entre las suyas, girando su cuerpo para hacerle caer. El tren inició la frenada en la siguiente parada y la fuerza de inercia la ayudó a terminar de desestabilizarlo. Aprovechó su caída para levantarse de un salto y corrió junto a Nicole cuando las puertas se abrían, agarrándola del brazo y tirando de ella fuera del tren. Ambas se precipitaron por el túnel de la parada en dirección a la salida.
—“¡No mires atrás! ¡Corre!” —le ordenó mientras echaba la vista a su espalda.
El Enviado apareció por la boca del túnel. Se detuvo y lo vio sacar una pequeña daga, alzándola por encima de su cabeza.
Empujó a Nicole contra las escaleras al final del pasadizo y se enfrentó a él erguida con la daga entre ambas manos. El cuchillo del Enviado emitió un silbido girando en el aire en su dirección. Blandió la daga y desvió el arma, que chocó contra la pared contraria del túnel con un sonido metálico.
—¡Sube! —gritó agarrando a Nicole del codo y precipitándose escaleras arriba.
Volvió la vista y le vio aparecer al fondo de las escaleras cuando ellas todavía no habían llegado al final. Sin embargo, se apartó inmediatamente y volvió a ocultarse en el túnel. Gabriela se volvió y vio a Ingrid en la cima de la escalera, apuntando con el arco. Tras ella, Sandra apareció con la espada en alto. Suspiró aliviada. Ahora el Enviado se lo pensaría dos veces antes de volver a atacarla.
10
UNA CARTA DE DESPEDIDA
Viernes 20 de diciembre de 2002
—¡Maldita sea! ¿Cómo se te ocurre atacarlas a la vista de todo el mundo? —bramó Arion, airado.
—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que las dejara escapar? Es evidente que me habían visto hablando con Ares —contestó Caronte con el ceño fruncido.
—¿Y dónde están ahora, eh? ¿Acaso no han terminado escapando igual? —replicó él, sarcástico.
—¡Al menos les he plantado cara! Estoy harto de esconderme como si fuese una rata. Deberíamos atacar Barcelona en masa y dejarnos de historias.
—¿Y qué quieres conseguir con eso? —preguntó Gideon—. ¿Que el resto de la Unión se ponga en pie de guerra y provoquemos una carnicería? Sabes que los Mayores no lo van a aceptar.
—Lo aceptarán cuando le traigamos la cabeza de las Portadoras —bufó Caronte, colérico.
—No te han pedido la cabeza de las Portadoras —repuso Arion en tono despectivo—. Solo quieren las Piedras.
—Exacto. Mientras se la traiga le dará igual si el brazo que la sujeta está adherido al cuerpo de la Portadora o no.
Arion le dio la espalda y caminó por el salón, ofuscado. Estaban en el piso que la Alianza tenía en el Eixample, con las persianas bajadas. Miró a Ares, que estaba sentado sobre el reposabrazos del sofá y se había mantenido al margen de la discusión.
—Sería un milagro que la muchacha apareciese mañana después de esto —le dijo.
—Estaba nerviosa —admitió el chico.
—Con un poco de suerte, los nervios se debían a tu encanto y aún aparece —observó Gideon.
—Aunque Ares consiguiese encandilar a la Iniciada, no engañaría tan fácil a la Guardiana que la acompañaba. Seguro que ella fue la que te reconoció —dijo Arion, volviéndose hacia Caronte. Lo miró pensativo—. La Guardiana… ¿La conoces?
Caronte asintió.
—No la tenemos identificada, pero ya me había topado con ella antes. En Toulouse. Y por la descripción, debe de ser la misma que Civun se encontró en Madrid y en Berlín hace algunos años. Esa arpía sabe lo que hace —reconoció a regañadientes.
—Me sorprendería si volviésemos a verle el pelo a la Iniciada por una temporada —dijo Gideon—. Conociéndolas, no se arriesgarán.
Arion asintió y se hizo el silencio entre ellos.
—Todavía tenemos una baza —dijo Caronte, atrayendo las miradas de los tres—. La amiguita.
—¿Raquel? —preguntó Ares, sorprendido.
—¿No decías que está coladita por tus huesos? —le preguntó el Enviado con sarna.
—¿Y eso qué tiene que ver? Ella no tiene ni idea de la Unión —replicó el joven.
—Es la mejor amiga de la Iniciada. Prácticamente la única persona con la que hemos visto que tiene relación. Creo que es hora de traer a esa rubia y hacerle unas cuantas preguntas —dijo el hombre.
Arion le miró arqueando una ceja.
—Ya imagino el tipo de interrogatorio al que quieres someterla… —dijo en tono desaprobador.
—Lo importante no son los medios sino el resultado.
—Algunos preferimos métodos más discretos —replicó el Enviado encarándolo con el ceño fruncido.
—Ares ya la tiene en el bote —dijo Gideon—. Si ahora la otra se quita del medio, ¿quién mejor que él para que se le quiten las penas? Creo que no es mala idea.
—¿Quedo con la amiga? —preguntó el joven, volviéndose hacia Arion.
—Esperemos a ver qué pasa en los próximos días. Las Guardianas mantendrán a la amiga bajo vigilancia también. No queremos terminar siendo los cazados. Solo somos cuatro. Si Nicole desaparece del mapa, entonces veremos qué puedes sonsacarle a la amiga. Después de esto, estoy seguro de que les hemos metido el miedo en el cuerpo y me sorprendería que la Portadora se dejase caer por Barcelona.
—¿Entonces? ¿Nos vamos? —preguntó Gideon.
Arion sacudió la cabeza.
—De momento, no. Esa Iniciada no se cruzó en el camino de Ares por nada. Quiero ver qué conseguimos sacar a la luz si seguimos tirando de ese hilo.
Llevaban cinco meses en la ciudad y no era la primera vez que pasaba una estancia larga allí. Para él, Barcelona se estaba convirtiendo casi en un segundo hogar después del tiempo que había pasado en Ottawa. Aunque hacía demasiado calor para su gusto, había llegado a conocer muy bien la ciudad y sus alrededores. Además de conseguir aprender el español a la perfección y suficiente catalán como para defenderse, su intención cuando había solicitado pasar una temporada allí unos años atrás había sido hacerse con sus calles, sus costumbres, y cualquier particularidad que pudiese ser significativa. Tenía la esperanza de que eso le sirviese para conseguir su objetivo: encontrar la base de Alnilam. En las últimas décadas, la Orden ubicada en Barcelona se había convertido en una de las más importantes de toda la Unión. La Alianza siempre había sospechado que Alnilam era uno de los principales núcleos económicos y logísticos, debido a su ubicación estratégica. Poseían buenas redes de comunicaciones con toda la zona del Mediterráneo y también con el extranjero gracias a su aeropuerto; eran el nexo entre las bases africanas y la alemana, por lo que sus Guardianas podían dar apoyo rápidamente a ambas; y por los enfrentamientos que había habido en ciudades que entraban en su radio de acción, intuían que sus filas estaban mucho mejor entrenadas que las de otras bases. Esto también había sido la razón de que, después de tantos siglos, su base se les resistiese.
En la historia de la Alianza, los Enviados habían conseguido encontrar varias bases, aunque nunca habían logrado echar la garra a sus Portadoras: la base de Betelgeuse durante el tercer ciclo, la de Meissa durante el cuarto y las de Rigel y Saiph durante el quinto. Eso había obligado a las Guardianas a mover su base y era uno de los motivos que había contribuido a la expansión de la Unión a lo largo del mapa. Sin embargo, también había creado Guardianas más cautelosas. En la mayoría de aquellas Órdenes aquella cautela se había traducido en la reclusión prácticamente total. Pero Alnilam y Alnitak no actuaban igual. No temían plantarles cara cuando era necesario. Si aquellos dos bastiones caían, caería la cabeza de la Unión. Y conseguir tirarlos pasaba por encontrar la entrada al Refugio, que era como las de Alnilam llamaban a su base. Las dos organizaciones se conocían durante el tiempo suficiente como para saberlo.
Cinco meses atrás había llegado con Ares a la ciudad con un doble objetivo: el primero había sido entrenar al joven de la misma forma en la que se había formado a sí mismo. Quería que el chico se habituase a la ciudad y al idioma hasta que pudiese pasar por nativo perfectamente. Por eso el trabajo de repartidor de pizzas había sido una buena idea. Cuando le había hablado de sus sospechas sobre la joven a la que había entregado un pedido hacía tres meses, había dudado de que fuese cierto. Era una muchacha demasiado joven para ser una Guardiana y le sorprendía que una simple Iniciada despertase en Ares el suficiente sexto sentido como para reconocerla. Pero su pupilo había demostrado tener más instinto del que él creía. Había tomado la iniciativa por cuenta propia y regresado a la casa donde se había encontrado con la muchacha. No le había sido difícil embaucar a la amiga y conseguir pistas a través de ella que iban encajando en el puzzle. Por ella se había enterado de que Nicole tenía un tatuaje en el cuello, aunque no le había querido describir qué era. También que, desde hacía pocos meses, había mejorado enormemente en la asignatura de inglés, había dejado la comida basura y se pasaba un gran número de horas en el gimnasio. Detalles que su amiga adolescente había relacionado probablemente con el hecho de que el atractivo repartidor que mostraba tanto interés en ella la rondase, pero que a él le indicaban que Ares podía tener razón.
Pero su segundo objetivo era encontrar la base. El Mayor de su hermandad le había otorgado permiso para liderar aquella misión. El precio que había pagado a cambio era tener que aguantar a Caronte en su equipo. No lo tragaba. Nunca lo había hecho, desde los tiempos en los que había empezado su entrenamiento para ser Enviado y había tenido que soportar sus novatadas. Desde que era un crío, el Enviado había sido un sanguinario. De ahí el mote que se había ganado. Caronte no era su nombre real. En realidad se llamaba Ilya. Pero, como soldado, había matado a tantos hombres que los Enviados habían empezado a llamarle como el personaje mitológico que transportaba los hombres al inframundo. Y él lo había adoptado de buena gana. La Alianza lo toleraba más que encantada, pues aquella afición suya por la sangre les había salido muy rentable en los últimos años en los conflictos armados en los que habían actuado como mercenarios. Desgraciadamente, sabía que estarían más que dispuestos a limpiar el desastre que había dejado detrás de él sin ni siquiera darle más que un ligero tirón de orejas. Tenían suficientes influencias para ello.
Al menos tenía a Gideon para compensar. El canadiense podía ser intenso a veces, pero tenía los pies en la tierra y siempre se habían entendido bien. Solo esperaba que la impulsividad del ruso no les echase a perder lo que habían avanzado en las últimas semanas.
Gabriela subió por las escaleras del ala derecha con una taza de tila humeante y entró en el cuarto de Nicole. Como esperaba, la encontró donde la había dejado. Sentada sobre la cama, hecha un ovillo. Su cuerpo tembloroso todavía estaba en shock después de lo sucedido. Dejó la taza sobre la mesilla y se sentó a su lado, rodeando sus hombros para tratar de reconfortarla.
—Intenta calmarte, cariño —le dijo con suavidad.
—Gabi, fueron a buscarme a la residencia. Montse me dijo que un chico rubio de ojos verdes había ido a buscarme con otro hombre. ¡Era el Enviado! —dijo entre sollozos—. ¡Saben dónde vivo!
—Eso parece.
—¿Por qué? ¿Por qué me buscaban a mí? ¡Solo hace tres meses que pertenezco a la Orden!
—No creo que te buscasen, en realidad. Por lo que parece no ha sido más que mala suerte. Creo que ese chico se tropezó contigo por casualidad.
—¿Entonces es un Enviado que trabaja como repartidor de pizzas?
—Probablemente no lo sea todavía, pero sea un aprendiz, al igual que tú. Es la primera vez que tengo conocimiento de un Enviado en un trabajo así, pero por otro lado, tampoco me sorprende. En un puesto así no solo tienen la oportunidad de practicar y mejorar el idioma sino que además se familiarizan con la ciudad. Y Barcelona siempre ha sido uno de sus principales objetivos.
—¿Qué voy a hacer ahora, Gabriela? —sollozó con los ojos enrojecidos.
Sabía que lo que tenía que decir a continuación la rompería por dentro, pero no quedaba otra opción.
—Nicole, me temo que no podrás volver ni a la residencia, ni al instituto… y lo que es peor, tampoco podrás volver a ver a Raquel. Está claro que los Enviados saben bien por donde te mueves. Hemos tenido suerte de darnos cuenta antes de que fuese demasiado tarde. Si regresas, te arriesgas a que te capturen a ti, y además pones en peligro a la gente de tu alrededor y también a la Unión. Por suerte hasta ahora no han localizado el Refugio, que era lo que sin duda querían averiguar contigo, pero todavía podrían hacerlo si te encuentran. Saben que todavía eres joven, una Iniciada y tu mente todavía es débil, manipulable. Créeme, si te capturasen, les sería muy sencillo llegar hasta nosotras a través de ti.
A Gabriela se le hizo un nudo en el estómago al ver a Nicole tan desolada. No era capaz de controlar su llanto.
—Lo siento, Niki… Lo siento tanto, cariño… —le susurró abrazándola contra su pecho—. Tarde o temprano todas terminamos por tener que hacer esto, pero jamás pensé que tendrías que hacerlo tan pronto.
—¡No es justo! —gimió la muchacha.
—No, no lo es… Es muy injusto…
Nicole estaba a punto de perder a toda la gente que hasta hacía poco había constituido su vida entera. Lo que acababa de decirle era cierto. Casi todas las Guardianas se veían obligadas a renunciar a su vida fuera de la Orden en algún momento de sus vidas. Ella sabía que también tendría que hacerlo algún día. Pero había podido disfrutar de casi nueve años de aquella doble vida que le había permitido aprender a amar a su Orden y a sus compañeras, lo que sin duda haría más fácil tomar la decisión cuando llegase el momento. Pero Nicole apenas llevaba tres meses entre ellas desde que había sido elegida. No era justo.
Apretó los puños con fuerza, ante la impotencia que sentía por no poder cambiar las cosas.
—Pero si desaparezco de la faz de la tierra, pronto me echarán en falta, y empezarán a buscarme —recordó Nicole.
—Ya he pensado en eso —dijo Gabriela mientras se frotaba la barbilla pensativa—. Se me ha ocurrido algo. Es un poco arriesgado, pero creo que es la única solución —levantó la vista y miró fijamente a la muchacha—. Tendremos que simular que te has ido a vivir al extranjero con tu tío.
—¿Qué? —dijo Nicole—. ¡Pero si no lo he visto más que una vez en mi vida! Raquel lo sabe, podría sospechar fácilmente. Sobre todo si ni siquiera me despido de ella. Y mis cosas de la residencia…
—Me habías contado que él te propuso recuperar tu custodia legal y llevarte a vivir con él a Londres, ¿no? —preguntó Gabriela—. Imagino que Raquel lo sabe. ¿Quizá también lo contaste en la Residencia?
Nicole asintió.
—Sí claro que lo saben. Tanto Raquel como Montse.
—Entonces no tienen por qué sospechar. La verdad resultaría demasiado increíble para cualquier persona, y eso juega a nuestro favor. Sería mejor que le escribieses una carta a Raquel para despedirte y contarle todo. Yo puedo dejarla en su buzón. Lo de ir a buscar tus cosas es otro asunto. Lo mejor sería que fueses a recogerlas personalmente, pero será el primer lugar en que los Enviados te busquen. Después del enfrentamiento de hoy, estarán esperándote tanto en la residencia como en casa de Raquel. No podemos arriesgarnos.
—¿Y cómo vamos a hacer?
—Me las arreglaré para escribir a la residencia a nombre de tu tío, informando del cambio de tu custodia legal y solicitando que se remitan tus cosas a una dirección. No creo que podamos recuperarlas, al menos de momento, pero te conseguiremos ropa y calzado nuevos, lo que necesites. Tengo un amigo en Londres que nos puede ayudar con esto.
—¿Sabe que trabajas para la Unión? —preguntó.
—Claro que no —dijo Gabriela—. Pero es un buen amigo. Le enviaré la carta ya cerrada, por lo que no se enterará de su contenido ni hará muchas preguntas.
Nicole bajó la vista y se tapó la cara con las manos. No pudo evitar sentir una profunda pena por ella. Probablemente aquella era la situación más angustiosa en la que la joven se había visto envuelta tras la muerte de su madre cuando era solo una niña de cinco años.
—Deberías intentar descansar un poco —le aconsejó—. Tómate la tila que te he preparado e intenta dormir. Te vendrá bien. Nosotras nos encargaremos de todo —dijo Gabriela.
—¿Te quedarás hoy en el Refugio?
—¿Quieres que me quede? —le preguntó.
Nicole asintió con los ojos llenos de lágrimas. Le acarició el pelo con cariño.
—Entonces me quedaré. Debo bajar para poner todo en marcha con las demás, pero luego subiré para dormir contigo, ¿te parece?
Dejó a Nicole tumbada en la cama. Estaba casi segura de que cuando regresase no la encontraría durmiendo, y no podía culparla. En su caso, ella probablemente tampoco podría pegar ojo.
Bajó y buscó a las demás Guardianas. Encontró a la mayoría sentadas ante la mesa en la sala Blanca.
—¿Cómo está Nicole? —preguntó Ingrid.
—Como es de esperar teniendo en cuenta las circunstancias —contestó Gabriela frotándose la frente—. La mayoría de nosotras tenemos años de margen antes de tener que abandonarlo todo y recluirnos en la Orden. Ella ha tenido tres meses.
Las Guardianas se miraron en silencio. Todas entendían lo que aquello significaba.
—¿Creéis que habrán podido localizar a Clara o Eva también? —preguntó Safiya—. ¿O incluso a alguna de las Guardianas?
—No lo creo —contestó ella—. Creo que intentaban llegar a Nicole porque se tropezaron con ella de casualidad. Por suerte, nos dimos cuenta a tiempo. No sé lo que habría pasado si yo no la hubiese acompañado hoy y se hubiese presentado el domingo en la cita a ciegas.
—¿Qué hacemos con su amiga? —inquirió Ingrid.
—Le he pedido a Nicole que le escriba una carta para contarle que su tío ha venido a buscarla y ha tenido que irse a vivir con él a Londres. Necesitamos falsificar algún certificado de custodia y yo prepararé una carta fingiendo ser el tío de Nicole. ¿Podéis encargaros del certificado?
—Claro. Yo puedo hacerlo —dijo Alma, una joven que trabajaba a tiempo parcial como diseñadora gráfica en un estudio en la ciudad.
—Perfecto. Seguimos con los turnos de tres Guardianas. Ojalá hubiésemos colocado vigilancia ante la residencia de Nicole y la casa de su amiga. Ahora será muy arriesgado salir a hacerlo. Todavía no tenemos una idea de cuántos Enviados hay en la ciudad, pero algo me dice que estos dos no son los únicos. Sintiéndolo mucho, tengo que proponer que contactemos con Albana para cancelar su viaje —dijo en tono lastimero—. Es demasiado arriesgado.
—Estoy de acuerdo —dijo Sandra con firmeza—. Es mejor que no venga.
—De acuerdo. Iré a contactarla ahora mismo —informó Gabriela, levantándose.
Subió al ala izquierda y entró en la biblioteca. Era la hora de la cena y las que no estaban demasiado preocupadas para comer nada, estaban en el comedor, por lo que no había nadie allí y podía disponer de paz y privacidad. Relajó su mente, buscando el hilo que tenía con Albana, la Portadora de Alnilam.
Para comunicarse utilizando la telepatía, era necesario estar cara a cara una primera vez para establecer una conexión visual a través de los ojos y poder abrir un vínculo, lo que ellas llamaban “el hilo”. Una vez que este se había creado, se guardaba un registro de él en su mente al que siempre podían volver para activarlo y poder comunicarse. Sin embargo, esta comunicación también necesitaba de cierta cercanía, además de que la persona que recibía la comunicación tuviese las barreras lo suficientemente bajas como para permitir la entrada. Aquellas “barreras” eran una gran arma de defensa, y una de las cosas más difíciles de dominar. Los Enviados tenían la misma habilidad que ellas, que canalizaban también a través de sus piedras, por lo que saber levantar una barrera y protegerse de sus mentes era fundamental. Las Portadoras tenían más poder que ninguno de ellos a la hora de utilizar la telepatía, y podían comunicarse con sus Guardianas a largas distancias.
Gabriela buscó el hilo que Albana había abierto con ella desde hacía muchos años e intentó contactarla. Esperó unos instantes. Tan pronto escuchó su voz, se la imaginó casi como si fuese un holograma. Los otros dones principales de los que disfrutaban las Portadoras eran el de la transfiguración y el de la longevidad. En realidad, las Piedras Blancas congelaban la imagen de su cuerpo tal y como había sido el día que fueron elegidas durante todo el ciclo. Así, había Portadoras cuya apariencia original era la de una muchacha joven, como Sidonie, la Portadora de Meissa, o Qaunaq, la de Betelgeuse; pero también las había de edad bastante más avanzada, como era el caso de Albana o de Magdalena, la Portadora de Kheirós. Tener una Portadora más mayor también aumentaba la presión sobre sus Guardianas. Aún con los Poderes que obtenían de la Piedra, la edad suponía un obstáculo y no eran tan ágiles como las Portadoras más jóvenes. Albana, sin embargo, compensaba la falta de juventud con una inteligencia formidable. Eran raras las ocasiones en las que Gabriela realmente tenía que preocuparse de protegerla a ella. Siempre había sabido mantenerse oculta y lejos del peligro, por lo que Alnilam había podido centrarse tanto en servir de apoyo a otras bases como en intentar adelantarse a la Alianza.
Gabriela la admiraba mucho. Para ella, Albana había sido una auténtica inspiración. Cada una de las numerosas arrugas de su rostro contenía largos años de vivencias y mucha sabiduría. Nunca se cansaba de escuchar sus historias cuando estaba en el Refugio, aunque desgraciadamente el tiempo para poder hacerlo se había reducido en los últimos años en los que su presencia suponía para ella una enorme preocupación. Cuando era joven eran otras las Guardianas que se hacían responsables de su bienestar, pero en los últimos dos años, aquella responsabilidad caía sobre todo en ella.
—“¿Qué ocurre, Gabriela?” —escuchó su voz, lenta y serena.
—“Siento molestarte, mi Señora” —le dijo con todo el respeto que podía dedicarle, cumpliendo la voluntad de la mujer de no dirigirse a ella de usted.
Le habló de lo sucedido en el restaurante y en el metro para ponerla al día.
—“¿La Iniciada está bien?” —preguntó la Portadora.
—“Desolada, pero viva” —respondió—. “El Enviado nos atacó a la vista de todos. Tengo la sospecha de que están tramando algo grande. Están intentando provocarnos. Esta vez se están acercando demasiado.
—“No es algo que me sorprenda” —dijo la Protectora sin perder la calma—. Saben que el fin de este ciclo se acerca. Los Enviados siempre se ponen nerviosos cuando se acerca este momento. Es esperable que ataquen con más insistencia y hostiguen a las bases. Darán por supuesto que las Portadoras queremos pasar nuestros últimos días con nuestras Guardianas. Y encontrar a la nueva Portadora después del cambio será una carrera contrarreloj. Deberéis hacerles frente, y no os resultará sencillo. Lo que habéis visto hasta ahora es solamente una muestra de lo que vendrá. Es algo que ocurre siempre cuando se acerca el cambio.
Gabriela escuchó con atención. El fin de ciclo era un momento que se venía temiendo desde hacía mucho. Por una parte, era casi un privilegio para una Guardiana asistir a un hecho tan importante en su Orden. Pero como líder, era un auténtico dolor de cabeza. Como Albana estaba diciendo, no solo deberían intentar encontrar a la nueva elegida para su Orden sino que, además, deberían hacerlo antes de que lo hiciese la Alianza. Por supuesto, para ellas sería mucho más sencillo. Cuando eran elegidas, las Portadoras recibían los recuerdos y vivencias de sus antecesoras a través de su Piedra Blanca, lo que incluía también los hilos abiertos con sus Guardianas. En realidad, solo tendrían que esperar a que fuese la nueva Portadora quien les contactase a ellas. Sin embargo, aceptar su rol y asumir su nueva realidad podía llevar tiempo para ellas. Un tiempo que sus enemigos no perderían en intentar encontrarla. Como Guardiana, Gabriela tendría que proteger a una mujer a la que no conocía todavía.
—“De eso es de lo que quería hablarte, Albana” —le dijo en tono lastimero—. “A nadie le gustaría más que pasases estas últimas Navidades con nosotras, pero ahora mismo me parece una temeridad que no podemos permitirnos.”
—“¿Quieres que cancele mi viaje a Barcelona?” —preguntó la mujer. Gabriela tragó saliva. Se sentía horriblemente mal por tener que tomar aquella decisión. No solo le estaba quitando la posibilidad a las Guardianas de tener a su Portadora con ellas sino que estaba abocando a Albana a la soledad en sus últimas fiestas.
—“Lo siento muchísimo…” —admitió—“, pero ahora mismo no sé a qué nos enfrentamos en Barcelona. Lo que sucedió hoy me tiene muy nerviosa. Podrían haber descubierto el Refugio a través de Nicole. Tenerte aquí en este momento sería muy peligroso. No creo que pueda garantizar tu seguridad.”
—“Ser líder significa tomar decisiones difíciles, que pueden no gustar. Si crees que es lo mejor, entonces no viajaré a Barcelona.”
—“Esperemos a que se pasen las celebraciones. Tal vez ellos se den por vencidos y puedas regresar cuando las cosas estén más calmadas.”
—“Tal vez. Pero como te he dicho, no tengas demasiada esperanza en que lo hagan. Lo más probable es que sigan presionando hasta bien entrado el nuevo ciclo.”
La Portadora se despidió y cortó la conexión. Gabriela guardó su piedra bajo su jersey, a la que había estado dando vueltas entre sus dedos distraídamente mientras se comunicaban, y abandonó la biblioteca con un nudo en el estómago. Había deseado con ansia aquellas primeras Navidades de Nicole en el Refugio. Aunque muchas de ellas pasaban la Nochebuena con sus familiares o amigos en la superficie, la Orden siempre reservaba una velada para ellas en una gran cena que compartían celebrando la familia que eran, junto a su Portadora. Este año, Nicole no podría celebrar la Nochebuena con Raquel, como le había contado que solía hacer. La pasaría en el Refugio, deprimida y entristecida. Su corazón se encogía solo de pensarlo.
En los últimos tres meses le había tomado mucho cariño. Las mujeres que pertenecían a la Orden terminaban siendo como una gran familia, pero como en la vida real, siempre había miembros con los que una conectaba mejor que otros. Algo había encajado a la perfección entre ellas dos. Quizás Nicole le recordase a una versión más joven de ella misma. Era una muchacha muy inteligente y responsable, con un fuerte sentido del deber. En cierto modo, la veía y la sentía como la hermana pequeña que nunca había tenido. Aunque era hija única, Gabriela se había criado con sus primos, como si fuese su hermana mayor. Sobre ella había recaído la responsabilidad de ser su modelo y de cuidar de ellos en muchas ocasiones. Ella tenía la teoría de que tener que lidiar con tres primos rebeldes la había moldeado para ser la Guardiana que era hoy. Con ellos había aprendido a defenderse e imponerse desde temprano. Y, aunque habían sido como sus hermanos, siempre había echado en falta saber lo que se sentía con una hermana. Nicole inspiraba en ella aquel instinto casi maternal, con la complicidad añadida de la cercanía en edad que carecía con su propia madre. Era por ello que, en aquel momento, sentía su desolación como si fuese la suya propia.
Caminó hasta su cuarto y la encontró sentada ante el escritorio con la cara enrojecida por el llanto. Entre lágrimas, Nicole había conseguido escribir unas palabras de despedida para Raquel en una sentida carta que le mostró. Gabriela la leyó en silencio. El inmenso dolor que destilaban aquellas palabras la hacía bastante creíble.
—Sé que esto es muy difícil, Niki —le dijo frotándole los hombros con cariño—, pero estás haciendo lo mejor también para Raquel. Hasta hoy, no fuimos conscientes del peligro en el que ella también estaba. Si te alejas y comprenden que no conseguirán llegar hasta ti a través de ella, la dejarán en paz.
—No me gusta tener que engañar a mi mejor amiga —dijo mirando a Gabriela con expresión lastimera.
La cogió de la mano y la llevó hasta su cama, sentándose a su lado.
—Dos meses después de ser elegida estuve a punto de renunciar a la Orden —le confesó.
—¿En serio? —preguntó Nicole, sorprendida. Gabriela asintió.
—Sí. Jamás le había mentido a mi familia. Y, de repente, tenía que inventarme engaños a diario. Hacerlo me revolvía el estómago. No soportaba la idea.
—¿Y qué pasó?
La miró largamente.
—La noche que venía al Refugio para renunciar, fue mi primer encuentro con los Enviados. Gloria fue a buscarme y resultó herida en la pierna intentando protegerme a mí.
—¿Por eso se retiró? —preguntó Nicole, entendiendo.
—No dejó el liderazgo en aquel momento, pero se retiró del exterior. La herida la dejó muy tocada y no volvió a ser la misma. Nunca he dejado de sentirme culpable por eso —admitió Gabriela.
—Tú no eres culpable. Solo eras una Iniciada.
—Lo sé, pero a veces la culpa es difícil de dominar —dijo con un suspiro. Se giró hacia ella y le apartó el pelo de la cara, enganchándolo detrás de su oreja—. Lo que quiero decirte es que te entiendo. Entiendo que mentirle a Raquel te haga sentirte tan mal. Pero aquí aprendemos con sangre que a veces una verdad puede hacer más daño que una mentira. Esta carta es tu primera gran misión como Guardiana, porque con este paso, la estás protegiendo también a ella.
Nicole la miró con los ojos empañados y apretó los labios, asintiendo. Se recostó contra su pecho y Gabriela la abrazó con fuerza. Se permitieron quedarse así durante un buen rato, en silencio. Cada una con sus recuerdos y sus culpas.
11
NUEVOS PROPÓSITOS
La semana siguiente, Gabriela asistió impotente a la espiral de desolación en la que Nicole se hundía cada vez más. Tener que renunciar tan pronto a su vida había sido un golpe muy duro. Había pasado de ser una joven que iba al instituto, hacía sus exámenes y salía con sus amigos mientras llevaba una segunda vida secreta, a recluirse en un lujoso sótano de piedra y olvidarse de todas aquellas cosas propias de su edad. Gabriela estaba segura que, si le diesen a elegir, Nicole preferiría hacer un examen cada día en el instituto que el vacío al que se enfrentaba. Hasta hacía unos días todavía tenía planes sobre qué estudios iba a cursar en la Universidad, cuando se iría a vivir a un piso de chicas con su mejor amiga, qué se pondría para su primera cita de verdad... De repente, ese futuro se había esfumado de un plumazo. Y lo peor era que había desaparecido sin que nadie lo advirtiese tan siquiera. Para la Orden aquello era lo ideal. Pero Gabriela comprendía que la muchacha se sintiese insignificante al sentir que no había nadie que se preocupase ni advirtiese su ausencia.
Ella misma había llevado la carta que Nicole había escrito a Raquel en persona. Había aprovechado para instalar una cámara frente a la vivienda de la joven, de forma que Nicole podía verla y ellas podían mantenerla vigilada. Era evidente que el lazo que unía a las dos adolescentes era muy fuerte. Ambas estaban igual de destrozadas con la separación, y ver lo destrozada que su amiga estaba tras su supuesto traslado al Reino Unido no estaba ayudando a Nicole en absoluto. Tanto que Gabriela se estaba planteando retirar la cámara.
Aquellos días, pasaba todo el tiempo posible en el Refugio pendiente de ella, aunque desafortunadamente no era mucho debido a que se encontraban en plena Navidad. Entre compras navideñas, cenas familiares y de empresa, casi solo podía pasarse más que para ir a dormir, lo cual hizo prácticamente todos los días de la semana, aprovechando que sus compañeras de piso tampoco estaban en casa por esas fechas. Había convencido a Sandra para dar una pausa a Nicole en el entrenamiento y darle su espacio para aceptar su nueva situación y recuperarse, pero cada vez la veía más deprimida.
—Nicole tiene que volver a entrenar —dijo Sandra con firmeza, mientras tomaban un aperitivo navideño las dos solas en una de las salas de control.
—Es muy pronto, Sandra. Todavía está muy baja de ánimo —replicó.
—Y estar de brazos cruzados, encerrada en el Refugio todo el día, no la va a ayudar. Se pasa el día metida en su cuarto o en la biblioteca, comiéndose el coco con lo desgraciada que es. Tiene que mantener su cabeza ocupada. Debe seguir con la formación. Cuanto antes aprenda a dominar la telepatía y a saber defenderse, antes podrá volver a salir de aquí.
Gabriela suspiró y dio un trago, meditando las palabras de su compañera.
—Quizá tengas razón.
—Suelo tenerla —replicó altiva la Guardiana.
Ella entornó los ojos y le sonrió por encima de la copa.
Unos nudillos llamaron a la puerta y la cabeza de Judith, una de las Guardianas más jóvenes, asomó sonriente.
—¡La cena ya está lista! ¿Os venís?
Gabriela y Sandra se levantaron y se dirigieron al comedor grande.
Era viernes veintisiete de diciembre. Aunque Nochebuena ya había pasado, en el Refugio solían celebrarla siempre el viernes siguiente para asegurarse de que todas, o al menos la gran mayoría, podía asistir.
Se apresuró a la biblioteca para buscar a Nicole y la arrastró a duras penas hasta la planta baja. Disfrutaron de una deliciosa cena que habían preparado las hábiles manos de Carmen, Pola y Ona, las abuelas del Refugio, que también eran las que más disfrutaban de la celebración, sin duda alguna. Aquella noche todas tenían permitido comer lo que quisieran. Marisco, cordero asado con patatas, carrilleras de ternera en salsa de Oporto, turrón, polvorones… Era un día especial en el que Gabriela quería que todas se sintieran como una gran familia en la que todas eran hermanas y no como Guardianas que debían mantenerse en forma para la lucha.
Se pasó la noche intentando implicar a Nicole en las conversaciones para animarla, pero sus esfuerzos no daban demasiado resultado. Todo estaba demasiado reciente y eran las primeras Navidades que pasaba lejos de su vida. No tenía que preguntarle para saber que Raquel estaba constantemente en su mente.
La cena se extendió en una larga sobremesa en la que las botellas de cava bajaron a medida que subían las carcajadas y los colores a las mejillas de las mujeres. Nicole era muy joven todavía, pero, aun así, le había servido una copa. Sin embargo, la muchacha no había dado ni un sorbo. Se había pasado la última media hora dándole vueltas al recipiente, con la mirada perdida en las burbujas.
Decidida a hacer algo para evitar que siguiese derrumbándose, Gabriela subió a los dormitorios y cogió sus chaquetas. Mientras descendía, contactó con Nicole mentalmente.
—“Ven a la antesala” —le ordenó mientras cogía sus espadas y su cinto de la armería.
La esperó al lado de la estatua de Freydis hasta que la vio aparecer desde la puerta del comedor.
—¿Qué sucede? ¿Me necesitas para algo?
Gabriela le tendió su chaqueta.
—Póntela. Vamos a salir.
—¿Al exterior? —balbuceó Nicole, perpleja.
—Vamos —replicó Gabriela dirigiéndose hacia la salida situada sobre el Refugio.
Subieron a la azotea del edificio. Pasaban de las tres de la madrugada y, aunque las calles estaban más agitadas de lo normal debido a las celebraciones y las vacaciones, los tejados ofrecían su habitual calma, de la que ellas tenían un pase privilegiado.
—¿No es peligroso que salga? —preguntó la Iniciada.
—Creo que lo necesitas, ¿o me equivoco? —replicó Gabriela sonriéndole—. Sabes que no dejaré que te pase nada.
Nicole esbozó una leve sonrisa que ella se tomó como un gesto esperanzador.
Le hizo una señal para que la siguiera y la guio por las azoteas hasta su rincón favorito en la ciudad. Tardaron menos de diez minutos en salvar una distancia que a pie de calle les hubiese llevado veinte, hasta llegar a un grupo de edificios de entre cuatro y cinco alturas que se apiñaban bastante juntos. Gabriela saltó a una de las azoteas, que parecía en completo desuso, y le hizo una señal para que se uniese a ella. En la terraza no había nada, salvo los parapetos típicos de la misma: la pequeña construcción con una puerta que daba acceso a la vivienda, una cornisa de un metro de altura rodeando toda la superficie, y un cubículo de hormigón de dos alturas con rejillas a los lados. A excepción del edificio desde el que habían saltado, que tenía una altura más, aquella terraza dominaba las edificaciones circundantes. No se veía el mar, pero por la noche se podían ver kilómetros de calles salpicadas de luces, e incluso las torres de la Sagrada Familia a lo lejos.
Gabriela se sentó sobre el primer nivel del cubículo de la salida de humos y apoyó su espalda en el segundo, observando a Nicole deambular por la azotea.
—¿Es mi imaginación o hay una diana en aquel edificio? —preguntó Nicole señalando unos círculos pintados en rojo que se veían en la pared de una de las construcciones cercanas.
—Es una diana —respondió Gabriela. Apuntó a otras, situadas a distintas distancias en las cornisas y azoteas de alrededor—. Son todas mías. Aquí es donde vengo a practicar con el arco cuando necesito pensar o estar sola. Es mi Refugio personal. Creo que todas las Guardianas tenemos algún lugar así, que es especial para nosotras —le confesó. Le hizo una señal para que se sentase a su lado—. Ven, tengo algo para ti.
Sacó un pequeño paquete envuelto en papel de estraza y se lo dio.
—¿Qué es? —preguntó Nicole, cogiéndolo.
—Es mi regalo de Navidad. Ábrelo —le ordenó.
Nicole observó el paquete sin demasiado interés y lo abrió. Dentro había una estampilla de caucho similar a los que había en todas las oficinas, así como un montón de sellos postales extranjeros. Miró a Gabriela sin comprender nada. ¿Para qué quería ella eso?
—No lo has mirado con atención —protestó Gabriela, alzando una ceja.
Nicole volteó el sello y se fijó entonces en las marcas grabadas en el caucho. Estaban en inglés. Simulaban el sello de una oficina de correos inglesa.
—Con esto podrás mantener correspondencia con Raquel —le dio un papel con algo escrito a bolígrafo—. Estoy bastante segura de que los Enviados habrán hackeado su correo electrónico tan pronto sospecharon de que eras una Iniciada, así que no podemos utilizar ese medio. El tradicional será menos arriesgado. Dile que te conteste a esta dirección. Aquí vive mi amigo Paul. He hablado con él y no tiene ningún problema en remitir a nuestro apartado de correos todas las cartas que reciba de Raquel.
Gabriela observó complacida que el regalo surtía efecto. El rostro de la joven se había iluminado como no le había visto hacerlo desde la noche que había acordado acompañarla a encontrarse con el atractivo repartidor de pizzas que había resultado ser el enemigo. Nicole la miró emocionada y le dio un fuerte abrazo que la dejó momentáneamente sin aire.
—¡Gracias, gracias, gracias! —le dijo eufórica. Gabriela la apartó con expresión seria.
—Este regalo tiene condiciones —le advirtió.
—¡Las que sean!
—Quiero que vuelvas a entrenar. Necesitas distraerte y encontrar un propósito. Nicole, comprendo tu dolor, lo sabes bien. Pero estar todo el día llorando no mejorará las cosas, ni tampoco nos ayudará a nosotras.
—Lo sé. Lo siento. Te prometo que intentaré no llorar más.
—A partir de mañana volveremos a los entrenamientos. Y quiero que hagamos más hincapié en la telepatía. Sandra tiene razón, cuanto antes la domines y sepas defenderte, antes podrás salir del Refugio sin que suponga un peligro inasumible. Yo tampoco quiero verte encerrada todo el día, ¿de acuerdo?
—¿Hay alguna posibilidad de que me entrenes tú? Entre tener a Sandra de maestra y poder cartearme con Raquel… no sé qué elegir la verdad —bromeó.
Gabriela soltó una carcajada. Aquella broma era una buena señal. Le daba esperanza de que no haber perdido del todo la inocencia Nicole.
El año nuevo trajo para Nicole la esperanza de encontrar nuevos propósitos que le diesen sentido a su vida. Desde que podía cartearse con su amiga, la Iniciada se sentía mucho más animada. Ya no pasaba tanto tiempo a solas y, como le había prometido a Gabriela, retomó aún con más fuerza su formación. Además de eso, ayudaba en las tareas domésticas de las que solían ocuparse las Arcontes y las Veteranas.
Una tarde de febrero, Nicole acababa de llevarles un café a Judith y Safiya, que se encontraban vigilando las cámaras en la sala de control en aquel momento, cuando recibieron un aviso de la Orden de Saiph. Dos de sus Guardianas habían tenido un enfrentamiento en una llanura helada al norte de Rusia, cerca de la base de la Orden, en Dudinka. Una de las Guardianas había resultado gravemente herida. Mientras las Guardianas localizaban la zona en el mapa, Nicole subió a avisar a Sandra y Gloria, ya que Gabriela no se encontraba en el Refugio en ese momento y ellas eran en quienes más se apoyaba su líder y a quien solía dejar a cargo en su ausencia.
Cuando Gabriela llegó pasadas las siete y media de la tarde, el consejo de Guardianas y Arcontes se reunió junto al gran mapa de la biblioteca. A Nicole se le permitió asistir a la reunión por ser ella quien había recibido el aviso.
—Tenemos que estar alerta en las próximas horas. Podrían llegar más notificaciones —propuso Sandra rotundamente.
—He dejado a Nahír y Alma pendientes de cualquier novedad en la sala de vigilancia —anunció Gabriela, asintiendo.
—Los Enviados atacan cada vez con más frecuencia. Después de la pausa en enero, en este mes van ya tres enfrentamientos, contando con los de Bellatrix y Kheirós. Y sus ataques son más y más agresivos —dijo Ingrid.
Nicole miraba a unas y a otras mientras exponían sus opiniones. Se respiraba un aura de preocupación. En el último mes, habían sido ya dos Guardianas de la Unión las que habían resultado heridas.
—Es el Fin de ciclo —dijo Gabriela—. Están presionando porque saben que, tarde o temprano, las Portadoras volverán a la base a despedirse de sus Guardianas.
—Y están yendo a por las Órdenes débiles —observó Gloria—. Ni Kheirós, ni Saiph ni tampoco Bellatrix destacan por tener las mejores guerreras. Y ellos lo saben.
—No podemos dejar que nos sigan machacando. ¡Debemos plantarles cara! —rugió Sandra apretando los puños, sacando a relucir su fuerte temperamento.
—No sabemos a ciencia cierta con qué nos enfrentamos, Sandra. Si sus bases siguen la misma disposición que la constelación, eso los situaría con diecisiete divisiones, cada una con sus Enviados. Nosotras solo tenemos diez —contestó Gabriela—. Y Gloria tiene razón: no todas las Guardianas están entrenadas como las nuestras. La mayoría de las de Saiph, Kheirós o Betelgeuse no durarían ni dos minutos en un combate frente a un Enviado. A los hechos me remito. En el enfrentamiento de hoy ellas les doblaban en número y, aun así, escaparon a duras penas. Aunque decidiéramos luchar, no tenemos ninguna oportunidad si no podemos anticiparnos a ellos —calló un momento y miró el gran mapa, pensativa—. Si al menos supiéramos dónde tienen sus bases… —dijo mirando a sus compañeras.
—¿Entonces qué hacemos? —preguntó Sandra—. ¿Vamos a enviar refuerzos?
Gabriela resopló, agobiada. Le dirigió una mirada pensativa a la que había sido su predecesora y mentora.
—¿Tú qué opinas, Gloria? ¿Crees que deberíamos viajar a Saiph?
La Arconte negó con rotundidad.
—No. Creo que no te equivocas al pensar que intentan hacernos salir de la base. Sé que te gustaría mostrarles tu apoyo, pero te conozco, y tu instinto te dice lo mismo que el mío. No es buena idea. Pero Dudinka e Isla Baffin están lejos. Muy lejos. Nos llevaría días llegar hasta allí. No pienso dejar a Barcelona desprotegida. Será mejor que esas Órdenes extremen las precauciones, pero nosotras debemos hacer lo mismo. Y ahora mismo la opción cauta es proteger nuestra base.
—¿Así que no vamos a hacer nada? ¿Nos vamos a quedar de brazos cruzados? —replicó Sandra en claro desacuerdo.
—Seguiremos vigilando y a sugeriremos al resto de las Órdenes que mantengan a las Portadoras lejos de la base. Eso no es quedarse de brazos cruzados.
—Creo que diferimos en eso. Supongo que eso concluye la reunión —dijo Sandra saliendo del cuarto con aire enfadado.
El resto de las mujeres la imitaron en silencio.
Nicole permaneció sentada al fondo, observando a Gabriela de pie ante el mapa. Siguiendo la atención de su amiga, observó con atención los puntos señalados en el mapa. Había distintos tipos de marcadores de bronce. Algunos tenían forma de cruceta, y marcaban los lugares en los que había habido enfrentamientos con los Enviados o en los que se los había visto a lo largo de la historia.
—¿Qué son las banderillas? —preguntó fijándose en los pequeños punzones con forma de bandera que aparecían alrededor de las cruces.
—Representan las veces que hemos visto a Enviados en esa zona —explicó Gabriela—. Creemos que esas zonas son posibles bases de la Alianza, pero no le hemos encontrado ningún sentido a su disposición —explicó Gabriela señalando una zona en la que había varias banderillas rodeando la cruz central, situada sobre un punto al sur de la costa oeste de Canadá—. Suponemos que el orden de sus bases debería seguir la lógica ordenación de las estrellas de la constelación de Escorpio, pero no parecen tener ningún sentido. Además, esos hombres se mueven mucho, y eso nos dificulta seguirles la pista —la Guardiana se llevó la mano a la frente en un ademán de desconcierto y frustración—. Muchas de estas referencias son muy antiguas y llevamos décadas sin verificarlas, pues son áreas muy remotas, alejadas de nuestras bases. No las conocemos bien y es arriesgado para nosotras intentar investigarlas.
Mientras, Nicole seguía con la vista fija en los puntos marcados y rodeados de banderillas. Se acercó a uno de los estantes y cogió un pequeño mapamundi, marcando en él los mismos puntos señalados en el gran mapa de la pared. Cruzó un punto al oeste de Alaska y otro sobre la lejana ciudad de Anadyr, en la costa este rusa. Otros dos puntos aparecían sobre Vancouver. A estos puntos se le sumaba una cruz sobre la isla caribeña de Puerto Rico, otra con muchas banderillas en Ciudad de México, y una última sobre la ciudad de Caracas, en la que se disponían varios marcadores en los alrededores y traspasando la frontera colombiana.
También había un montón de banderillas sobre Barcelona y Frankfurt, así como algunos en otras ciudades europeas como Madrid, Toulouse, Amsterdam o Berlín.
—¿Por qué no hay ninguna cruz sobre Europa? —preguntó Nicole, extrañada—. Ha habido muchos enfrentamientos por aquí.
—Cierto, pero creemos que se debe a que nuestras bases estén aquí, y no las suyas. Si la Alianza tuviese una base en la misma ciudad que nosotras, a estas alturas ya la habríamos encontrado. Sus Mayores son increíblemente esquivos. Es muy raro que se dejen ver fuera de las bases, por lo que intuímos que no están cerca de las nuestras. Las únicas veces en las que la Unión ha visto a algún Mayor han sido en Asia o América del sur. Claro que es posible que nos equivoquemos… —admitió.
Tras haber confeccionado su mapa personal, Nicole lo miró, dándole vueltas y más vueltas, mientras Gabriela seguía con sus cavilaciones, sin prestarle demasiada atención a la ella.
—Iré a ver si hay alguna otra noticia —anunció la Guardiana, dándose por vencida y retirando su llave del mapa—. ¿Vienes conmigo?
—Si no te importa, me gustaría quedarme un rato más —contestó Nicole, enfrascada en el papel.
—Claro. Te espero luego para cenar —le dijo dándole un beso en la frente antes de dejarla a solas en la biblioteca.
Nicole levantó la cabeza hacia el mapa de la pared, que se había quedado desnudo del brillo con el que lucían las bases de Orión al retirar Gabriela su Piedra Ámbar, y lo comparó con su pequeña cartografía de mano.
Deslizó la mano bajo el cuello de su camiseta y dejó que la fina cadena plateada de la que pendía el marco donde guardaba su gema rodeara su cabeza. Con cuidado, apretó el resorte que abría las elegantes garras de plata que cercaban la gema y la cogió entre sus dedos, llevándola a la cerradura del mapa. De nuevo, la réplica de la constelación brilló sobre el mapa, y volvió a su sitio, contemplándola desde allí.
Sobre su papel, trazó varias líneas rectas, uniendo una y otra vez las cruces negras de todas las formas posibles, intentando buscar algo parecido a la silueta de Escorpio. Como Gabriela había dicho, ninguna disposición parecía tener mucho sentido. Sin embargo, Nicole no se daba por vencida. Parecía que, al fin, había encontrado su siguiente propósito.
Los días siguientes, sus lecturas en la biblioteca fueron sustituidas por interminables horas ante su pequeño mapa, cada vez más emborronado por las líneas y líneas de prueba que trazaba sobre él tratando de encontrar una lógica que le resultase familiar.
—¿Cómo es posible que haya tanto espacio vacío aquí? —dijo en voz alta fijando su mirada sobre el centro del mapamundi.
A pesar de los asteriscos que representaban a las banderillas, las cruces se concentraban en ambas esquinas del globo, sobre los extremos de América y Asia, y en el continente europeo no se concentraban más que banderillas sobre las bases de las Órdenes de las Estrellas cuya presencia estaba evidentemente justificada por la localización permanente de las Guardianas.
—Eso es lo que más nos desconcierta —la voz de Gabriela la sobresaltó. La Guardiana se acercó y dejó ante ella un plato con una tostada bien cargada de tomate y jamón serrano—. La primera vez que los Enviados se mostraron fue prácticamente al inicio de nuestra Unión. Por aquel entonces todavía no se había descubierto el continente americano, y no sería hasta unos doscientos años después cuando Alejandro Magno inició su expansión hacia Oriente. La Unión ha ido extendiendo sus bases por la faz de la tierra a medida que el hombre descubría territorio. Del origen griego de las primeras diez Portadoras, las Órdenes se fueron ampliando hasta abarcar todo el planeta. Suponemos que con Escorpio habría de pasar igual, ya que ambos enemigos han seguido siempre un camino paralelo, pero no tenemos indicio alguno de sus bases en Europa, y eso nos desconcierta. Hemos tenido encontronazos en distintas ciudades, pero no las suficientes veces como para creer que tienen una base permanente en ellas.
Nicole escuchó atenta la explicación de su compañera mientras daba buena cuenta de su merienda.
—Tiene que haber una explicación lógica —dijo con la mirada perdida en el fresco iluminado de la pared del fondo.
—Esa ha sido la reacción de cada Guardiana que ha intentado descifrar el mapa —sonrió divertida Gabriela—. No deberías perder el tiempo. Yo misma he malgastado muchas horas tratando de dar con la respuesta —las dos se giraron para recibir a Sandra, que las miró sin inmutarse.
—Hay que ir a comprar unos medicamentos para Carmen. No ha mejorado y Judith teme que pueda volverse grave si no la trata ahora. Yo tengo que salir a ocuparme de la compra semanal ¿Te encargas tú? —preguntó.
—Claro —contestó Gabriela levantándose y arrimando su silla contra la mesa—. Nos vemos luego, Nicole —dijo despidiéndose de la chica y saliendo escaleras abajo. Sandra se quedó un momento de pie observando sus garabatos sobre el mapa.
—Es inútil. No encontrarás nada —concluyó dándole la espalda con gesto altanero—. Serías más útil abajo, cuidando de Carmen.
El portazo sonó probablemente más fuerte de lo que la Guardiana había pretendido, pero todos sus gestos parecían combinar perfectamente con su carácter. Arqueó una ceja mirando la puerta y sacó la lengua al lugar por donde Sandra se había ido, enfadada. Cogió el papel con brusquedad, acercándolo a sus ojos, ofuscada. La negatividad de su entrenadora le había dado todavía más motivación para tratar de desvelar aquel misterio.
Pero al cabo de unos minutos, el mosaico de líneas inexplicables sobre el mapa borró su optimismo y se encontró otra vez en la misma encrucijada. “El mapa se ha ido ampliando a lo largo de los siglos”, se dijo recordando la información que Gabriela le había dado hacía tan solo unos minutos.
Tras unos segundos en silencio, se levantó acercándose a una de las estanterías protegidas con cristal, donde se guardaban los manuscritos y papiros más antiguos. Con infinito cuidado, extrajo dos o tres rollos de papel amarillento y los extendió sobre la mesa, desvelando los grabados de cartografías antiguas en las que la tierra poseía una forma distorsionada de la que mostraban los mapas actuales. Siguió buscando en las vitrinas hasta amontonar sobre la mesa de la biblioteca una pila de libros de gastadas tapas de cuero, ocupando casi todo el espacio disponible.
—Con esto tengo para un buen rato —se dijo, inclinándose sobre los antiguos mapas.
Durante horas comparó los dibujos trazando un mapa de evolución de la Unión de Orión y repasando en los viejos apuntes y diarios de las antiguas Guardianas de la Orden que allí se guardaban como oro en paño. Las brillantes esferas que iluminaban la biblioteca la vieron cambiar mil veces de postura, devorando uno tras otro los libros, haciendo sus anotaciones personales y olvidándose completamente de comer.
Basándose en los recuerdos que se habían escrito en aquellos pequeños diarios, trató de seguir la pista de los Enviados a lo largo de los últimos dos mil años de historia, buscando de alguna forma trazar una evolución de la Alianza sobre la Tierra, al igual que lo había hecho con la Unión. Sin embargo, los escasos resultados que había obtenido eran de lo más desconcertantes. Los reportes de enfrentamientos o avistamientos de Enviados eran muy poco frecuentes, y la mayoría se producían en la entrada y salida de un ciclo. Por tanto, los enfrentamientos solían producirse allí donde había Guardianas, y eso no daba ninguna pista sobre sus propias bases. Desde luego, eran escrupulosamente recelosos con su propia historia. En cierto modo, Nicole sintió algo lejanamente parecido a la admiración por ellos, pensando que aquel desconocimiento que ellas tenían sobre sus enemigos les otorgaba a estos una enorme ventaja.
Irremediablemente, pensó en Joan. Recordó la primera vez que lo había visto, pero sobre todo recordó la última. Sus ojos verdes, el roce de su mano en su mejilla… Le parecía tan extraño encajar a uno de aquellos Enviados, tan esquivos a la historia que almacenaban aquellas cuatro paredes, como un simple pizzero… Apartó su recuerdo con un gesto de desprecio. Aquel joven y su endemoniado atractivo rostro eran los culpables de que hubiese tenido que dejar su vida y que Raquel y ella solo pudiesen mantener el contacto por carta.
—Supongo que Sandra tiene razón… —se dijo, abatida, mientras se levantaba, sintiendo las piernas totalmente entumecidas.
Se estiró dolorida y cogió los libros que había acercado al suelo, donde había estado sentada las últimas dos horas, con intención de llevarlos de nuevo a su lugar en los estantes de la vitrina de piedra. Al levantarlos, algo se desprendió de uno de ellos, y se agachó para recogerlo. Era un trozo de hoja maltrecha, a la que el paso de los años había vencido en fuerza. Nicole lo recogió con cuidado y lo observó. En el trozo de papel se dibujaba un extremo de una cartografía muy antigua, surcada por líneas horizontales y verticales. En la esquina, aparecía una numeración de página. Era un número elevado, por lo que la muchacha descartó los primeros libros, de pequeño tamaño, y posó el último sobre la mesa, ya que era demasiado pesado para manejarlo sobre sus brazos. Lo abrió y buscó la página correspondiente para devolver el fragmento desprendido a su lugar. El número anterior a su página se correspondía a un mapa del continente europeo. Sin embargo, para su sorpresa, en la página derecha del pliego no faltaba esquina alguna, ni había paginación escrita. Sorprendida, volteó la página y descubrió que el papel continuaba por la cara siguiente en una extensión plegada de la misma. Lo desdobló con cuidado, escuchando el crujir de la fibra acartonada por los años, y rozó la esquina quebrada donde correspondía el trozo desprendido. Lo colocó en su lugar y observó el mapa al completo.
La página representaba una reproducción de uno de los primeros mapas completos del mundo, en cuyo pie de imagen rezaba el nombre de Waldseemüller y una fecha, 1507. Nicole dejó vagar sus ojos por la imagen, maravillada por el dibujo que, aunque hoy en día se sabía que era inexacto, era hermoso en su fábrica. La cartografía estaba dividida en doce cuadros, y las masas continentales aparecían deformadas en un efecto ocular esférico no bien logrado, donde el continente europeo—asiático adquiría el máximo protagonismo ocupando los cuadros centrales. El continente americano, por entonces todavía apenas inexplorado, era prácticamente una delgada extensión de tierra a la izquierda en donde, por primera vez en la historia, se había escrito el nombre de “América” en un mapa oficial.
Nicole repasó con la yema de los dedos las florituras que adornaban el mapa, conformando un elegante marco, y se detuvo en la viñeta dibujada en la depresión que formaba la parte superior. Allí, las imágenes de dos hombres, Ptolomeo y Vespuccio, dibujados con sus instrumentos cartográficos, cercaban dos esferas con una representación en miniatura de los hemisferios terrestres, con Europa a la izquierda, y la recién descubierta América a la derecha.
Sus ojos se perdieron entre aquellas dos esferas y su mente divagó por ellas como pasmada, durante largos minutos.
Unos golpecitos secos sonaron en la puerta y Gabriela asomó la cabeza, recién llegada de su trabajo.
—¿Todavía estás aquí? Te vas a deshidratar. Llevas días aquí encerrada —la regañó—. Baja a cenar, anda.
—¡¡Lo tengo!! —exclamó eufórica, mirando a su compañera, ignorando por completo su advertencia—. ¡Creo que he encontrado la clave para encontrar sus bases!
La Guardiana se acercó a ella, sorprendida. Nicole se levantó emocionada y empezó a farfullar una retahíla de palabras que su compañera no llegaba a entender. Se puso a trazar de nuevo líneas y cruces sobre su maltrecho mapa.
—No entiendo, Nicole. ¿Qué crees haber descubierto exactamente?
—Si mis cálculos están bien, nos faltarían cruces todavía por marcar en esta zona, en esta otra, y posiblemente por aquí —le dijo señalando en el mapa varias zonas sobre el este ruso, no muy lejos de la de Anadyr, un punto sobre la costa del mar de Laptev, al norte de Siberia, otro en Alaska y un par más en el centro de Canadá.
Gabriela miró las cruces sin comprender del todo qué sentido podía encontrarles la joven Iniciada.
—Siguen sin corresponderse con la constelación —afirmó, confusa.
—¡Porque estamos mirando el mapa de la forma que no es! Siempre hemos supuesto que siguen nuestros mismos pasos en todo. Mira esto: —dijo Nicole muy segura de sí misma. Ante el desconcierto de su amiga, desgarró el mapa por la mitad, separando el gran continente americano del resto de continentes. Después, volvió a colocar las dos partes juntas sobre la mesa—. Siempre hemos mirado el mapa en este sentido, porque así los han creado los cartógrafos, y es el que universalmente conocemos, al empezar a descubrir el planeta de derecha a izquierda. Ese ha sido nuestro error.
Entonces Nicole levantó el trozo en el que se dibujaba el continente americano y lo colocó a la derecha del otro pedazo de mapa, en vez de a la izquierda y ante el asombro de la veterana Guardiana, las estrellas de la constelación de Escorpio aparecieron representadas en las cruces que había marcado la joven. Boquiabierta, miró a Nicole que la observaba con una sonrisa de satisfacción.
—No es posible que sea tan fácil —balbuceó Gabriela.
—No puedo asegurar que las bases estén precisamente donde las he dibujado —le advirtió—, pero creo que la zona de referencia puede ser correcta. Algunas de las bases caen en zonas muy poco habitadas y eso me tiene un poco confusa. Por eso no estoy segura de haber dado con las bases exactas, pero creo que la respuesta está en la forma en la que miramos el mapa.
—¿Por qué estás tan segura? —preguntó la Guardiana tratando de encontrar algún sentido en las anotaciones de la chica.
—He repasado todos los lugares en donde ha habido presencia de Enviados a lo largo de la historia, o al menos los que están registrados en los libros de esta biblioteca. La mayoría coinciden con nuestras bases, esos los he descartado. Sin embargo, hay zonas en las que tal coincidencia es sospechosa. Por ejemplo, Caracas. Es una de las zonas que ha registrado más enfrentamientos desde que la base se estableció allí hace tres siglos. Desde entonces, ha sido una de las zonas más controlada por los Enviados, y por lo que estamos notando, también es una de sus ciudades favoritas en este cambio de Ciclo. Si el mapa de Escorpio que he trazado es correcto, hay cinco bases de los escorpiones alrededor de Venezuela, tres de ellas realmente cerca. ¿No te parece lógico que la Piedra más cercana a su base sea la más vigilada?
Gabriela miró el mapa de la pared, y trazó mentalmente los nuevos puntos que Nicole había dibujado conformando el escorpión. Tenía cierta lógica, pero todavía le resultaba difícil de creer que ningún miembro de la Unión hubiera llegado a aquella conclusión en tantos años de historia.
—Es una posibilidad. En cuánto a los puntos sobre esta zona menos poblada, puede que no sean tan inexactos. Puede que tengan sentido… —reflexionó.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Nicole, extrañada.
—Estás pensando en sus bases como un reflejo de la única que tú conoces, el Refugio. No todas las bases son iguales. Nuestra base en Betelgeuse tampoco se parece nada a esto. Ni sus Guardianas a nosotras. La mayoría de ellas son esquimales. Algunas están entrenadas en la lucha, pero rara vez salen de sus poblados ni dejan sus costumbres y sus quehaceres. Viven en una aldea muy pequeña y tan remota que no necesitan de una base física para reunirse. Allí el frío siempre es extremo, por lo que el riesgo de encontrarse con un Enviado y que las reconozca bajo todas las chaquetas y pieles que llevan es mínimo. Escorpio tiene diecisiete estrellas. Si tienen el mismo número de bases, son muchas para mantener. Sus Enviados se mueven mucho y suelen ir bien vestidos, bien armados y bien entrenados. Eso sale caro. Muy caro. La Alianza tiene que disponer de buenos recursos. Siberia es una mina muy rica. Hay petróleo, gas natural, minerales, mucha industria pesquera… Tendría mucho sentido que algunas de sus bases no fuesen más que apoyo logístico al resto. Una forma de conseguir recursos. Y muchos de los Enviados con los que nos hemos topado en Europa tienen rasgos y acento ruso —se volvió hacia ella con una sonrisa— ¡Creo que puedes haber dado con la clave!
—Pues eso he dicho —dijo ella, satisfecha.
—¡Buen trabajo! Sabía que escondías una gran Guardiana —la felicitó Gabriela haciéndola henchirse de orgullo—. Voy a hablar con el resto de la Unión para comunicarles lo que has averiguado. Son zonas muy vastas y remotas, y nos llevará años comprobarlas, ¡pero es un gran avance!
Nicole se dejó caer contra el respaldo de una de las enormes sillas tapizadas de la biblioteca, satisfecha de su trabajo mientras observaba a su amiga salir de la biblioteca con sus mapas y anotaciones. Sus tripas rugieron estrepitosamente y se dio cuenta de que estaba realmente hambrienta. Bajó las escaleras y se dirigió al comedor, con la certeza de que aquella noche, la cena le sabía a gloria.
12
FÁCIL DE OLVIDAR
Viernes 28 de marzo de 2003
Las luces de la ciudad se extendían en un radio de más de trescientos sesenta grados hasta tropezar con la silueta de la Sierra de Collserola al noroeste, apenas visible en la oscuridad del horizonte a aquellas horas de la madrugada y perderse en la negrura del horizonte sobre el mar al este. Desde allí arriba, encaramado a una de las torres de Palacio Nacional de Montjuic, Arion tenía una buena perspectiva de toda la ciudad. Aún a una hora en la que podría debatirse como demasiado tarde o demasiado temprano, podía observar movimiento en la ciudad: luces de coches que circulaban por las calles, alguna sirena lejana de una ambulancia, minúsculas figuras de personas moviéndose a lo lejos… Una ciudad como Barcelona nunca dormía.
Arion había estado en ciudades de mayor tamaño. Nueva York, París, Moscú… incluso su propia ciudad, San Petersburgo, era bastante más grande. Sin embargo, Barcelona tenía algo que la hacía especial. A pesar de su tamaño, era una ciudad manejable, con sus zonas fácilmente distinguibles y con carácter. Aunque él disfrutaba más de los climas fríos en los que se había criado, tenía que reconocer que allí no se vivía mal. Playas de agua templada, horas de sol, montañas cerca, buena comida y mujeres desinhibidas. Todo lo que un joven de veinticinco años podía pedir. Si no fuera un Enviado, claro.
Como muchas otras noches, paseó su vista por las interminables hileras de edificios, pensativo. En algún lugar de aquella ciudad estaba el famoso Refugio, la base de las Guardianas de Alnilam. Encontrarlo había sido el objetivo de muchos Enviados, pero hasta ahora ninguno lo había logrado. Había muchos motivos que llevarían a pensar que dar con él no debería ser tan complicado. En invierno, reconocerlas era difícil, pero Barcelona era una ciudad extremadamente cálida en verano, lo que dificultaba a las Guardianas la labor de ocultar su tatuaje. La única forma en la que podrían hacerlo sería con una gruesa capa de maquillaje o alguna pegatina, y ninguna de esas dos opciones saldría bien parada al calor y la humedad de finales de julio. Sin embargo, las alnilamitas eran extremadamente cuidadosas. Además de tener fama de buenas guerreras, al igual que las alemanas.
Hasta entonces, Arion solo se había enfrentado a Guardianas en cinco ocasiones: un par de veces en Toronto, otras dos en Caracas y una en Frankfurt. De todas ellas, tenía que admitir que las alemanas habían sido quienes mejor les habían plantado cara. Las de Toronto habían logrado escapar de ellos por salir a una multitud y perderse entre el gentío, pero, como guerreras, no habían supuesto rival ni para él ni para los otros dos Enviados que le acompañaban en aquel momento.
Hasta ahora, nunca se había medido con una Guardiana de Alnilam. Después de lo sucedido con Caronte en el metro hacía ya tres meses, tenía curiosidad. Su compañero podía ser un imbécil de categoría, pero nadie le discutiría su habilidad como guerrero. Casi tan bueno como él. Y lo que le faltaba en destreza lo compensaba en sed de sangre, convirtiéndolo en alguien peligroso al que enfrentarse. Aquella Guardiana le había plantado cara con un simple cuchillo y una Iniciada completamente inexperta a la que proteger. En cierto modo y aún sin conocerla, estaba admirado.
Si la mayoría de las alnilamitas tenían ese nivel no era de extrañar que se les resistiesen. Pero a él le gustaban los retos. Y Alnilam era uno hecho a su medida. Encontrar el Refugio era como ir de caza y él había cazado muchas veces en las estepas siberianas. Con paciencia y perseverancia, tarde o temprano lo conseguiría.
Cuando Ares se había tropezado con aquella muchacha meses atrás, supo que habían encontrado la presa a la que acechar. El cervatillo más joven y tierno de la manada. Pero después del incidente en el metro, la Iniciada se había esfumado entre la nada junto con cualquier otro rastro de las Guardianas. Su paciencia empezaba a agotarse.
Se dejó caer por el tejado hasta la cornisa y descendió hasta el suelo de un salto. Caminó hasta llegar a los primeros edificios del Poble Sec, y volvió a subir a los tejados en dirección al piso propiedad de la Alianza en el que se hospedaban desde que habían llegado a la ciudad el año anterior.
Cuando llegó a la azotea de su edificio, advirtió la figura de Ares, sentado sobre el borde del tejado. Caminó hacia él y se sentó a su lado.
—¿Todo tranquilo? —le preguntó el muchacho.
—Demasiado para mi gusto —admitió él—. ¿Y los demás?
—Se han ido de fiesta —dijo Ares.
—Gideon no aguanta encerrado sin un poco de diversión —rio—. ¿Por qué no has ido con ellos? Tienes diecinueve años. No te viene mal divertirte un poco.
—Hoy no me apetecía —respondió.
—¿Caronte se ha puesto pesado? —le preguntó, intuyendo que Ares tenía otra razón para no querer acompañar a los otros dos.
—Es un idiota.
—Cuéntame algo que no sepa.
Ambos se rieron juntos ante su comentario y tras eso se hizo el silencio.
—Han pasado tres meses, Arion —dijo el chico, al fin—. No hay ni rastro de Nicole ni de ninguna otra Guardiana. No las hemos visto acercarse a su amiga desde lo del metro. Ella es la única pista que tenemos. Caronte es un idiota, pero creo que ahí tiene razón.
Se volvió hacia él, endureciendo su expresión.
—¡No me refiero a darle una paliza hasta que hable, Arion! —se apresuró a replicar el muchacho—. Ha pasado el suficiente tiempo como para que ella esté más calmada. Podría acercarme a ella de nuevo y ver qué puedo averiguar… a mi manera, ya sabes.
Ares le dedicó una sonrisa cómplice y no pudo evitar soltar una carcajada. Sopesó la idea. Estaba bastante seguro de que a su pupilo no le sería difícil conseguir un acercamiento con la joven. Su pelo rubio y sus ojos verdes tenían mucho éxito entre las españolas y en las semanas en las que había estado quedando con ella se había hecho evidente que él le gustaba. En cierto modo, Arion se sentía un poco sucio al utilizar este tipo de tretas con alguien que era totalmente ajeno a ambas organizaciones, pero se sentía encajonado. Y detestaba esa sensación. Necesitaban salir de aquel agujero y tal vez aquella joven de pelo rizado tuviese la clave.
—Está bien —dijo—. Mañana ve a esperarla a la salida del instituto. Veamos a dónde nos lleva.
Ares llegó a la plaza que había enfrente del instituto de Raquel cuando faltaban cinco minutos para que sonara la campana que anunciaba el fin de las clases, y se apoyó en una farola a esperar. Meses atrás había mantenido suficientes conversaciones con la muchacha como para saber dónde estudiaba. De hecho, no era la primera vez que esperaba allí a esas horas, pero las veces anteriores su objetivo no había sido ella sino Nicole. La había seguido un par de veces, esperando que en algún momento les llevase hasta la entrada del Refugio, pero le habían enseñado bien a llegar hasta él sin dejar un trazado claro y tarde o temprano siempre terminaban perdiéndola.
El timbre que anunciaba el fin de las clases resonó por todo el edificio y un minuto después una horda de adolescentes comenzaron a salir por las puertas del patio, dispersándose en todas direcciones y dirigiéndose unos a otros a gritos. Varios grupos de chicas pasaron cerca de él dirigiéndole miradas de interés y se permitió guiñarles un ojo. Estaba disfrutando tremendamente de su estancia en Barcelona. En Berlín su pelo rubio y sus ojos verdes no resultaban tan exóticos y no tenía más éxito con las chicas que el habitual. Pero en España era otro cantar. Aquellos meses en la ciudad le habían dado el escenario perfecto para practicar las artes del cortejo, especialmente teniendo a dos maestros como Arion y Gideon de los que tomar notas. Ahora tendría la oportunidad de poner en práctica todo lo que había aprendido.
Entre el gentío, no le costó distinguir los rizos rubios de Raquel, que salía acompañada de otra chica que, aunque recordaba vagamente a Nicole, no era ella. Esperó a que la joven advirtiese su presencia y, cuando lo hizo, le sonrió seductoramente saludándola con la mano. Ella le devolvió una amplia sonrisa y él supo que aquello sería pan comido. No le había olvidado. La vio despedirse de su amiga y acercarse a él.
—Creí que ya te habrías olvidado de mí —le dijo arqueando una ceja, cruzando sus fuertes brazos delante del pecho y dejando que su ajustado jersey le marcase los biceps.
—No eres tan fácil de olvidar —reconoció ella, simulando estar un tanto cohibida.
—No me has llamado en mucho tiempo… —le recriminó.
—No sabía si querías que lo hiciese —dijo ella sonriendo. De pronto cambió su rostro, como si se sacudiese aquel pensamiento, y la vio apartar la mirada, incómoda—. Cuando se fue Nicole… fue muy difícil para mí. Estábamos muy unidas. Todavía lo estamos. Necesitaba un poco de espacio.
—Puedo entenderlo. Pero para que quede claro —se acercó a ella y le acarició la mejilla, apartándole un rizo de la cara—, no quedaba contigo solo por Nicole. Es cierto que estaba interesado en ella, pero la verdad es que me lo pasé muy bien contigo todas las veces que ella nos dio plantón. Te echaba de menos —reconoció sonriéndole traviesamente.
Ella lo miró unos instantes, lo suficiente como para dejarle advertir un brillo de emoción en los ojos, antes de apartar la vista tímidamente.
—Yo también me divertía contigo —reconoció.
—¿Todavía necesitas espacio o ya puedo invitarte a salir? —le preguntó, esperando no estar yendo demasiado deprisa. En el tiempo que había conocido a Raquel le parecía una chica bastante atrevida, así que decidió arriesgarse.
—Creo que es hora de que salga un poco. He estado demasiado aburrida desde que se fue Nicole —respondió ella sonriendo y llevándose el pelo detrás de la oreja con coquetería—. ¿Sigues trabajando en los mismos turnos? —le preguntó.
—Ya no trabajo en la pizzería.
Desde que Nicole le había ido a buscar a su trabajo y había provocado todo aquel desastre, Arion le había prohibido que volviese al restaurante ante el miedo de que las Guardianas pudiesen intentar devolverles la jugada y atacarle. Así que lo había dejado. No es que hubiese supuesto un problema para él. Estaba bastante harto de los repartos. Y económicamente no tenía necesidad alguna de hacerlo. Pero Arion había insistido en que era una forma estupenda de familiarizarse con las calles y las costumbres de los locales y tenía que admitir que no le faltaba razón.
—¿Tienes algo que hacer ahora? —le preguntó levantando las cejas.
Raquel lo miró pensativa, pero pudo leer la tentación en su rostro.
—Me gustaría invitarte a comer —insistió esbozando su mejor sonrisa y acariciándole el pelo para darle el golpe de gracia.
—Está bien. Dame un segundo, tengo que enviar un mensaje a mi madre para avisarla de que iré a comer con un compañero del instituto.
Esperó en silencio mientras ella lo hacía.
—¿Estás lista? —le preguntó cuando la vio guardar el dispositivo de vuelta en la mochila.
—Lista. Si no te importa, tengo que pasar por el buzón de correos que hay tres calles abajo para enviarle la carta a Nicole —dijo Raquel.
—¿A Nicole? —preguntó Ares intentando que no se le notase demasiado lo interesante que le parecía aquella última frase.
—Sí. Ahora es lo único que nos queda… Su tío es muy estricto y no la deja tener teléfono móvil ni conectarse a internet por el momento. Dice que gastaría un dineral escribiendo a España constantemente —contestó la chica.
—¿Así que os enviáis cartas, al estilo antiguo? Muy romántico —observó, haciéndola soltar una carcajada.
Descendieron la cuesta y a lo lejos vio el buzón al que se refería Raquel. Cuando la joven sacó la carta de la mochila, la miró de reojo, intentando captar la dirección, pero no tuvo mucha suerte antes de que ella la introdujese en el buzón.
Contactó a Arion con la mente y buscó su hilo con él.
—“Raquel acaba de meter una carta dirigida a Nicole en el buzón que hay en la Calle de Sant Gervasi de Cassoles, a la altura del número 1”
—“Vaya, si llego a saber que esto iba a dar resultados tan pronto, habría dejado que la sedujeras hace tiempo” —contestó su amigo.
—“Eso es que no confías en mis habilidades” —replicó.
—“No te emociones demasiado. Buen trabajo. Yo me ocupo” —respondió Arion.
—Ahora sí estoy lista —dijo Raquel a su lado—. ¿A dónde vas a llevarme a comer?
—A donde tú quieras —le contestó pasándole un brazo por encima de los hombros.
Hacía rato que el sol había salido sobre la ciudad de Londres. En las calles de Belsize Park empezaba a respirarse el ajetreo del inicio de jornada. Sus habitantes salían a trabajar, otros a estudiar. Se sentó sobre la repisa de la ventana y dio un sorbo a su café sin perder de vista la puerta del número 9 de Glenmore Road, que era la dirección que figuraba en la carta que la muchacha le había escrito a su amiga. El sobre iba dirigido a un tal Paul Perkins. Arion había comprobado aquel nombre y, en efecto, había un hombre de su misma edad con ese nombre registrado en aquella dirección. No dejaba de sorprenderle. Hasta donde él sabía, las Guardianas no involucraban a ningún hombre en los asuntos de la Unión. O al menos así había sido tradicionalmente. Quizá se estuviesen viendo obligadas a evolucionar con el paso del tiempo.
Habían pasado ya cuatro días desde que la joven había introducido la carta en el buzón. Él la había recuperado tras el aviso de Ares, pero solo el tiempo suficiente como para copiar la dirección y el contenido de la carta. Después la había vuelto a cerrar con cuidado y la había dejado seguir su curso normal en los sistemas de correos. Al menos por el momento, no quería poner sobre aviso a las Guardianas.
Aquella misma tarde había cogido un avión rumbo a Londres, dejando a Ares al cuidado de Gideon. No le hacía mucha gracia dejarle solo cerca de Caronte. El Enviado podía ser muchas cosas y ninguna buena. Pero no tenía sentido sacar a Ares de Barcelona ahora que había empezado a trabajar a Raquel. Tenía que reconocer que la estrategia estaba dando sus frutos mucho más pronto de lo esperado.
Llevaba desde entonces hospedado en una habitación de la misma calle desde la que podía observar la entrada al portal. Los Enviados de Hao que estaban en Londres en aquel momento habían sido muy útiles a la hora de ayudarle a conseguir aquel cuarto, que le ofrecía una ubicación privilegiada.
Un cartero apareció por la bocacalle, atrayendo su atención. Dejó el café sobre el escritorio cercano a la ventana y se irguió, atento. Todavía estaba a un par de viviendas del número 9 cuando vio al hombre al que llevaba varios días acechando salir del portal. Aliviado, vio que el cartero apuraba el paso hacia él, haciéndole una señal para detenerse mientras el tal Paul cerraba la puerta de su casa con llave. Entrecerró los ojos intentando distinguir la carta que sacaba de su bolsa y, aunque no estaba demasiado cerca, pudo reconocer el color y la forma del sobre. El hombre recibió la carta y el cartero se despidió para seguir con su ronda. Lo vio meterla en el bolsillo interior de la cazadora y apurar el paso hacia el principio de la calle.
Arion no perdió el tiempo. Cogió su chaqueta de cuero y se precipitó escaleras abajo hacia el exterior. Llegó a la parada del metro dos minutos antes de que llegase el tren y entró en él, dos vagones más lejos del hombre.
El tren estaba lleno de gente. Muchos de ellos eran jóvenes que acudían a la Universidad. Permaneció de pie y vigiló los movimientos del inglés de reojo. Se bajaron en la estación de Goodge Street. Lo siguió hasta una cafetería, donde lo vio reunirse con otro hombre que aparentaba la misma edad que él. Se sentó en la mesa de al lado y pidió un café con leche que pagó por adelantado. Se colocó los auriculares para disimular, aunque ni siquiera encendió el reproductor. Cogió un periódico del mostrador y se puso a ojearlo mientras agudizaba el oído para escuchar la conversación de los dos hombres.
Paul había dejado la chaqueta sobre el respaldo de su silla. De reojo, Arion podía ver el borde de la carta sobresaliendo del bolsillo interior. Tras media hora, una mujer sentada en la mesa contigua se levantó y caminó entre el reducido espacio que quedaba entre ellas, rozando la carta con su pierna y haciéndola caer al suelo.
—Paul, algo se ha caído de tu chaqueta —le dijo el amigo en un inglés cargado de acento londinense.
Él se giró hacia el suelo y se apresuró a alzar la carta.
—¡Ah sí! Ahora que me lo recuerdas, tengo que pasarme por la oficina de correos para enviársela a Gabriela —le dijo, dejándola sobre la mesa.
“Gabriela”, pensó Arion, imaginándose que sería uno de los nombres falsos que utilizaba Nicole. Teniendo en cuenta la estrecha amistad entre ella y Raquel y los años que llevaba viviendo en la residencia, todo apuntaba a que Nicole era su verdadero nombre. Pero no le sorprendía que las Guardianas utilizasen nombres y pasaportes falsos para moverse por otros países. Ellos también lo hacían.
—¿A Gabriela? ¿Ahora os escribís cartitas? ¡Qué romántico! —exclamó su amigo con cierto tono de mofa.
—No nos escribimos cartitas —replicó él—. Es un favor que me ha pedido. Le ha dado mi dirección a una amiga suya para que le escriba a ella y me ha pedido que reenvíe sus cartas a Barcelona.
El amigo miró el remitente de la carta y su rostro se torció en una mueca de confusión.
—Pero si la carta ya viene de Barcelona…
—Lo sé. No me preguntes. Ella pide y yo cumplo —respondió Paul.
Su amigo dejó escapar una carcajada.
—Eres un calzonazos. Esa chica aún te tiene loco —Arion alzó una ceja, interesado.
—No te lo voy a negar… Gabriela no es una mujer fácil de olvidar —reconoció Paul.
No pudo evitar mirar al hombre de reojo. Tenía que tener al menos su misma edad, si no más. Además, por la descripción que daba su amiga de ella, Nicole era una joven bastante tímida e inexperta con los chicos. ¿O tal vez eso no fuese más que una fachada? Pero aquel hombre le sacaba al menos ocho años. ¿Una mujer difícil de olvidar? Si era tan solo una cría… Frunció el ceño en una mueca de desagrado.
—Te pegó fuerte con ella, ¿eh? —siguió su amigo.
—Mucho… No me la saco de la cabeza. ¡Y hace un año que se fue! Tengo que confesarte que llevo unos días pensando en ir a buscarla y declararme —le dijo Paul. El amigo se echó a reír de forma poco cortés.
—Tío, ya lo hiciste una vez y te rechazó —“Lógicamente”, pensó Arion—. ¿Y ahora quieres irte a Barcelona tras ella? ¿No te parece un poco arriesgado?
—Lo sé, pero por entonces ella tenía novio. Hace meses que lo dejaron y eso me da esperanzas. Si voy y vuelve a rechazarme, pues no me quedará más remedio que aceptarlo, pero al menos lo habré intentado, ¿no? —dijo.
El otro sacudió la cabeza, como dándolo por imposible.
—Que no digan que los ingleses no somos románticos, ¿eh? Venga, termínate el café para que nos dé tiempo de pasar por la oficina de correos o llegaremos tarde al trabajo.
Los vio pagar su consumición y guardó sus auriculares en el bolsillo de la chaqueta, levantándose despacio para no levantar sospechas y devolviendo el diario a su lugar. Se despidió del camarero y salió unos metros detrás de los hombres. Los siguió hasta la oficina de correos. No se molestó en entrar para intentar ver la dirección a la que lo enviaba. La conseguiría más tarde a través de Paul.
Lo vio acceder con su amigo al mismo edificio donde lo había visto entrar a las nueve cada día de esa semana. No saldría hasta las seis de la tarde.
Regresó a la parada de metro para volver a su cuarto. Tenía tiempo de echarse una buena siesta hasta que Paul regresara del trabajo. Ya había dado el primer paso. Había confirmado que aquel hombre al que había acechado en los últimos cuatro días era, sin duda, la persona a la que iban dirigidas las cartas de Raquel. Por la conversación de los dos hombres en la cafetería era bastante obvio que no se trataba de ningún pariente de Nicole, sino más bien un admirador al que la joven había encandilado y estaba utilizando para poder mantener contacto con su amiga sin levantar sospechas. En cuánto aquel hombre regresase a su casa, pondría en marcha el resto de su objetivo.
Durmió hasta el mediodía y luego buscó un restaurante en el que comer. Regresó al hotel y se entretuvo leyendo un libro que encontró en el salón hasta que dieron las seis de la tarde y anocheció. Sabía que, como muy pronto, el hombre todavía tardaría al menos veinte minutos en llegar, pero la espera podía alargarse bastante más de eso si se iba de copas después del trabajo. Y era viernes. Las posibilidades eran altas. Colocó la butaca cerca de la ventana y seleccionó a Audioslave en su reproductor de MP3 para distraerse mientras vigilaba la ventana.
Las horas se pasaron lentamente. Aquella parte del trabajo era, sin duda, la más tediosa. Pasar horas vigilando a un objetivo era, cuando menos, tremendamente aburrido. Y por desgracia, era algo que tenían que hacer muy a menudo. Pero él era un hombre paciente. A diferencia de Gideon que en ese momento ya se habría quejado y maldecido un par de veces. Su amigo canadiense hubiese preferido seguirlo a un bar e irse de copas él también que quedarse en el hotel a esperar su regreso. Pero, en su opinión, aquel era un riesgo innecesario.
Al fin, cuando el reloj marcaba las dos menos diez pasadas de la madrugada, la silueta de un hombre apareció caminando por la acera. Por la manera de caminar intuía que llevaba alguna copa de más encima, aunque no las suficientes como perder el conocimiento. Mejor. Se lo pondría mucho más fácil.
Salió de su cuarto y cerró la puerta tras él. Salió de su apartamento cuando Paul abría la cancilla que cerraba la entrada al patio frontal de su casa. Se apresuró hasta llegar a su altura y echó un vistazo rápido al resto de la calle, comprobando que no se veía a nadie.
Saltó la valla mientras Paul se esforzaba por meter la llave en la cerradura de su casa. Cuando por fin abrió la puerta, Arion decidió que era hora de intervenir.
—¿Paul Perkins? —dijo en inglés, en voz alta.
El hombre se giró hacia él, extrañado.
—¿Quién me busca?
Arion desenfundó la espada que llevaba a la espalda y la giró ágilmente delante de sus narices, colocándole el filo junto al cuello. El hombre lo miró con ojos desorbitados, pero no se atrevió a hacer ni un sonido.
—Buen chico —dijo Arion estirando los labios en una sonrisa frívola—. Ahora tú y yo vamos a tener una charlita. Pero de las que a mí me gustan: silenciosa.
Le hizo una señal para que se dirigiera al interior y entró tras él sin apartar la espada de su cuello, cerrando la puerta a sus espaldas y echando el pasador. Localizó el salón con un vistazo rápido y lo dirigió hacia él.
—No sé quién es usted, señor, pero debería irse. Mi compañero de piso… —empezó el hombre.
—Tu compañero de piso no existe —le interrumpió él—. Sé de sobras que vives solo, así que ni lo intentes.
—Pero, ¿quién demonios eres? —exclamó hecho un manojo de nervios, mientras Arion lo ataba a una silla.
—Así estarás calladito —dijo mientras le colocaba una mordaza. No quería que se pusiera a gritar en mitad de su examen y tuviese que noquearlo para dejarle inconsciente. De tener que hacerlo, no podría entrar en sus recuerdos.
Cogió una silla del pequeño comedor y la arrastró hasta sentarse frente a él.
—Ahora escúchame bien —pidió, atrayendo su atención—. Lo que voy a hacer no te va a gustar demasiado, pero cuanto más te resistas, más desagradable resultará. A mí me trae sin cuidado, así que lo dejo a tu elección. Si fuera tú, intentaría relajarme.
El hombre lo miró lleno de pavor e intentó gritar, pero la mordaza amortiguaba el sonido lo suficiente como para no inquietarle.
Arion asió su barbilla con firmeza entre sus dedos y le obligó a mirarle a los ojos.
Una cosa era conectar mentalmente con una persona para establecer una conversación y otra muy diferente era entrar en sus recuerdos. Incluso en una persona no entrenada en la telepatía y el dominio de la mente, la segunda opción siempre resultaba más difícil, pero para él aquello sería pan comido. Y más aún con la falta de lucidez por las copas que se habría tomado, aunque el miedo inyectaba la suficiente adrenalina como para contrarrestarlas.
Como esperaba, tras un poco de resistencia, Arion entró en su mente como un cuchillo en mantequilla blanda. Buscar en los recuerdos de una persona podía ser caótico, pero él había desarrollado sus propias técnicas para hacerlo. Desde que había sido elegido para formar parte de la Alianza y había iniciado su formación como Enviado, el poder mental que les otorgaban sus Piedras Azules había despertado gran fascinación en él. Algunos compañeros no le prestaban más atención y preferían entrenarse mejor en las espadas, pero él había comprendido que la posibilidad de entrar en la mente de una persona y buscar en sus recuerdos era un arma mucho más elegante y afilada que las demás.
Ahora tenía un nombre por el que buscar: Gabriela. La primera imagen que buscó era fácil: la visita a correos de esta mañana. Lo vio escribir la dirección de un apartado de correos en Barcelona y fijó aquella imagen en su mente para más tarde. Ahora tocaba buscarla a ella. Él había dicho que llevaba un año sin verla, por lo que pasó rápidamente los recuerdos de los últimos meses y cuando llegaron al mes de marzo, los revisó hacia atrás en el tiempo a un ritmo más lento. Escuchó su nombre muchas veces, pero siempre en conversaciones con otras personas. La mayoría, con el mismo hombre con el que se había visto esta mañana, pero también con algunas mujeres jóvenes. Llegó a principios de marzo sin haber encontrado el rostro de Nicole y continuó con el mes de febrero. Lo vio cogerse una borrachera tremenda en uno de los últimos días de ese mes. Continuó retrocediendo ese día hasta verlo en lo que reconoció como la terminal del aeropuerto de Heathrow, en la que él mismo había estado tan solo cuatro días atrás. Iba a seguir retrocediendo cuando le escuchó exclamar su nombre frente a la cola de las cintas de seguridad del aeropuerto. “¡Gabriela!”. Agudizó su atención en la imagen que veía, buscando el rostro de Nicole entre la gente que esperaba para pasar el control de seguridad. Entre el gentío, una mujer se giró hacia él y alzó la mano en gesto de despedida.
Arion sintió que el corazón se le aceleraba. Aún concentrado como estaba, pudo sentir como las palmas de sus manos empezaban a sudarle al verla.
No se trataba de Nicole.
No era la joven que esperaba encontrar en su mente.
Era ella.
La Guardiana con la que se había cruzado años atrás en Perpignan y a la que no había podido quitarse de la cabeza desde entonces.
Durante mucho tiempo la había buscado y encontrarla había sido casi una obsesión. Aquella mujer había despertado en él una curiosidad que necesitaba saciar. Secretamente, uno de los motivos por los que había intentado mantenerse en misiones en el continente europeo era la esperanza de dar con ella. Tenía la sospecha de que pertenecía a una de las dos Órdenes, o bien a Alnilam o Alnitak, aunque por su pelo castaño y aquellos grandes ojos almendrados de color marrón que tanto le habían llamado la atención, suponía que era española. Pero no había vuelto a cruzarse con ella y con el tiempo había recordado que era un Enviado y había desistido de la idea. Hasta ahora. Cuando menos esperaba encontrarla.
“Gabriela no es una mujer fácil de olvidar”, había dicho el hombre aquella mañana. Arion soltó una carcajada sarcástica recordando aquel comentario y no pudo sino darle la razón.
Pasó la imagen rápidamente hasta que vio su rostro a un escaso metro de distancia, despidiéndose del hombre. Iba vestida con una gabardina en color beis claro bajo la que asomaban unos pantalones vaqueros embutidos bajo unas botas altas de piel marrón. Llevaba su larga melena castaña suelta a su espalda, al igual que aquella noche en el sur de Francia. Y a diferencia de la mirada cargada de desprecio que le había dedicado a él, tenía el rostro relajado aunque con expresión nostálgica.
—Muchas gracias por todo, Paul, de veras —dijo ella, revelando su voz a Arion por primera vez, aún sin saberlo—. Me ha encantado conocerte.
—Lo dices como si no fuéramos a vernos nunca más —le escuchó decir a él.
Gabriela le dedicó una sonrisa encantadora y sacudió la cabeza.
—No lo pretendía —dijo—. Espero que volvamos a vernos más veces.
—¿Quizá la próxima en Barcelona?
—¿Por qué no? Si te pasas por mi ciudad ni se te ocurra irte sin avisar. Será un placer devolverte el favor y hacer de guía.
—Te tomo la palabra.
—Tengo que irme —anunció ella mirando el enorme reloj que había sobre los monitores de Salidas del aeropuerto.
—No te entretengo más —contestó Paul.
Les vio darse un abrazo y, al igual que el inglés, la observó ponerse a la cola en sus recuerdos hasta que se perdió tras las cintas de seguridad.
Se retiró de su mente y se levantó.
—Eres una caja de sorpresas —le dijo.
Se acercó a la cocina y abrió la nevera. Cogió un par de cervezas y las abrió, tirando las chapas al fregadero. Volvió al salón, sentándose de nuevo. Paul lo miraba aterrado. Clavó sus intensos ojos azules en él mientras daba un sorbo largo a la suya.
—¿Quieres un trago? —le preguntó ofreciéndole la otra botella—. Yo de ti, lo aceptaba. Vamos a estar aquí un buen rato —colocó su mano en el hombro y lo miró fijamente a varios centímetros, sonriéndole—. Esto se ha puesto mucho más interesante.
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